Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 23 de Marzo de 2026
ZAMORANA

Sueños y realidad

Mª Soledad Martín Turiño

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Una vez escuché decir a Gonzalo Suárez, director de cine, guionista, y escritor asturiano, una frase que me ha dado mucho que pensar, y que decía: “Dios nos premia con los sueños y nos castiga con las realidades”

 

Los sueños son gratis, son ad hoc, según las apetencias de cada cual, sirven para distraernos de una realidad que nos disgusta y acompañar nuestras horas más críticas; constituyen el refugio perfecto donde esconder soledades, enterrar silencios, borrar gestos viles y acallar malos pensamientos. En los sueños somos protagonistas de historias que nunca se harán realidad: el medroso se convierte en aventurero, la mujer piadosa vive experiencias subidas de tono que nunca se permitiría en la vida real, el niño sueña con ir a la luna; el enfermo con no padecer ningún mal… cada cual elige a su modo más conveniente aquello que le falta en la vida y lo convierte en su propio sueño, dejando de lado siempre aquellos negativos o perjudiciales.

 

Además de ser gratis, la ensoñación permite disponer de escenarios variados e inverosímiles: todos los paisajes, todas las personas y situaciones se recrean en nuestra mente a golpe de clic; los adornamos cuidadosamente porque en ese mundo irreal detestamos lo desagradable, y gozamos mientras dura una quimera que se desvanece en cuanto abrimos los ojos a la realidad.

 

Paulo Coelho, en un plano más realista, decía que “la posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”, refiriéndose a ese tipo de anhelos a los que todos aspiramos y que pueden ser factibles. En ese sentido, luchar por un objetivo hasta hacer realidad un empeño a base de trabajo, es una de las mayores satisfacciones que podemos lograr.

 

No puedo estar más de acuerdo con la sentencia shakespeariana que anima a alimentarse de los sueños para evitar envejecer demasiado pronto. Nada hay de malo por soñar –ya sea dormidos o despiertos- con mundos paralelos, si ello nos aporta un grado de felicidad o de ilusión; la realidad es demasiado prosaica como para no salirse de ella de vez en cuando y caminar por un mundo ficticio, no deja de ser una terapia que a nadie perjudica y, además, ayuda a seguir adelante con un poco más de optimismo.

 

El mundo onírico ha sido motivo de curiosidad desde tiempos remotos: chamanes, astrólogos y antiguas civilizaciones se interesaron por ellos. En Mesopotamia apuntaban sus sueños en piedra, en Grecia practicaban la oniromancia: adivinaban el futuro a través de los sueños; en Egipto asociaban el sueño con una parte del alma que viajaba libremente mientras el cuerpo dormía; y mucho más tarde llegaría Freud para revolucionar científicamente este mundo irreal donde todos nos refugiamos… pero esa es otra historia.

 

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