Mª Soledad Martín Turiño
Viernes, 06 de Febrero de 2026
ZAMORANA

Su sueño era Zamora

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #105338]

 

Se le nota triste, y el tiempo tampoco ayuda. Tras las fiestas de comienzo de año el tiempo ha sido una sucesión de lluvias, viento, riadas, cortes de carreteras etc. que no hacía deseable viajar. Febrero empezó con los mismos auspicios y a él se le dibujó un rictus de tristeza en el rostro que no había forma de que desapareciera. Se moría de ganas por viajar a Zamora, por volver a casa. Su estancia con los hijos ya resultaba demasiado larga. Vino, como todos los años, para ponerse la vacuna de la gripe, hacerse el correspondiente chequeo médico en la capital y pasar las Navidades; pero ahora todos habían vuelto a su rutina de estudios y trabajo y muchos días se quedaba solo; veía de vez en cuando a la señora que atendía las labores del hogar, como una sombra, sin hablar ni dedicarse a otra cosa que no fuera su trabajo en la casa.

 

Miraba por la ventana cómo la lluvia caía incesante y el sol se empeñaba en no asomar la cara; luego se sentaba a leer un rato, pero no podía concentrarse, pensaba en la crecida del Duero que vería desde su ventana, en la piedra de las iglesias que desprendían ese perfume mágico al contacto con la lluvia; pensaba en sus amigos con los que echaba la partida al tiempo que tomaban un café y pasaban la tarde; pensaba en su vida independiente, con entradas y salidas en las que no daba explicaciones a nadie… y se veía preso en un lugar que no era el suyo porque ya tardaba demasiado en volver.

 

Nunca había creído que Zamora le tirase tanto, pero era como un imán que le atraía sin remedio y él se dejaba llevar encantado. Le había cogido el gusto a aquella ciudad coqueta, pequeña y llena de historia, que tanto anheló en aquel otro tiempo, cuando el trabajo no le permitía ausentarse y las obligaciones eran demasiadas como para no afrontarlas renunciando a sí mismo; pero ya todo había terminado: trabajo, padres, hijos… todos habían ido escapando a su responsabilidad: los padres fallecieron, los hijos se fueron de casa y formaron sus respectivas familias y llegó la jubilación.

 

No tardó mucho en buscar un nuevo hogar en su ciudad del alma; aunque tuvo que vencer la oposición de sus hijos que le tacharon poco menos que de loco por irse a vivir solo y lejos de ellos; aun así, él sabía que le quedaban unos años de encontrarse bien, sin someterse a esa dependencia que, tarde o temprano, nos llega a todos. Ni qué decir tiene que su nueva vida fue un acierto; se aprendió la ciudad a fuerza de recorrerla cada día, entabló amistades, y gozaba de una independencia que era su don más preciado; todo en aquella ciudad que ya formaba parte de sí mismo

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