GALARDÓN
Antonio Pedrero, la conciencia estética de la Semana Santa de Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Antonio Pedrero, ese genio de la humildad, ese maestro sin alumnos, ese artista sin soberbia, sin darse importancia, porque lleva escrito en el alma el misterio de la sencillez, recibirá el Banzo de Oro, galardón instituido por la Casa de Zamora, que viene a premiar su vinculación con la Semana Santa de nuestra ciudad. Loado sea el gusto de los zamoranos de la capital de España por esa merced. Ahora bien, Antonio alcanzó tal categoría personal y estética que todo premio me sabe a pleonasmo.
Me temo que Antonio dibujó pasos de la Pasión en la cuna. Tiró a un lado el sonajero, dejó el chupete en la mesilla y pidió un lápiz a su querida madre. Después, según fue madurando, adquiriendo técnicas, purificando su estética, se dedicó a dar toques de distinción a las cofradías que se lo demandaron. Esculpió, para siempre, por los siglos de los siglos, el Merlú para que le diera sombra San Juan y admiraran los adultos y jugaran los infantes. También dio vida al Hijo del Hombre cuando las rúas olían el aroma de la muerte y el incienso. Pedrero Yéboles ha ejercido como conciencia de la hermosura de las procesiones zamoranas.
Este premio, además de alegrarme y considerarlo merecido, me sirve como excusa para reiterar que este pintor, que no vendió su alma para ganar favores del artisteo mundano, merece un homenaje con un galardón que grabe para siempre en la epidermis de su ciudad, la nuestra, la del alma: una calle, una rúa, una plazuela con su nombre y apellidos. Zamora, unos y otros, también los espíritus píos de la Semana Santa, ha exprimido todo el zumo humano y estético que guardó el Sumo Hacedor en el privilegiado cerebro de esa persona que lleva por nombre Antonio y apellida Pedrero Yéboles.
Fotografías: Esteban Pedrosa
Eugenio-Jesús de Ávila
Antonio Pedrero, ese genio de la humildad, ese maestro sin alumnos, ese artista sin soberbia, sin darse importancia, porque lleva escrito en el alma el misterio de la sencillez, recibirá el Banzo de Oro, galardón instituido por la Casa de Zamora, que viene a premiar su vinculación con la Semana Santa de nuestra ciudad. Loado sea el gusto de los zamoranos de la capital de España por esa merced. Ahora bien, Antonio alcanzó tal categoría personal y estética que todo premio me sabe a pleonasmo.
Me temo que Antonio dibujó pasos de la Pasión en la cuna. Tiró a un lado el sonajero, dejó el chupete en la mesilla y pidió un lápiz a su querida madre. Después, según fue madurando, adquiriendo técnicas, purificando su estética, se dedicó a dar toques de distinción a las cofradías que se lo demandaron. Esculpió, para siempre, por los siglos de los siglos, el Merlú para que le diera sombra San Juan y admiraran los adultos y jugaran los infantes. También dio vida al Hijo del Hombre cuando las rúas olían el aroma de la muerte y el incienso. Pedrero Yéboles ha ejercido como conciencia de la hermosura de las procesiones zamoranas.
Este premio, además de alegrarme y considerarlo merecido, me sirve como excusa para reiterar que este pintor, que no vendió su alma para ganar favores del artisteo mundano, merece un homenaje con un galardón que grabe para siempre en la epidermis de su ciudad, la nuestra, la del alma: una calle, una rúa, una plazuela con su nombre y apellidos. Zamora, unos y otros, también los espíritus píos de la Semana Santa, ha exprimido todo el zumo humano y estético que guardó el Sumo Hacedor en el privilegiado cerebro de esa persona que lleva por nombre Antonio y apellida Pedrero Yéboles.
Fotografías: Esteban Pedrosa

















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