REFLEXIONES
Otra Semana Santa aguarda
Eugenio-Jesús de Ávila
Era aún muy joven, pero ya había pasado por el altar, acompañado de una bella niña, cuando decidí alejarme para siempre de la Semana Santa. Dejé ser hermano de muchas cofradías, guardé túnicas en el baúl de los recuerdos y perdí la fe propia de un alma pía. Fui coherente por una vez en mi vida. Consideré que un ateo racional debía obrar en consecuencia: apartarse de toda manifestación externa relacionada con cualquier religión, en mi caso, como en la gran mayoría de zamoranos, la católica.
Desde entonces, observé la Pasión de Zamora como antropólogo, psicólogo, sociólogo. Me interesa como manifestación social de mi tierra. Nada más. Si los que cargan grupos escultóricos o se cubren con caperuz y túnica participan en desfiles procesionales como gentes de profundas creencias religiosas o por tradiciones vinculadas a la familia, lo analizo, lo medito, lo metabolizo y trato de explicármelo. Y hallo vanidad, frustración profesional, aparentar y figurar. También, por qué no admitirlo, fe y tradición en hombres y mujeres hermanos y hermanas.
Ese largo párrafo de buenas noches de esta edición de El Día de Zamora, lo protagoniza la Semana Santa, porque, en un mes, Zamora ya olerá a incienso, las estameñas y terciopelos saldrán de los armarios, y la ciudad parecerá otra, más abierta, más poblada, con más vida, con primeros amores y noches vivas.
Si pudiera – lo voy a intentar-, partiré a otras geografías sin tanta penitencia alegre, tanto dolor hedonista, más silenciosas y sosegadas. No obstante, ojalá cada uno de los doce meses del año contasen con una semana como la de la Pasión, porque Zamora dejaría de ser la cenicienta económica y demográfica de España. Y yo solo quiero que la ciudad del alma crezca, se desarrolle y progrese, y sus hijos se sientan orgullosos de vivir tras las murallas, las mentales y las de arenisca.
Eugenio-Jesús de Ávila
Era aún muy joven, pero ya había pasado por el altar, acompañado de una bella niña, cuando decidí alejarme para siempre de la Semana Santa. Dejé ser hermano de muchas cofradías, guardé túnicas en el baúl de los recuerdos y perdí la fe propia de un alma pía. Fui coherente por una vez en mi vida. Consideré que un ateo racional debía obrar en consecuencia: apartarse de toda manifestación externa relacionada con cualquier religión, en mi caso, como en la gran mayoría de zamoranos, la católica.
Desde entonces, observé la Pasión de Zamora como antropólogo, psicólogo, sociólogo. Me interesa como manifestación social de mi tierra. Nada más. Si los que cargan grupos escultóricos o se cubren con caperuz y túnica participan en desfiles procesionales como gentes de profundas creencias religiosas o por tradiciones vinculadas a la familia, lo analizo, lo medito, lo metabolizo y trato de explicármelo. Y hallo vanidad, frustración profesional, aparentar y figurar. También, por qué no admitirlo, fe y tradición en hombres y mujeres hermanos y hermanas.
Ese largo párrafo de buenas noches de esta edición de El Día de Zamora, lo protagoniza la Semana Santa, porque, en un mes, Zamora ya olerá a incienso, las estameñas y terciopelos saldrán de los armarios, y la ciudad parecerá otra, más abierta, más poblada, con más vida, con primeros amores y noches vivas.
Si pudiera – lo voy a intentar-, partiré a otras geografías sin tanta penitencia alegre, tanto dolor hedonista, más silenciosas y sosegadas. No obstante, ojalá cada uno de los doce meses del año contasen con una semana como la de la Pasión, porque Zamora dejaría de ser la cenicienta económica y demográfica de España. Y yo solo quiero que la ciudad del alma crezca, se desarrolle y progrese, y sus hijos se sientan orgullosos de vivir tras las murallas, las mentales y las de arenisca.


















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