DENUNCIA
Pegatinas, civismo y curiosas coincidencias
Hay debates que en la política local reaparecen con una regularidad casi matemática. Uno de ellos es el que separa la legítima defensa del civismo del uso selectivo de determinadas denuncias
La reciente queja por la aparición de pegatinas en contenedores ha vuelto a abrir esa discusión. De repente, el mobiliario urbano parece haberse convertido en un bien casi sagrado, cuya integridad merece una defensa pública inmediata. Y, en efecto, lo merece. El espacio público es de todos y su deterioro no debería formar parte del paisaje cotidiano. El problema surge cuando uno levanta la vista y observa la ciudad con un mínimo de perspectiva. Farolas, señales de tráfico, cuadros eléctricos, canalones o armarios de telecomunicaciones llevan años convertidos en un improvisado tablón de anuncios donde conviven adhesivos de discotecas, cerrajeros urgentes, conciertos, eventos deportivos o colectivos de lo más diverso. Todo ello sin que, por lo general, se produzca una alarma institucional comparable.
La cuestión, por tanto, no es si pegar propaganda en el mobiliario urbano es correcto o no. No lo es. De hecho, la normativa municipal lo considera sancionable cuando se realiza fuera de los espacios habilitados. Y aquí aparece otro pequeño detalle que suele pasar desapercibido: Zamora carece de espacios públicos habilitados para la colocación de carteles o propaganda, algo que en muchas ciudades se resuelve con paneles específicos o tablones municipales destinados precisamente a canalizar este tipo de mensajes.
Cuando esos espacios no existen, el resultado es el que cualquiera puede comprobar dando un paseo: la ciudad convertida, de facto, en un tablón disperso. Pero más allá de la cuestión estética o normativa, lo verdaderamente llamativo en esta polémica es otro fenómeno muy propio de la política local: las coincidencias inesperadas. Quizá por eso el debate sobre las pegatinas ha terminado abriendo una reflexión más amplia sobre cómo se interpretan ciertas conductas en el espacio público. Porque, dependiendo de quién firme el adhesivo, la misma pegatina puede parecer un problema de civismo… o simplemente parte del paisaje urbano.

La reciente queja por la aparición de pegatinas en contenedores ha vuelto a abrir esa discusión. De repente, el mobiliario urbano parece haberse convertido en un bien casi sagrado, cuya integridad merece una defensa pública inmediata. Y, en efecto, lo merece. El espacio público es de todos y su deterioro no debería formar parte del paisaje cotidiano. El problema surge cuando uno levanta la vista y observa la ciudad con un mínimo de perspectiva. Farolas, señales de tráfico, cuadros eléctricos, canalones o armarios de telecomunicaciones llevan años convertidos en un improvisado tablón de anuncios donde conviven adhesivos de discotecas, cerrajeros urgentes, conciertos, eventos deportivos o colectivos de lo más diverso. Todo ello sin que, por lo general, se produzca una alarma institucional comparable.
La cuestión, por tanto, no es si pegar propaganda en el mobiliario urbano es correcto o no. No lo es. De hecho, la normativa municipal lo considera sancionable cuando se realiza fuera de los espacios habilitados. Y aquí aparece otro pequeño detalle que suele pasar desapercibido: Zamora carece de espacios públicos habilitados para la colocación de carteles o propaganda, algo que en muchas ciudades se resuelve con paneles específicos o tablones municipales destinados precisamente a canalizar este tipo de mensajes.
Cuando esos espacios no existen, el resultado es el que cualquiera puede comprobar dando un paseo: la ciudad convertida, de facto, en un tablón disperso. Pero más allá de la cuestión estética o normativa, lo verdaderamente llamativo en esta polémica es otro fenómeno muy propio de la política local: las coincidencias inesperadas. Quizá por eso el debate sobre las pegatinas ha terminado abriendo una reflexión más amplia sobre cómo se interpretan ciertas conductas en el espacio público. Porque, dependiendo de quién firme el adhesivo, la misma pegatina puede parecer un problema de civismo… o simplemente parte del paisaje urbano.




















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