NOTAS DEL PENSAMIENTO
Aquellas cartas a mano
José Antonio Ávila López
![[Img #107009]](https://eldiadezamora.es/upload/images/03_2026/5979_7931_2221_9722_3791_7214_7178_4668_4135_5806_6875_9464_157_66_796_7527_7494_4029_5358_389_4159_2973_jose-antonio-avila-lopez.jpg)
¿Cuándo fue que dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la última que nos llegó de un amigo, de una novieta, de un familiar? ¿A quién enviamos la última sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso : en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. ¿Dónde estarán las cartas que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar un domingo gris de invierno? ¿O en aquella escrita en clase sobre la mesa de mi pupitre mientras mis compañeros terminaban sus tareas? Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de hace poco tiempo, cuyo titular decía así : “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinuó en la noticia : “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”. Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. También leí una noticia en la que se recopilaba una epístola que tardó un siglo o más en llegar a su destinatario, y fue la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial, en la que su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y luego, a los 99 años, recibió la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi : “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”. Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas (poeta de la Generación del 27) sobre las cartas que escribió en el exilio : es un largo y delicioso texto, y a la vez un análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, que fueron los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso : los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas. No es poco lo perdido con las cartas, porque al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.
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¿Cuándo fue que dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la última que nos llegó de un amigo, de una novieta, de un familiar? ¿A quién enviamos la última sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso : en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. ¿Dónde estarán las cartas que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar un domingo gris de invierno? ¿O en aquella escrita en clase sobre la mesa de mi pupitre mientras mis compañeros terminaban sus tareas? Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de hace poco tiempo, cuyo titular decía así : “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinuó en la noticia : “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”. Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. También leí una noticia en la que se recopilaba una epístola que tardó un siglo o más en llegar a su destinatario, y fue la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial, en la que su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y luego, a los 99 años, recibió la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi : “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”. Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas (poeta de la Generación del 27) sobre las cartas que escribió en el exilio : es un largo y delicioso texto, y a la vez un análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, que fueron los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso : los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas. No es poco lo perdido con las cartas, porque al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.

















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