ELECCIONES CYL
Reírnos de los patriotas en verde caqui
En España, están naciendo los patriotas igual que nacen hombres chungos en el bancal, abonados por los nacionalismos excluyentes y por un Partido Popular donde no caben todos. Y estos nuevos patriotas son muy curiosos. Se les reconoce enseguida: llevan la bandera siempre muy cerca de la muñeca, lucen con hombría chalecos plumíferos y van más apretados que los pantalones de Jean-Claude Van Damme en los años ochenta.
No conviene enfadarse demasiado con ellos, sobre todo cuando entiendes la vida con alegría. Siempre he preferido reírme de las miserias de mi país, ¿cómo no hacerlo de estos actores de comedia?
Por supuesto, no entiendo que la política sea una broma -no hay nada que afecte más a la vida de los ciudadanos-, sino que he elegido usar mi sentido del humor para destapar algunas contradicciones patrióticas
.
De carcajada es ese patriotismo épico, de pecho inflado y voz grave, que habla continuamente de servir a la patria… aunque nunca haya pasado por la mili. Se podrá discutir si aquello era necesario o no, pero tenía al menos una lógica: primero se servía a la patria y luego, si acaso, se presumía de ella.
Hoy el orden parece haberse invertido.
El patriotismo es apasionado, late por dentro… aunque el corazón palpite con más fuerza por Washington y suspire por Donald Trump, incluso cuando Trump amenaza a España con aranceles, presiona para que compremos armamento norteamericano o trata a sus aliados como si fueran subordinados y algo torpes.
Sin duda, defender la soberanía nacional bebiendo los vientos por un tirano es una forma de patriotismo muy original. Una especie de patriotismo de importación. Eso sí, vamos a vender que Mercosur es malo malísimo, sin beneficios para nadie... ¿Alguien se cree que este tipo de acuerdo se firma para que desde Europa destrocen Europa? Ummmm. Me temo que somos víctimas de reflexiones más emocionales que racionales, pero nadie se atreve a explicar sus pros, solo conocemos sus contras. Yo quiero sus pros, sus contras y saber cómo van a compensar al que lo sufra.
Pero las mejores escenas de esta comedia patriótica no ocurren en la geopolítica con mayúsculas, sino en los entornos más cercanos. En Castilla y León, por ejemplo, donde nos tiemblan ya las piernillas con la llegada de esta gente que entra fácil y, cuando sale, solo queda el destrozo.
En esta comunidad, parece, tenemos patriotas profundamente preocupados por España y, curiosamente, poco se acuerdan de la vida de los castellanos y leoneses. Patriotas capaces de crear vicepresidencias sin consejería, cuya principal función consiste en comentar la política nacional desde un despacho autonómico y repartir cargos entre familiares o amigos. Cerca de noventa mil euros al año dan para muchas comparecencias protagonizadas por problemas que están a trescientos kilómetros. Noventa mil euros al año dan para muchos cascos de moto, conciertos y ecografías contra la libertad de las mujeres.
De carcajada es que estos patriotas sin oficio protesten contra un Estado derrochón en servicios públicos, que hablen de los funcionarios con oposición como si fueran una especie de plaga presupuestaria: profesores, médicos, policías, enfermeros… sospechosos habituales de vivir del dinero de los contribuyentes.
Es curioso que estos maestros de la indignación hayan pasado buena parte de su vida ocupados en cargos financiados con ese dinero público: fundaciones, concejalías, organismos y estructuras políticas varias. Pareciera que, para ellos, cobrar gracias a los impuestos es un problema cuando lo hacen los demás.
Otro capítulo delicioso de este patriotismo es su relación con la prensa. Les incomoda profundamente el periodismo cuando está hecho por periodistas. Les irritan las preguntas, los datos y, sobre todo, las hemerotecas. Sin embargo, muestran una sorprendente simpatía por los pseudoperiodistas complacientes, por las campañas coordinadas en redes sociales y por ese coro infinito de cuentas automatizadas que repiten consignas patrióticas a cualquier hora del día. El periodismo molesta. El eco, no. Debe de ser más cómodo discutir con algoritmos que con personas.
Luego está el campo. Ese campo que aparece mucho en los discursos y bastante menos en las soluciones. Porque cualquiera que conozca mínimamente Castilla y León sabe cuál es nuestra esencia. Vivimos del campo, sí. Pero del campo real, no del campo del eslogan. Vivimos de pequeños agricultores y ganaderos cuyas explotaciones dependen en gran medida de las ayudas agrarias y que necesitan inmigrantes para seguir alimentándonos de la tierra con sus manos. Esa gente del campo que necesita la verdad, la ciencia y el apoyo estatal y europeo. Castilla y León es también de los docentes, sanitarios, guardias civiles y empleados públicos que mantienen con vida pueblos que, de otro modo, desaparecerían en silencio.
Basta mirar Zamora, una de las provincias más castigadas por la despoblación en España. Aquí, el patriotismo debería consistir en mantener escuelas, centros de salud, cultura, oportunidades. Pero algunos parecen pensar que la mejor manera de salvar la España vaciada es empezar vaciando el Estado. ¿Cómo se puede apostar por el recorte drástico del gasto público y pasearse por Zamora entre aplausos? ¡Por Zamora! ¡La más olvidada, la más desfavorecida! ¡La que más necesita del Estado! ¡La provincia de los emigrantes! Más que gracioso es de chiste.
También hay un patriotismo especialmente dedicado a los jóvenes. Les habla mucho, les promete mucho y, sobre todo, les ofrece culpables muy claros: los inmigrantes. Si no hay trabajo, es culpa de los inmigrantes. Si los sueldos son bajos, culpa de los inmigrantes. Si el futuro parece complicado, también. Es un discurso sencillo. Siempre lo ha sido. Señalar al vecino más débil suele resultar más fácil que mirar hacia arriba (o hacia uno mismo).
¿Me quiere usted contar, señor patriota, que son los inmigrantes los privilegiados? Los problemas de los jóvenes parten de un sistema que protege privilegios mientras reduce oportunidades. De una sociedad donde algunas clases acomodadas -o quienes aspiran a parecerlo- defienden con entusiasmo la educación concertada o privada, mientras se deteriora la educación pública que garantiza la igualdad.
También parten de algo mucho menos espectacular, pero mucho más decisivo: la falta de inversión en cultura, en pensamiento, en formación intelectual y emocional. Porque, cuando faltan bibliotecas, teatros, música y educación crítica, siempre sobra propaganda.
Por eso resulta tan revelador ese empeño en poner “pines” que decidan qué pueden aprender los jóvenes y qué no. Censurar el conocimiento nunca ha sido una forma de defender la libertad. La libertad de verdad es otra cosa. La libertad es poder elegir con conocimiento.
¿Qué decir del patriotismo negacionista del cambio climático? Para ellos, no hay efectos extremos ni danas ni incendios monstruosos. Amar la patria mientras se ignora el futuro de su territorio también es una forma graciosa de amor. Sí, patriotas, el cambio climático está aquí y solo con la protección e inversión en el agro podremos defendernos de sus ataques. ¿Es patriota cubrinos de purines, biogás, macromierdas? ¿Es patriota dejar que se nos queme nuestro patrimonio natural, nuestros pueblos y animales...? ¿Es patriota que cada año tengan que surgir héroes en Aliste, Sayago, Sanabria...? ¡Todo lo soluciona un concierto! ¿Dónde estabais?
Quizá por todo eso conviene reírse un poco de estos españoles valientes. Porque, cuando uno escucha con atención sus discursos, descubre algo bastante sencillo: el patriotismo que proclaman no es amor por el país ni compromiso con su gente ni preocupación por su futuro. Es, simplemente, una bandera muy útil para hacer política, para hacerse hueco.
Y quizá por eso convenga tomárselo con humor. Porque hay patriotas que hablan tanto de España que, a veces, una sospecha que, si tuvieran que gobernarla de verdad, quizá se verían obligados a conocerla y a entender a todos los que la habitamos. Incluso a los que somos más de reírnos que de hacer gracia.
En España, están naciendo los patriotas igual que nacen hombres chungos en el bancal, abonados por los nacionalismos excluyentes y por un Partido Popular donde no caben todos. Y estos nuevos patriotas son muy curiosos. Se les reconoce enseguida: llevan la bandera siempre muy cerca de la muñeca, lucen con hombría chalecos plumíferos y van más apretados que los pantalones de Jean-Claude Van Damme en los años ochenta.
No conviene enfadarse demasiado con ellos, sobre todo cuando entiendes la vida con alegría. Siempre he preferido reírme de las miserias de mi país, ¿cómo no hacerlo de estos actores de comedia?
Por supuesto, no entiendo que la política sea una broma -no hay nada que afecte más a la vida de los ciudadanos-, sino que he elegido usar mi sentido del humor para destapar algunas contradicciones patrióticas
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De carcajada es ese patriotismo épico, de pecho inflado y voz grave, que habla continuamente de servir a la patria… aunque nunca haya pasado por la mili. Se podrá discutir si aquello era necesario o no, pero tenía al menos una lógica: primero se servía a la patria y luego, si acaso, se presumía de ella.
Hoy el orden parece haberse invertido.
El patriotismo es apasionado, late por dentro… aunque el corazón palpite con más fuerza por Washington y suspire por Donald Trump, incluso cuando Trump amenaza a España con aranceles, presiona para que compremos armamento norteamericano o trata a sus aliados como si fueran subordinados y algo torpes.
Sin duda, defender la soberanía nacional bebiendo los vientos por un tirano es una forma de patriotismo muy original. Una especie de patriotismo de importación. Eso sí, vamos a vender que Mercosur es malo malísimo, sin beneficios para nadie... ¿Alguien se cree que este tipo de acuerdo se firma para que desde Europa destrocen Europa? Ummmm. Me temo que somos víctimas de reflexiones más emocionales que racionales, pero nadie se atreve a explicar sus pros, solo conocemos sus contras. Yo quiero sus pros, sus contras y saber cómo van a compensar al que lo sufra.
Pero las mejores escenas de esta comedia patriótica no ocurren en la geopolítica con mayúsculas, sino en los entornos más cercanos. En Castilla y León, por ejemplo, donde nos tiemblan ya las piernillas con la llegada de esta gente que entra fácil y, cuando sale, solo queda el destrozo.
En esta comunidad, parece, tenemos patriotas profundamente preocupados por España y, curiosamente, poco se acuerdan de la vida de los castellanos y leoneses. Patriotas capaces de crear vicepresidencias sin consejería, cuya principal función consiste en comentar la política nacional desde un despacho autonómico y repartir cargos entre familiares o amigos. Cerca de noventa mil euros al año dan para muchas comparecencias protagonizadas por problemas que están a trescientos kilómetros. Noventa mil euros al año dan para muchos cascos de moto, conciertos y ecografías contra la libertad de las mujeres.
De carcajada es que estos patriotas sin oficio protesten contra un Estado derrochón en servicios públicos, que hablen de los funcionarios con oposición como si fueran una especie de plaga presupuestaria: profesores, médicos, policías, enfermeros… sospechosos habituales de vivir del dinero de los contribuyentes.
Es curioso que estos maestros de la indignación hayan pasado buena parte de su vida ocupados en cargos financiados con ese dinero público: fundaciones, concejalías, organismos y estructuras políticas varias. Pareciera que, para ellos, cobrar gracias a los impuestos es un problema cuando lo hacen los demás.
Otro capítulo delicioso de este patriotismo es su relación con la prensa. Les incomoda profundamente el periodismo cuando está hecho por periodistas. Les irritan las preguntas, los datos y, sobre todo, las hemerotecas. Sin embargo, muestran una sorprendente simpatía por los pseudoperiodistas complacientes, por las campañas coordinadas en redes sociales y por ese coro infinito de cuentas automatizadas que repiten consignas patrióticas a cualquier hora del día. El periodismo molesta. El eco, no. Debe de ser más cómodo discutir con algoritmos que con personas.
Luego está el campo. Ese campo que aparece mucho en los discursos y bastante menos en las soluciones. Porque cualquiera que conozca mínimamente Castilla y León sabe cuál es nuestra esencia. Vivimos del campo, sí. Pero del campo real, no del campo del eslogan. Vivimos de pequeños agricultores y ganaderos cuyas explotaciones dependen en gran medida de las ayudas agrarias y que necesitan inmigrantes para seguir alimentándonos de la tierra con sus manos. Esa gente del campo que necesita la verdad, la ciencia y el apoyo estatal y europeo. Castilla y León es también de los docentes, sanitarios, guardias civiles y empleados públicos que mantienen con vida pueblos que, de otro modo, desaparecerían en silencio.
Basta mirar Zamora, una de las provincias más castigadas por la despoblación en España. Aquí, el patriotismo debería consistir en mantener escuelas, centros de salud, cultura, oportunidades. Pero algunos parecen pensar que la mejor manera de salvar la España vaciada es empezar vaciando el Estado. ¿Cómo se puede apostar por el recorte drástico del gasto público y pasearse por Zamora entre aplausos? ¡Por Zamora! ¡La más olvidada, la más desfavorecida! ¡La que más necesita del Estado! ¡La provincia de los emigrantes! Más que gracioso es de chiste.
También hay un patriotismo especialmente dedicado a los jóvenes. Les habla mucho, les promete mucho y, sobre todo, les ofrece culpables muy claros: los inmigrantes. Si no hay trabajo, es culpa de los inmigrantes. Si los sueldos son bajos, culpa de los inmigrantes. Si el futuro parece complicado, también. Es un discurso sencillo. Siempre lo ha sido. Señalar al vecino más débil suele resultar más fácil que mirar hacia arriba (o hacia uno mismo).
¿Me quiere usted contar, señor patriota, que son los inmigrantes los privilegiados? Los problemas de los jóvenes parten de un sistema que protege privilegios mientras reduce oportunidades. De una sociedad donde algunas clases acomodadas -o quienes aspiran a parecerlo- defienden con entusiasmo la educación concertada o privada, mientras se deteriora la educación pública que garantiza la igualdad.
También parten de algo mucho menos espectacular, pero mucho más decisivo: la falta de inversión en cultura, en pensamiento, en formación intelectual y emocional. Porque, cuando faltan bibliotecas, teatros, música y educación crítica, siempre sobra propaganda.
Por eso resulta tan revelador ese empeño en poner “pines” que decidan qué pueden aprender los jóvenes y qué no. Censurar el conocimiento nunca ha sido una forma de defender la libertad. La libertad de verdad es otra cosa. La libertad es poder elegir con conocimiento.
¿Qué decir del patriotismo negacionista del cambio climático? Para ellos, no hay efectos extremos ni danas ni incendios monstruosos. Amar la patria mientras se ignora el futuro de su territorio también es una forma graciosa de amor. Sí, patriotas, el cambio climático está aquí y solo con la protección e inversión en el agro podremos defendernos de sus ataques. ¿Es patriota cubrinos de purines, biogás, macromierdas? ¿Es patriota dejar que se nos queme nuestro patrimonio natural, nuestros pueblos y animales...? ¿Es patriota que cada año tengan que surgir héroes en Aliste, Sayago, Sanabria...? ¡Todo lo soluciona un concierto! ¿Dónde estabais?
Quizá por todo eso conviene reírse un poco de estos españoles valientes. Porque, cuando uno escucha con atención sus discursos, descubre algo bastante sencillo: el patriotismo que proclaman no es amor por el país ni compromiso con su gente ni preocupación por su futuro. Es, simplemente, una bandera muy útil para hacer política, para hacerse hueco.
Y quizá por eso convenga tomárselo con humor. Porque hay patriotas que hablan tanto de España que, a veces, una sospecha que, si tuvieran que gobernarla de verdad, quizá se verían obligados a conocerla y a entender a todos los que la habitamos. Incluso a los que somos más de reírnos que de hacer gracia.
















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