Mª Soledad Martín Turiño
Domingo, 08 de Marzo de 2026
ZAMORANA

Un cuento real

Mª Soledad Martín Turiño

         Era uno de esos domingos tediosos e interminables, febrero llegaba a su fin y las tardes empezaban a tener más horas de luz. Tras la consabida comida familiar, que era una tradición cada domingo, los hijos y nietos se marcharon dejando en la casa un silencio atronador. Sin recoger nada, se sentía especialmente sola y cansada, o tal vez habría que decir harta. Le sobraban estas comidas a las que acudían solo por obligación, y lo notaba en los detalles a veces no tan imperceptibles, aunque para ella clarificadores, cuando los niños se quejaban porque querían irse a casa, y los padres utilizaban ese argumento para hacer cada vez más corta la sobremesa. No había mucho que decir, o quizá ya estaba todo dicho, y los hijos se refugiaban tras la pantalla del móvil para no verse obligados a entablar una conversación con aquella madre a la que solo veían un rato en toda la semana. Ella se esforzaba en hacer los menús que más les gustaban, pero hasta eso le producía un extraño disgusto cada sábado cuando compraba los alimentos y subía las tres plantas cargada con la compra en una hazaña digna de Sísifo, luego los cocinaba y preparaba un apetitoso menú sobre una mesa bellamente adornada.

 

         Habían pasado dos años desde que el padre se fue de casa, y los hijos habían decidido hacer más llevadero el domingo acudiendo a comer son su madre; sin embargo, ahora pesaban  y cada cual deseaba utilizar el fin de semana con su familia y satisfaciendo el ocio sin la obligación que implicaban aquellas reuniones.

 

         Antes de que se fueran se produjo uno de los muchos silencios incómodos de cada domingo; entonces ella aprovechó para decirles que había pensado ir una temporada a visitar a una amiga a la que hacía años que no veía. Esa fue la excusa y al mismo tiempo el detonante para que se sintieran libres del compromiso.

 

         La madre se fue y, una vez regresó, procuraba esgrimir alguna excusa, como quedar con alguien para no obligar a los hijos a ir los domingos. Desde entonces se terminaron las visitas y, poco a poco, fueron disminuyendo las llamadas telefónicas. La madre también se sintió liberada y menos sola de lo que pensaba. Hizo algo que había necesitado desde la marcha del marido, pero nunca había puesto en práctica: empezó a pensar en sí misma, a cuidarse y a mimarse, porque sabía que nadie más lo haría por ella.

 

         Salió a la terraza, el aire era todavía fresco; una polilla revoloteaba alrededor de la farola que había junto a su ventana; y el olor a humo y leña seca llenaba el ambiente. Permaneció unos minutos apoyada en la barandilla, miró el cielo todavía azul, a pesar de que estaba entrando ya la noche, sonrió y entró en casa. Por primera vez se sintió feliz y libre, acompañada de su fiel amiga la soledad.

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