Mª Soledad Martín Turiño
Viernes, 20 de Marzo de 2026
ZAMORANA

Lejos de Zamora

Lejos de Zamora la vida me resulta un poco más triste; puede que sea porque el tiempo (meteorológico) continúa con sus vaivenes y un día sale el sol y dos está gris oscuro; o tal vez porque los sueños en la distancia se magnifican y se pierde la realidad en favor de la nostalgia; por eso, en esta mañana tristona no me cabe el consuelo de recorrer las calles medievales para poner un escenario acorde, ni tampoco me permite acompañar al río, mi Duero, para aumentar la añoranza porque él es el único que sabe regalar paz, melancolía y calma al mismo tiempo.

 

Me dicen que en Zamora también el día está nublado, pero los pájaros seguirán revoloteando en piruetas imposibles para llevar un poco de regocijo a quien sepa observarlos, y que las campanas tañen a misa de doce llamando a sus fieles. Aquí no se oyen las campanas, porque el ruido de la ciudad lo absorbe todo; tampoco hay muchos pájaros, si acaso palomas que se han acostumbrado al trajín de la urbe y pasean a sus anchas siendo los viandantes quienes han de apartarse para dejarles espacio.

 

Añoro la cercanía de las ciudades pequeñas, tan alejada de la deshumanización de las grandes metrópolis. Allí cuando se pasea tres veces por el mismo sitio, empiezas a ver caras conocidas; sin embargo, en las grandes urbes la gente con quien se tropieza uno siempre es distinta; a veces ni siquiera conocemos a los vecinos del bloque en que habitamos y si, por azar, los encontramos en el ascensor, somos corteses desconocidos que se dan los buenos días deseando llegar cuanto antes al piso correspondiente para no prolongar silencios incómodos.

 

Así las cosas, no me quedan sino dos opciones: tirar de memoria mientras contemplo las instantáneas que tomé de calles, plazas, murallas, iglesias y río, caminar mentalmente y volver a sentir el cúmulo de sensaciones que me transportan en la distancia de nuevo a mi ciudad zamorana o, como acostumbra a aconsejarme una buena amiga: “echarme a la calle”, esto es: distraer la mente con escaparates, luces, sonidos y gente y abarcarlo todo; ser una más entre las muchas personas que pueblan las aceras, o adentrarme en uno de los parques que son un pulmón de aire puro contra la contaminación atmosférica, visual y acústica y allí, en la soledad de un banco apartado, mirar a un cielo que es común en todas partes.

 

Me decanto por la segunda opción y pronto sucumbo a las muchas opciones que ofrece este lugar; mi mente se distrae y el paso raudo me permite caminar sin rumbo fijo haciendo un ejercicio que dicen ser muy saludable, pero sobre todo, libero la mente de sensaciones donde la melancolía queda desterrada al menos el tiempo que dura mi paseo.    

 

Mª Soledad Martín Turiño

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.48

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.