Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 23 de Febrero de 2026
ZAMORANA

Vivir sin amor

Mª Soledad Martín Turiño

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Llevan varias semanas conviviendo en la misma casa, pero separados por un océano de desamor, de silencio, de tedio; ese hastío que provoca el continuar desde hace demasiados años, día tras día sin nada que decirse, sin una pizca de complicidad, sin planes ni ilusiones compartidas, sin amor…Él está tan seguro de que puede seguir viviendo así, que ni se preocupa; ella, sin embargo, frisando los cincuenta años, con muchas ganas de sentirse amada y no perder más el tiempo, espera el momento adecuado para tomar una decisión irrevocable. Han sido ya tres intentos de separación y siempre tuvo que dejarlo por diferentes motivos; cuando iba a dar el paso, llegaba una noticia de alguno de sus hijos, la sensación de que la necesitaban, la culpa por el mal ejemplo que iba a transmitirles con su decisión…, y así lo iba postergando.

 

Vivía como un autómata, haciendo las tareas cotidianas, trabajando fuera de casa como siempre, pero por dentro estaba vacía. Miraba con envidia a las parejas que caminaban abrazadas por la calle, atenta a cualquier manifestación de cariño: una palabra, un comportamiento… Había llegado a creer que el amor era un invento, que no existía, pero a veces escuchaba a sus compañeras de trabajo o les veía ese brillo en los ojos que a ella le faltaba, y se conmovía sintiendo como la invadía una indescriptible soledad.

 

A nadie quería preocupar con su situación, aunque las personas de su entorno estaban al tanto de aquella insatisfacción, del pesimismo que intentaba no contagiar, de esa perenne sensación de apatía. A veces la invitaban a salir con cualquier pretexto y, de ese modo, a que se evadiera unas horas, pero cuando llegaba a casa volvía a su vida de silencio y ausencia.

 

Aquel día era su cumpleaños, y lo afrontaba como un día más que deseaba terminara cuanto antes. Vendrían sus hijos y nietos, tomarían tarta y regresarían a sus respectivas vidas; sin preguntas, sin interés por cómo se encontraban los padres; era mejor así, que cada cual en su casa resolviera sus propios problemas. Un día de celebración anodino, porque sus hijos se habían distanciado y apenas los visitaban; claro que el ambiente de la casa familiar no era el más adecuado para recibir a nadie; el padre siempre en su mundo, leyendo o viendo la televisión; la madre, en su cuarto haciendo mil cosas para entretenerse; pero sin un ápice de unidad ni relación entre ellos.

 

A los postres, sin que fuera invitado, recibieron la visita inesperada de un amigo de ella de la infancia; era Víctor, que ahora vivía en la ciudad y llevaban años sin verse. Le recibieron con muestras de asombro y cariño y, por primera vez en mucho tiempo, ella sintió que su corazón se alegraba de aquel encuentro; sonrió y abrigó un sentimiento que hacía tiempo que no tenía: felicidad. 

 

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