DENUNCIAS
El comercio de barrio languidece
Ya no queda ni dónde comprar un bolígrafo.
En la Candelaria, quien regenta uno de tantos bares se despide estos días de sus clientes, el motivo no es otro que el cierre definitivo del establecimiento. En el extremo opuesto del barrio, un comercio anuncia su alquiler tras cesar la actividad por jubilación. No hace falta recorrer grandes distancias para comprobarlo; basta con dar una vuelta a la manzana para encontrar cerrados aquellos locales que un día fueron bazares, mercerías, carnicerías, herboristerías, ferreterías y otros pequeños negocios que daban vida al entorno.
Es la tónica general de nuestra época. Entre los motivos, el auge de las compras por internet ocupa un lugar destacado. Plataformas que entregan al día siguiente, la comodidad de adquirir productos desde el sofá, a menudo de forma impulsiva y sin una necesidad real, y una oferta prácticamente ilimitada conforman una competencia imposible para el comercio de proximidad. El pequeño comerciante debe ajustar su stock a lo cotidiano, a lo más demandado, limitando así su capacidad de respuesta frente a un mercado globalizado.
A ello se suman decisiones municipales que no siempre tienen en cuenta la realidad de los barrios. La reducción del tráfico y la falta de aparcamiento, especialmente en las zonas céntricas, generan un impacto visual y social negativo: calles sin actividad, comercios aislados y la pérdida de esa retroalimentación esencial por la cual un negocio atrae clientes para los demás. Si el cierre de locales en el centro ya tiene consecuencias preocupantes, en los barrios la situación se agrava. No es solo un problema económico, sino la desaparición de servicios básicos para los vecinos. Lo que podría parecer una anécdota refleja en realidad la gravedad del asunto: ayer mismo, una persona tuvo que entrar en un bar para pedir auxilio y terminar un escrito, solicitando que le prestaran un bolígrafo, porque en todo el barrio ya no quedaba un solo lugar donde comprar uno.
Los locales cerrados se llenan de telarañas, se reconvierten en trasteros o garajes, o simplemente quedan abandonados al olvido. Para aquellos negocios que aún resisten, pero que están al borde del cierre, la ayuda municipal brilla por su ausencia. Las trabas burocráticas impuestas desde la Concejalía de Urbanismo se convierten, en muchos casos, en el golpe definitivo que disuade a cualquiera de emprender. Una vez más, parece que el Ayuntamiento solo tiene ojos para los grandes proyectos y las zonas de mayores rentas. Se invierten millones en la transformación del mercado de abastos, algo necesario, sin duda, pero no se aplica el mismo criterio al comercio de barrio. Esta discriminación amenaza con convertir lugares como la Candelaria, y tantos otros en espacios sin alma, donde el asfalto y las trapas oxidadas sustituyen a la vida cotidiana.
Manuel Herrero Alonso
En la Candelaria, quien regenta uno de tantos bares se despide estos días de sus clientes, el motivo no es otro que el cierre definitivo del establecimiento. En el extremo opuesto del barrio, un comercio anuncia su alquiler tras cesar la actividad por jubilación. No hace falta recorrer grandes distancias para comprobarlo; basta con dar una vuelta a la manzana para encontrar cerrados aquellos locales que un día fueron bazares, mercerías, carnicerías, herboristerías, ferreterías y otros pequeños negocios que daban vida al entorno.
Es la tónica general de nuestra época. Entre los motivos, el auge de las compras por internet ocupa un lugar destacado. Plataformas que entregan al día siguiente, la comodidad de adquirir productos desde el sofá, a menudo de forma impulsiva y sin una necesidad real, y una oferta prácticamente ilimitada conforman una competencia imposible para el comercio de proximidad. El pequeño comerciante debe ajustar su stock a lo cotidiano, a lo más demandado, limitando así su capacidad de respuesta frente a un mercado globalizado.
A ello se suman decisiones municipales que no siempre tienen en cuenta la realidad de los barrios. La reducción del tráfico y la falta de aparcamiento, especialmente en las zonas céntricas, generan un impacto visual y social negativo: calles sin actividad, comercios aislados y la pérdida de esa retroalimentación esencial por la cual un negocio atrae clientes para los demás. Si el cierre de locales en el centro ya tiene consecuencias preocupantes, en los barrios la situación se agrava. No es solo un problema económico, sino la desaparición de servicios básicos para los vecinos. Lo que podría parecer una anécdota refleja en realidad la gravedad del asunto: ayer mismo, una persona tuvo que entrar en un bar para pedir auxilio y terminar un escrito, solicitando que le prestaran un bolígrafo, porque en todo el barrio ya no quedaba un solo lugar donde comprar uno.
Los locales cerrados se llenan de telarañas, se reconvierten en trasteros o garajes, o simplemente quedan abandonados al olvido. Para aquellos negocios que aún resisten, pero que están al borde del cierre, la ayuda municipal brilla por su ausencia. Las trabas burocráticas impuestas desde la Concejalía de Urbanismo se convierten, en muchos casos, en el golpe definitivo que disuade a cualquiera de emprender. Una vez más, parece que el Ayuntamiento solo tiene ojos para los grandes proyectos y las zonas de mayores rentas. Se invierten millones en la transformación del mercado de abastos, algo necesario, sin duda, pero no se aplica el mismo criterio al comercio de barrio. Esta discriminación amenaza con convertir lugares como la Candelaria, y tantos otros en espacios sin alma, donde el asfalto y las trapas oxidadas sustituyen a la vida cotidiana.
Manuel Herrero Alonso


















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