Miércoles, 04 de Marzo de 2026

Mª Soledad Martín Turiño
Miércoles, 04 de Marzo de 2026
ZAMORANA

Las cigüeñas y el Duero

Vuelven las cigüeñas para instalarse en los nidos que dejaron vacíos, y ahora deben acondicionar para preparar la llegada de una nueva familia. Me agrada verlas, formidables y mayestáticas, en lo alto de los múltiples campanarios de la capital, dueñas de imponentes nidos desde los que divisan hasta el rincón más escondido de la ciudad. Me alegra cuando despliegan sus enormes alas de abanico y salen del nido planeando con elegancia como en un sincrónico baile; y me agrada saberlas cerca porque ofrecen una imagen de dulce convivencia, en la que no tienen que luchar con otras de su especie para conseguir nido o alimento, ya que el río Duero les provee de todo lo necesario.

 

         Hoy este río baja un poco revuelto, sus aguas son marrones y discurre a paso raudo. Aunque el nivel ha bajado considerablemente después de la enorme crecida que se produjo por las fuertes lluvias pasadas, mi Duero no ha recobrado todavía su aspecto de siempre; han de pasar días para que se calmen las aguas, para que todo vuelva a la normalidad y refleje el color azul del cielo o se tiña con el verde de los árboles y las algas que le habitan.

 

         En mis visitas a Zamora, por breves que sean, es un rito bajar a saludarle; le observo mientras recorro el puente de piedra de un lado a otro, cruzo a la otra orilla y, desde allí, ruego a la ciudad que le mira desde lo alto que no compita por el protagonismo, que sea benevolente con él, que sigan amándose en silencio y siendo ese dúo inseparable para Zamora. No hay estampa tan bella como los dos formando una pareja perfecta desde cualquier punto que se tome la instantánea, ya sea de día o de noche, verano o en invierno, porque cada momento refleja un estado de animo singular de estos dos entes que parecen no tener alma y, sin embargo, palpitan como un solo corazón.

 

         El ruido de fondo de las aguas, que se tornan turbulentas en determinados tramos, mecen con su estrépito cadencioso induciendo a un benéfico estado de sueño. ¡imponente la ciudad en alto sujetada por las murallas y defendida por el rio! El Duero aún baja crecido y parlotea sin cesar un lenguaje que solo sus aguas comprenden; para los humanos es solo un rumor incesante, como si ratificara su presencia de ese modo, haciéndose notar; luego, cuando se amanse, será un eco apenas audible. Y los zamoranos bajamos para pasear a su vera, para decirle al río que no está solo, para abrumarle con la belleza que emana y con esos piropos que todos sabemos pronunciar en voz alta para que le lleguen, se enorgullezca y se sienta admirado por los habitantes de esta Zamora que lo llevan en el alma.

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

 

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