DENUNCIA
Zamora: Entre la parra de los abuelos y el espejismo del hierro
El Ayuntamiento dilapida 1,6 millones de euros en "armatostes" y jardines suspendidos que ignoran la lógica natural, mientras la calle rescata las plantas de una muerte segura tras el abandono oficial.
Hubo un tiempo en Zamora, no tan lejano, en el que la llegada de la Semana Santa marcaba el inicio de una limpieza profunda del hogar. Era la época en la que regresaban quienes un día hicieron las maletas para "buscarse los garbanzos" lejos de casa. Se procedía a encalar las fachadas; una técnica que, además de mejorar el aspecto, desinfectaba y lograba mitigar el calor estival. Pero el verdadero "climatizador" de nuestros antepasados era la parra. Plantada en un simple agujero en el suelo, sus brazos ofrecían sombra natural y fruto de postre. Aquella vid era un parapeto eficiente que bajaba la temperatura interior sin gastar un céntimo.
Hoy, quienes despreciaron aquella sabiduría popular calificándola de "reliquia", pretenden vendernos una "Renaturalización" a golpe de talonario. El equipo de Gobierno se ha lanzado a una carrera de estructuras que, financiadas con más de 1,6 millones de euros —en su mayoría procedentes de fondos europeos que también son dinero del contribuyente—, prometen sobre el papel una resiliencia climática que la realidad desmiente cada día. Lo que los expedientes oficiales venden como un "pulmón verde", la calle lo señala ya como un estorbo urbano.
El contraste es sangrante. Con un presupuesto astronómico, el consistorio ha instalado en puntos como las plazas de Arias Gonzalo o Fernández Duro unos bancos con respaldo artificial y maceteros integrados. Es la paradoja de la modernidad: situar estos trastos metálicos bajo la sombra de árboles reales (tilos o nísperos), cuya capacidad de refrigeración es gratuita y muy superior. Resulta evidente que lo natural no luce tanto en una foto de inauguración como lo artificial, aunque esto último traiga consigo un imán para insectos y una suciedad que aterriza directamente sobre el asiento de los vecinos.
El fracaso de esta artificialidad es aún más desolador en las tenadas de la Plaza de Hacienda y de La Marina. Allí, los maceteros de alta capacidad y los flamantes sistemas de riego automatizado solo sostienen hoy trepadoras secas o en estado agónico. No es la primera vez que ocurre; todos los intentos de cubrir estructuras de hierro con vegetación en estas plazas han fracasado sistemáticamente. La inversión millonaria parece haberse evaporado entre tuberías que no hidratan y metales que se calientan al sol.
A esto se suma el factor social. El proyecto se desvanece por la falta de mantenimiento, pero también por la desaparición de ejemplares. Hay ciudadanos que, aplicando el refrán de que "quien roba al Ayuntamiento tiene cien años de perdón", deciden llevarse la planta a casa. En una sutil ironía, el "ladrón" se convierte aquí en salvador: quien sustrae una de estas plantas le proporciona una segunda vida, seguramente mucho más digna, fresca y cuidada que la que le ofrece una calle abandonada a su suerte por la gestión municipal.
Zamora no necesita más hierro ni macetas sobre cemento que se secan a los dos meses. Necesita recuperar la tierra, la lógica de la parra y el respeto por el árbol. Es hora de mirar menos los presupuestos inflados de "modernidad" y más las soluciones que, con mucho menos coste, conseguían de forma natural lo que hoy el hierro y el hormigón son incapaces de emular.

Hubo un tiempo en Zamora, no tan lejano, en el que la llegada de la Semana Santa marcaba el inicio de una limpieza profunda del hogar. Era la época en la que regresaban quienes un día hicieron las maletas para "buscarse los garbanzos" lejos de casa. Se procedía a encalar las fachadas; una técnica que, además de mejorar el aspecto, desinfectaba y lograba mitigar el calor estival. Pero el verdadero "climatizador" de nuestros antepasados era la parra. Plantada en un simple agujero en el suelo, sus brazos ofrecían sombra natural y fruto de postre. Aquella vid era un parapeto eficiente que bajaba la temperatura interior sin gastar un céntimo.
Hoy, quienes despreciaron aquella sabiduría popular calificándola de "reliquia", pretenden vendernos una "Renaturalización" a golpe de talonario. El equipo de Gobierno se ha lanzado a una carrera de estructuras que, financiadas con más de 1,6 millones de euros —en su mayoría procedentes de fondos europeos que también son dinero del contribuyente—, prometen sobre el papel una resiliencia climática que la realidad desmiente cada día. Lo que los expedientes oficiales venden como un "pulmón verde", la calle lo señala ya como un estorbo urbano.
El contraste es sangrante. Con un presupuesto astronómico, el consistorio ha instalado en puntos como las plazas de Arias Gonzalo o Fernández Duro unos bancos con respaldo artificial y maceteros integrados. Es la paradoja de la modernidad: situar estos trastos metálicos bajo la sombra de árboles reales (tilos o nísperos), cuya capacidad de refrigeración es gratuita y muy superior. Resulta evidente que lo natural no luce tanto en una foto de inauguración como lo artificial, aunque esto último traiga consigo un imán para insectos y una suciedad que aterriza directamente sobre el asiento de los vecinos.
El fracaso de esta artificialidad es aún más desolador en las tenadas de la Plaza de Hacienda y de La Marina. Allí, los maceteros de alta capacidad y los flamantes sistemas de riego automatizado solo sostienen hoy trepadoras secas o en estado agónico. No es la primera vez que ocurre; todos los intentos de cubrir estructuras de hierro con vegetación en estas plazas han fracasado sistemáticamente. La inversión millonaria parece haberse evaporado entre tuberías que no hidratan y metales que se calientan al sol.
A esto se suma el factor social. El proyecto se desvanece por la falta de mantenimiento, pero también por la desaparición de ejemplares. Hay ciudadanos que, aplicando el refrán de que "quien roba al Ayuntamiento tiene cien años de perdón", deciden llevarse la planta a casa. En una sutil ironía, el "ladrón" se convierte aquí en salvador: quien sustrae una de estas plantas le proporciona una segunda vida, seguramente mucho más digna, fresca y cuidada que la que le ofrece una calle abandonada a su suerte por la gestión municipal.
Zamora no necesita más hierro ni macetas sobre cemento que se secan a los dos meses. Necesita recuperar la tierra, la lógica de la parra y el respeto por el árbol. Es hora de mirar menos los presupuestos inflados de "modernidad" y más las soluciones que, con mucho menos coste, conseguían de forma natural lo que hoy el hierro y el hormigón son incapaces de emular.

















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