Eugenio-Jesús de Ávila
Viernes, 06 de Febrero de 2026
SENTIR ZAMORA

El río Duero se empieza a enfadar

Eugenio-Jesús de Ávila

 

El Duero siempre transmite serenidad. Como los ancianos que han vivido varias vidas, las suyas y las de los otros, el río Duradero contagia sosiego. Incluso cuando baja un tanto enojado, después de recoger todas las aguas de sus hijos afluentes de toda Castilla y León, desde que, a finales de enero y estos días de febrero las borrascas atlánticas, enamoradas de esta patria en quiebra, quisieron besar con sus labios de lluvia la epidermis de nuestras tierras. Ahora, pasa muy deprisa, casi sin saludar a sus dos íntimas amigas románicas, la torre y la cúpula de la Catedral. Busca a las hermanas tierras lusas, porque ya huele a sal y yodo, a cetáceos y delfines, y necesita eyacular su esperma de agua para preñar de vida la mar océano.

 

Y, a no tardar, cuando siga lloviendo o el sol ilumina la senda de mi vida, yo mi iré y se quedará el Duero mimando garzas, gaviotas, mirlos, cigüeñas y otras avecillas, y jugando con chopos y álamos al escondite, mientras Eolo riza sus aguas y charla con las hojas de los árboles. Y me llevaré en la memoria su olor húmedo, sus enojos otoñales, sus crecidas de otoño e invierno, su seriedad de julio y agosto, sus sonrisas primaverales y el cariño con el que acoge carpas y barbos.

 

Cuando se vive por inercia, cuando confundes alba y crespúsculo, cuando formas parte de una sociedad que disfruta con la mentira y desprecia la verdad, te agarras a la naturaleza para hacer por levantarte, alimentarte, sonreír y llorar cuando nadie te ve. Así el trino de un ruiseñor, el vuelo de la garza, la laboriosidad del gorrión en pos de su miga, el debate del Duero con su íntimo amigo el Puente de Piedra, el diálogo de las nubes con los rayos del sol, el enfado de la lluvia que halla su muerte en cualquier charco, te inyectan una dosis de belleza en vena para volver a abrir los ojos, escribir estrofas sin rima y disfrutar con la hermosura de un rostro femenino.

 

El río de Gerardo Diego, el de los puentes de Blas de Otero, el que emocionó a Claudio Rodríguez me rogó que transmitiera a su ciudad, la mía y la tuya, su enésimo enfado con el Estado por seguir despreciando el ferrocarril Vía de la Plata, cerrada por un gobierno socialista, reapertura prometida por un ejecutivo del PP; con los burócratas por no permitir reconstruir las torres del Puente Románico, con los zamoranos que prefieren guardar silencio ante la injusticia pública. El río de mi vida me ha pedido que escribiera versos sobre piel de agua. Y así lo rubricaré con mi pluma.  

 

 

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