REFLEXIONES URBANAS
El odio y la envidia
Eugenio-Jesús de Ávila
Han pasado tantas gente por mi vida, unas, en forma de secante; otras como tangentes, que he intentado comprenderlas para entenderme a mí también, como ser humano que soy, aunque hay veces lo dudo. Me plantea un grave problema la persona que odia, más allá de otro tipo de individuos que padecen otras cuitas sociales.
Creo, después de darle muchas experiencias, que la persona que odia sin conocerte se encuentra muy mal consigo mismo, encerrada en un cuerpo que no le satisface, consciente de un escaso talento y de una inteligencia parva y una cultura corta. Ese odio hacia sí mismo lo extrapola hacia el prójimo, al que contempla más libre, más culto y más dotado en todos los aspectos.
Las abundantes carencias físicas e intelectuales de estos personajes las intentan ocultar en la calumnia, el improperio, el insulto, la difamación y la denigración del prójimo, que puede ser político, escritor, abogado, médico, periodista…cualquier profesional que haya triunfado en su campo.
El odio se necesita en política, para marcar las diferencias. Aquel es el canalla, el fascista, el corrupto, el malo. Él y ella son superiores moralmente, éticamente, intelectualmente.
El odio es primo hermano de la envidia. Toda persona que odia, hombre o mujer, envidia al prójimo porque tiene todo aquello de lo que ella carece: gloria, éxito, fama, amigos, patrimonio, amores. Jamás el resentimiento y el rencor, otros dos parientes de la envidia, lo provoca el humilde, el pobre, el sencillo, el que no tiene nada.
Un servidor, que carece de todo, que ya ha vivido los mejores años de su vida, ha despertado envidia desde su juventud. No sé por qué. Quizá me vieron tan libre, con tanta personalidad, incorruptible, con éxito como amigo y amante, también en mi profesión, que les duele ante su impotencia para ser queridos, loados y deseados.
Solo siento que los pocos hombres y las escasas mujeres que me odiaron y odian muestren tanta orfandad de talento, cultura y sabiduría.
Eugenio-Jesús de Ávila
Eugenio-Jesús de Ávila
Han pasado tantas gente por mi vida, unas, en forma de secante; otras como tangentes, que he intentado comprenderlas para entenderme a mí también, como ser humano que soy, aunque hay veces lo dudo. Me plantea un grave problema la persona que odia, más allá de otro tipo de individuos que padecen otras cuitas sociales.
Creo, después de darle muchas experiencias, que la persona que odia sin conocerte se encuentra muy mal consigo mismo, encerrada en un cuerpo que no le satisface, consciente de un escaso talento y de una inteligencia parva y una cultura corta. Ese odio hacia sí mismo lo extrapola hacia el prójimo, al que contempla más libre, más culto y más dotado en todos los aspectos.
Las abundantes carencias físicas e intelectuales de estos personajes las intentan ocultar en la calumnia, el improperio, el insulto, la difamación y la denigración del prójimo, que puede ser político, escritor, abogado, médico, periodista…cualquier profesional que haya triunfado en su campo.
El odio se necesita en política, para marcar las diferencias. Aquel es el canalla, el fascista, el corrupto, el malo. Él y ella son superiores moralmente, éticamente, intelectualmente.
El odio es primo hermano de la envidia. Toda persona que odia, hombre o mujer, envidia al prójimo porque tiene todo aquello de lo que ella carece: gloria, éxito, fama, amigos, patrimonio, amores. Jamás el resentimiento y el rencor, otros dos parientes de la envidia, lo provoca el humilde, el pobre, el sencillo, el que no tiene nada.
Un servidor, que carece de todo, que ya ha vivido los mejores años de su vida, ha despertado envidia desde su juventud. No sé por qué. Quizá me vieron tan libre, con tanta personalidad, incorruptible, con éxito como amigo y amante, también en mi profesión, que les duele ante su impotencia para ser queridos, loados y deseados.
Solo siento que los pocos hombres y las escasas mujeres que me odiaron y odian muestren tanta orfandad de talento, cultura y sabiduría.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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