José Antonio Ávila López
Jueves, 12 de Marzo de 2026
NOTAS DEL PENSAMIENTO

Antagonismos de hoy que fueron similitud en el ayer

José Antonio Ávila López

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La historia nos demuestra que lealtad y libertad no son lo mismo. La actualidad nos señala que hoy son conceptos antagónicos. Leo que “la lealtad institucional es un principio jurídico y ético que obliga a las Administraciones Públicas a colaborar”, y yo me reafirmo constantemente en que esto casi nunca se consigue. También se dice que “se han de respetar las respectivas competencias tanto de libertad como de lealtad”, y yo opino que lo que se hace es pelear sin respeto por ellas. Más tarde leo que “se ha de actuar con buena fe, transparencia y cooperación buscando el interés general y la cohesión del Estado”, y es cuando me entra la risa, ya que es como una broma pesada porque lo que se busca es el interés de la formación política que gobierna. Luego leo que “la libertad y la lealtad actuales evitan conflictos, fomentan la información y aseguran el funcionamiento eficiente de las estructuras públicas”, y ahora ya es que me caigo de la risa, porque es todo lo contrario : producen conflictos, con ellas aumenta la desinformación, y lo público destaca por la ineficiencia. La libertad institucional, frecuentemente ligada a la autonomía universitaria, es el derecho de una institución a autogobernarse, definir sus planes de estudio, gestionar su personal y establecer políticas de admisión sin interferencias externas : permite a la comunidad académica investigar y transmitir conocimiento libremente, es decir, es la libertad de una institución de educación superior para ejercer su misión y estar libre de control externo. Lo que hoy existe no es sólo una discrepancia semántica, es una fractura moral. La lealtad, en su origen, era un vínculo personal : se debía a alguien concreto y, precisamente por eso, podía romperse cuando traicionaba la conciencia. La libertad nacía ahí, en el derecho y en el deber de desobedecer. Hoy, sin embargo, la lealtad institucional se ha despersonalizado hasta convertirse en obediencia administrativa, en un mantra que exige adhesión sin pensamiento crítico. Ya no se pide cooperación : se exige alineamiento. Ya no se busca el interés general : se invoca como coartada. Y el lenguaje jurídico, tan pulcro en apariencia, funciona aquí como un barniz.

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