REFLEXIONES HÚMEDAS
Ojalá lloviera prosperidad sobre nuestra tierra
Eugenio-Jesús de Ávila
En cada gota de lluvia hay una almita, que regresa para besar a la tierra, acariciar las hojas de los árboles, hacerle el amor a los ríos, dar luz a nueva vida. Tú y yo somos agua. Sí. No sonrías. No pienses que perdió la cordura. Somos agua que piensa, agua que sueña, agua que llora, agua que ama. Un día, nos evaporaremos. Volveremos a ser nubes. Vapor de agua. Y lloveremos eternamente hasta que el mal nos seque.
Llueve, desconsoladamente, en Zamora. Invierno húmedo. Febrero que vio fallecer a hijos de esta tierra, que volverán a ser gotas de lluvia. Morir es llover del revés. En Zamora se muere de otra manera: cuando te entierran o te incineran, y cuando, todavía con vida, te matan con calumnias y con el veneno de la envidia. Zamora es una ciudad pretérita. Una ciudad llovida, que se seca cuando sopla el mal de la ignorancia, de la política, de la indecencia, de la miseria.
Yo me lluevo en cada palabra. A veces incluso granizo y otras nievo. Porque la decadencia de Zamora provoca en mi alma una borrasca que llueve críticas sobre los políticos que engañan, sobre empresarios que se enriquecen con el nepotismo institucional.
Y voy a seguir lloviéndome sobre Zamora mientras politicastros, de aquí y de allá, malandrines de la res pública, nos castiguen con el viento seco de la reacción, de la mentira y del olvido.
Hay una humedad en nuestra tierra que clama un progreso de lluvia y un arca de Noé que nos salve de un diluvio de retraso económico, de envejecimiento, de muerte en vida. Ojalá que llueva prosperidad y desarrollo sobre los zamoranos y su provincia.
El río Duero lleva hoy el llanto de tantas lágrimas lloradas por la Zamora de la ucronía, la Zamora que pudo ser y no fue; la única que pierde población, junto a Soria, en Castilla y León.
Fotografía: Esteban Pedrosa
Eugenio-Jesús de Ávila
En cada gota de lluvia hay una almita, que regresa para besar a la tierra, acariciar las hojas de los árboles, hacerle el amor a los ríos, dar luz a nueva vida. Tú y yo somos agua. Sí. No sonrías. No pienses que perdió la cordura. Somos agua que piensa, agua que sueña, agua que llora, agua que ama. Un día, nos evaporaremos. Volveremos a ser nubes. Vapor de agua. Y lloveremos eternamente hasta que el mal nos seque.
Llueve, desconsoladamente, en Zamora. Invierno húmedo. Febrero que vio fallecer a hijos de esta tierra, que volverán a ser gotas de lluvia. Morir es llover del revés. En Zamora se muere de otra manera: cuando te entierran o te incineran, y cuando, todavía con vida, te matan con calumnias y con el veneno de la envidia. Zamora es una ciudad pretérita. Una ciudad llovida, que se seca cuando sopla el mal de la ignorancia, de la política, de la indecencia, de la miseria.
Yo me lluevo en cada palabra. A veces incluso granizo y otras nievo. Porque la decadencia de Zamora provoca en mi alma una borrasca que llueve críticas sobre los políticos que engañan, sobre empresarios que se enriquecen con el nepotismo institucional.
Y voy a seguir lloviéndome sobre Zamora mientras politicastros, de aquí y de allá, malandrines de la res pública, nos castiguen con el viento seco de la reacción, de la mentira y del olvido.
Hay una humedad en nuestra tierra que clama un progreso de lluvia y un arca de Noé que nos salve de un diluvio de retraso económico, de envejecimiento, de muerte en vida. Ojalá que llueva prosperidad y desarrollo sobre los zamoranos y su provincia.
El río Duero lleva hoy el llanto de tantas lágrimas lloradas por la Zamora de la ucronía, la Zamora que pudo ser y no fue; la única que pierde población, junto a Soria, en Castilla y León.
Fotografía: Esteban Pedrosa


















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