PASIONES
El mito del recogimiento y la religiosidad de la Semana Santa de Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Me resulta de una profunda hipocresía mantener ese lema de que la Semana Santa de Zamora se diferencia de otras cercanas o allende las fronteras autonómicas por su profundo recogimiento y religiosidad. Quizá podría haber sido una manifestación de fe extraordinaria en otros siglos o después de la Guerra Civil y hasta el final de la Dictadura. Pero después, al ritmo de la secularización de la sociedad, las cofradías y las hermandades zamoranas fueron perdiendo esas características para constituirse en depositarias de tradiciones centenarias o del siglo pasado.
Azaña, equivocándose, en plena II República, dijo aquello de que España había dejado de ser católica. Yo podría escribir ahora, en este marzo moribundo que la Semana Santa de Zamora también ha dejado de ser católica. ¿Me confundo también como el político alcalaíno? Quizá sea otra cosa, pero, convencido estoy, que un tanto por ciento elevadísimo de hermanas y hermanos no asisten a misa los domingos y fiestas de guardar, ni a los actos religiosos que programan los directivos de las hermandades. De hecho, al quinario de la Soledad no asiste ni el 1% de las damas de la Soledad, las más de 4.000 que acompañan a la Virgen en el desfile del Sábado Santo, a la postura del sol.
Yo no critico al que sea agnóstico o ateo y se cubra con caperuz y túnica o a la dama que se vista de negro para acompañar a la Esperanza, Nuestra Madre o la Soledad. Por coherencia, cuando tenía poco más de 20 años, decidí no volver a salir en procesión alguna, porque dejé de creer, porque no encontraba sentido a esos desfiles cuando ya había perdido mi fe juvenil. Ni la tradición familiar pudo convencerme de mantener el disfraz de penitente todas las primaveras de Pasión.
Ahora bien, los que se dedican a escribir y a titular artículos sobre los desfiles procesionales deberían ceñirse a la realidad y olvidarse de frases hiperbólicas sobre la penitencia de los hermanos y las hermanas y el dolor que atraviesa el corazón de la ciudad cuando las distintas cofradías cumplen con su cometido anual.
La Semana Santa de Zamora, quiérase o no, es una gran fiesta, la más divertida del año, donde todos los días las gentes intentan pasárselo bien, incluso cubiertas sus cabezas; reírse, disfrutar del amor, degustar unas magníficas viandas, abrazar a los amigos, salir de noche hasta que la madrugada ordene buscar el lecho, el propio o el ajeno, solo o en compañía, y olvidarse de tedio secular, del aburrimiento contumaz, del trabajo o de su carencia, de los golpes inoportunos de la vida…
No me vengan ahora con que la Pasión zamorana es penitencia y dolor, examen de conciencia y expiación del pecado. La Semana Santa de Zamora ya es pura estética. Yo abogo por un cristianismo de vida, por un cristianismo hedonista, jamás con cargar con la cruz y colocarte cilicios que atraviesen la carne. Solo le pido a los zamoranos que gocen, que alcancen el éxtasis del placer, que celebran la Pasión amando, porque Dios, si existe, es amor.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me resulta de una profunda hipocresía mantener ese lema de que la Semana Santa de Zamora se diferencia de otras cercanas o allende las fronteras autonómicas por su profundo recogimiento y religiosidad. Quizá podría haber sido una manifestación de fe extraordinaria en otros siglos o después de la Guerra Civil y hasta el final de la Dictadura. Pero después, al ritmo de la secularización de la sociedad, las cofradías y las hermandades zamoranas fueron perdiendo esas características para constituirse en depositarias de tradiciones centenarias o del siglo pasado.
Azaña, equivocándose, en plena II República, dijo aquello de que España había dejado de ser católica. Yo podría escribir ahora, en este marzo moribundo que la Semana Santa de Zamora también ha dejado de ser católica. ¿Me confundo también como el político alcalaíno? Quizá sea otra cosa, pero, convencido estoy, que un tanto por ciento elevadísimo de hermanas y hermanos no asisten a misa los domingos y fiestas de guardar, ni a los actos religiosos que programan los directivos de las hermandades. De hecho, al quinario de la Soledad no asiste ni el 1% de las damas de la Soledad, las más de 4.000 que acompañan a la Virgen en el desfile del Sábado Santo, a la postura del sol.
Yo no critico al que sea agnóstico o ateo y se cubra con caperuz y túnica o a la dama que se vista de negro para acompañar a la Esperanza, Nuestra Madre o la Soledad. Por coherencia, cuando tenía poco más de 20 años, decidí no volver a salir en procesión alguna, porque dejé de creer, porque no encontraba sentido a esos desfiles cuando ya había perdido mi fe juvenil. Ni la tradición familiar pudo convencerme de mantener el disfraz de penitente todas las primaveras de Pasión.
Ahora bien, los que se dedican a escribir y a titular artículos sobre los desfiles procesionales deberían ceñirse a la realidad y olvidarse de frases hiperbólicas sobre la penitencia de los hermanos y las hermanas y el dolor que atraviesa el corazón de la ciudad cuando las distintas cofradías cumplen con su cometido anual.
La Semana Santa de Zamora, quiérase o no, es una gran fiesta, la más divertida del año, donde todos los días las gentes intentan pasárselo bien, incluso cubiertas sus cabezas; reírse, disfrutar del amor, degustar unas magníficas viandas, abrazar a los amigos, salir de noche hasta que la madrugada ordene buscar el lecho, el propio o el ajeno, solo o en compañía, y olvidarse de tedio secular, del aburrimiento contumaz, del trabajo o de su carencia, de los golpes inoportunos de la vida…
No me vengan ahora con que la Pasión zamorana es penitencia y dolor, examen de conciencia y expiación del pecado. La Semana Santa de Zamora ya es pura estética. Yo abogo por un cristianismo de vida, por un cristianismo hedonista, jamás con cargar con la cruz y colocarte cilicios que atraviesen la carne. Solo le pido a los zamoranos que gocen, que alcancen el éxtasis del placer, que celebran la Pasión amando, porque Dios, si existe, es amor.















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