REFLEXIONES NATURALES
El Duero despide aroma al Edén cuando se "enfada"
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha tiempo que no se enfadaba el Duero. Cansado de pasar por la ciudad del alma en silencio, le ha insistido el invierno, con sus verbos de lluvia, en que alce su voz, que un varón tan largo y profundo, un caballero de tanta humedad, con doble nacionalidad, de vez en cuando, debe mostrar su orgullo de agua, su elegancia turbia y su cabello ondulado, porque Zamora anhela que se sepa de ella, de que también existe, como tantas otras de la España mancillada, vacilada y olvidada. Que sea el río Duradero el heraldo de esta ancianita, con tantos siglos de arrugas, de amores perdidos y héroes que se inmolaron en su nombre, por su vida.
Lleva unos días que el río sigue sacando pecho. Respira el agua de todos sus afluentes, a derecha e izquierda, para pasearse por sus riberas, donde le aguardaban árboles de diferentes familias. Casi todos, aquellos que permiten al otoño pasarse por la peluquería que rige Eolo para lucir sus ramas sin hojas, sus cabellos sin greñas, debaten con el Duero sobre qué hacer para que los burócratas permitan reconstruir las torres, los pendientes de piedra del Puente Románico, arrancados porque sí, por ignorancia estética e histórica, en 1905. También le han pedido que le exija a las grandes empresas que no jueguen con sus aguas, el petróleo de esta centuria a no tardar, una de las grandes riquezas para el futuro de esta tierra. Y, por último, que no pasa tan deprisa, que detenga su veloz caminar, porque, de las cosas importantes, hay que hablar despacio, como sobre el amor.
Este árbol aliso, protagonista de la fotografía, le ha deseado al Duero buen viaje y que no se vuelva a enfadar, aunque cuando se enoja, se pone más guapo; que le dé recuerdos a los hermanos lusos, que moje el bello cutis de Oporto y salude al Atlántico. Le ha prometido que en primavera lucirá un precioso cabello verde que embellecerá los músculos de sus ramas para que las avecillas aniden cerca de su cauce y escriban partituras blancas, esas canciones de cuna para arrullar a los ruiseñores cuando asoman sus picos más allá de las fronteras de los huevos.
Zamora, la anciana amante del Duero, ha ido recogiendo, después de tantos siglos de existencia, en su bosque de vida, la riqueza de una fauna excepcional y la belleza de una flora lírica, idéntico aroma al que la primera pareja humana respiraba en el jardín del Edén.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha tiempo que no se enfadaba el Duero. Cansado de pasar por la ciudad del alma en silencio, le ha insistido el invierno, con sus verbos de lluvia, en que alce su voz, que un varón tan largo y profundo, un caballero de tanta humedad, con doble nacionalidad, de vez en cuando, debe mostrar su orgullo de agua, su elegancia turbia y su cabello ondulado, porque Zamora anhela que se sepa de ella, de que también existe, como tantas otras de la España mancillada, vacilada y olvidada. Que sea el río Duradero el heraldo de esta ancianita, con tantos siglos de arrugas, de amores perdidos y héroes que se inmolaron en su nombre, por su vida.
Lleva unos días que el río sigue sacando pecho. Respira el agua de todos sus afluentes, a derecha e izquierda, para pasearse por sus riberas, donde le aguardaban árboles de diferentes familias. Casi todos, aquellos que permiten al otoño pasarse por la peluquería que rige Eolo para lucir sus ramas sin hojas, sus cabellos sin greñas, debaten con el Duero sobre qué hacer para que los burócratas permitan reconstruir las torres, los pendientes de piedra del Puente Románico, arrancados porque sí, por ignorancia estética e histórica, en 1905. También le han pedido que le exija a las grandes empresas que no jueguen con sus aguas, el petróleo de esta centuria a no tardar, una de las grandes riquezas para el futuro de esta tierra. Y, por último, que no pasa tan deprisa, que detenga su veloz caminar, porque, de las cosas importantes, hay que hablar despacio, como sobre el amor.
Este árbol aliso, protagonista de la fotografía, le ha deseado al Duero buen viaje y que no se vuelva a enfadar, aunque cuando se enoja, se pone más guapo; que le dé recuerdos a los hermanos lusos, que moje el bello cutis de Oporto y salude al Atlántico. Le ha prometido que en primavera lucirá un precioso cabello verde que embellecerá los músculos de sus ramas para que las avecillas aniden cerca de su cauce y escriban partituras blancas, esas canciones de cuna para arrullar a los ruiseñores cuando asoman sus picos más allá de las fronteras de los huevos.
Zamora, la anciana amante del Duero, ha ido recogiendo, después de tantos siglos de existencia, en su bosque de vida, la riqueza de una fauna excepcional y la belleza de una flora lírica, idéntico aroma al que la primera pareja humana respiraba en el jardín del Edén.

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.41