ZAMORANA
De política, hay que hablar
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #107013]](https://eldiadezamora.es/upload/images/03_2026/4748_2574_4004_5450_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Es difícil escribir sin ceder a la tentación de incidir en los muchos y graves problemas que se están produciendo por este gobierno que nos mantiene desgobernados, que se guía por el nepotismo y la prepotencia, que no escucha al pueblo, que no se digna acudir al Congreso para dar explicaciones, que sigue sin aprobar presupuestos y, por tanto, paralizan inversiones y evitan arreglar infraestructuras entre otros muchos problemas.
Indigna comprobar las sonrisas de satisfacción de ministros/ministras cuando se les pone delante una cámara de televisión; se muestran como actores/actrices de una película interminable en la que nada se corresponde con la realidad; diríase que viven un mundo paralelo y, además, se lo creen.
La sociedad española precisa de ayuda, necesita que los políticos bajen a la calle, pregunten, se enteren de lo que pasa y de lo que ocurre y luego actúen en consecuencia; no obstante, son más partidarios de actuar desde la comodidad de sus sillones de despacho, no vaya a ser que sufran un abucheo porque la gente no puede ni verlos; así están a buen resguardo.
El problema de la Sanidad, ha llevado a los médicos de urgencias y otros especialistas a estar en pie de guerra, manifestándose por toda España con reivindicaciones tan justas como necesarias, denunciando kafkianas guardias de 24 horas, falta de personal, contratos inestables, horas de guardia que a día de hoy no cotizan para la jubilación, y exigencia de un Estatuto propio entre otros, sin que la ministra de Sanidad, médica para más INRI, que tanto prometió ayudar y comprender a sus colegas antes de entrar en el Ministerio, ahora parece olvidarlos en favor de unas políticas que claramente ponen en contra a sus antiguos compañeros de profesión.
De la vivienda ya ni se comenta; han impedido a nuestros jóvenes planear un futuro, adquirir una casa sin que resulte un atraco a la economía de cada uno (sea en alquiler o en compra), formar una familia, ser independientes y tener una estabilidad. Muchos jóvenes –y algunos mayores- han vuelto a la casa paterna, o se hacinan en minúsculos reductos que deberían estar prohibidos por ley.
Por si esto fuera poco, y solo son dos ejemplos, el gobierno ha aprobado una regularización extraordinaria de aproximadamente medio millón de inmigrantes que ya viven en el país, lo que, inevitablemente, va a provocar un efecto llamada que veremos cuando arriben muchos más a nuestras costas en masa este verano. Con esta medida para contentar a los socios de la mal llamada izquierda, tal avalancha nos va a traer más problemas que beneficios. Para empezar, no vienen con un contrato de trabajo, resulta muy difícil comprobar que carecen de antecedentes penales, la UTEX: Unidad de Tramitación de Expedientes de Extranjería, está desbordada para atender dichas tareas burocráticas de regularización, y los inmigrantes, hasta que encuentren trabajo, no les queda otra que buscarse la vida, muchos de ellos abocados a la delincuencia para ganarse el sustento diario.
Además de este panorama, con demasiada frecuencia asistimos a idas y venidas a los juzgados de prohombres de antaño hoy caídos en desgracia, ya sea por acoso laboral o sexual, robo, desfalcos, malversación y conductas similares; algunos ya están en prisión, otros bajo sospecha y con posibilidad de seguir sus pasos en dirección a Soto del Real o cualquier otro establecimiento penitenciario; lo que provoca un descrédito político que conduce a una gran incertidumbre social.
Iniciaba este artículo con el propósito de no entrar en estos temas, pero la realidad se impone y el hecho de no comentarla, es como hacer que no exista. Dicho está, y ahora termino en un tono algo más jocoso, pero no exento de verdad, con una anécdota que escuché contar a mi padre muchas veces.
Antiguamente, en el bar de mi pueblo había un cartel con una máxima que dejaba muy claro lo que los parroquianos debían asumir si acudían a la cantina. Rezaba así:
Bebed, que tenéis buen vino, de política ni hablar;
No me arméis ninguna bronca, y antes de salir, pagad.
Creo que de vez en cuando, para no saturar las mentes lectoras, es necesario hablar de la situación política; es un hecho que está ahí, nos afecta a todos y obviarla puede ser una estrategia que incluso les favorezca; por tanto, concluyo: De política, hay que hablar.
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Es difícil escribir sin ceder a la tentación de incidir en los muchos y graves problemas que se están produciendo por este gobierno que nos mantiene desgobernados, que se guía por el nepotismo y la prepotencia, que no escucha al pueblo, que no se digna acudir al Congreso para dar explicaciones, que sigue sin aprobar presupuestos y, por tanto, paralizan inversiones y evitan arreglar infraestructuras entre otros muchos problemas.
Indigna comprobar las sonrisas de satisfacción de ministros/ministras cuando se les pone delante una cámara de televisión; se muestran como actores/actrices de una película interminable en la que nada se corresponde con la realidad; diríase que viven un mundo paralelo y, además, se lo creen.
La sociedad española precisa de ayuda, necesita que los políticos bajen a la calle, pregunten, se enteren de lo que pasa y de lo que ocurre y luego actúen en consecuencia; no obstante, son más partidarios de actuar desde la comodidad de sus sillones de despacho, no vaya a ser que sufran un abucheo porque la gente no puede ni verlos; así están a buen resguardo.
El problema de la Sanidad, ha llevado a los médicos de urgencias y otros especialistas a estar en pie de guerra, manifestándose por toda España con reivindicaciones tan justas como necesarias, denunciando kafkianas guardias de 24 horas, falta de personal, contratos inestables, horas de guardia que a día de hoy no cotizan para la jubilación, y exigencia de un Estatuto propio entre otros, sin que la ministra de Sanidad, médica para más INRI, que tanto prometió ayudar y comprender a sus colegas antes de entrar en el Ministerio, ahora parece olvidarlos en favor de unas políticas que claramente ponen en contra a sus antiguos compañeros de profesión.
De la vivienda ya ni se comenta; han impedido a nuestros jóvenes planear un futuro, adquirir una casa sin que resulte un atraco a la economía de cada uno (sea en alquiler o en compra), formar una familia, ser independientes y tener una estabilidad. Muchos jóvenes –y algunos mayores- han vuelto a la casa paterna, o se hacinan en minúsculos reductos que deberían estar prohibidos por ley.
Por si esto fuera poco, y solo son dos ejemplos, el gobierno ha aprobado una regularización extraordinaria de aproximadamente medio millón de inmigrantes que ya viven en el país, lo que, inevitablemente, va a provocar un efecto llamada que veremos cuando arriben muchos más a nuestras costas en masa este verano. Con esta medida para contentar a los socios de la mal llamada izquierda, tal avalancha nos va a traer más problemas que beneficios. Para empezar, no vienen con un contrato de trabajo, resulta muy difícil comprobar que carecen de antecedentes penales, la UTEX: Unidad de Tramitación de Expedientes de Extranjería, está desbordada para atender dichas tareas burocráticas de regularización, y los inmigrantes, hasta que encuentren trabajo, no les queda otra que buscarse la vida, muchos de ellos abocados a la delincuencia para ganarse el sustento diario.
Además de este panorama, con demasiada frecuencia asistimos a idas y venidas a los juzgados de prohombres de antaño hoy caídos en desgracia, ya sea por acoso laboral o sexual, robo, desfalcos, malversación y conductas similares; algunos ya están en prisión, otros bajo sospecha y con posibilidad de seguir sus pasos en dirección a Soto del Real o cualquier otro establecimiento penitenciario; lo que provoca un descrédito político que conduce a una gran incertidumbre social.
Iniciaba este artículo con el propósito de no entrar en estos temas, pero la realidad se impone y el hecho de no comentarla, es como hacer que no exista. Dicho está, y ahora termino en un tono algo más jocoso, pero no exento de verdad, con una anécdota que escuché contar a mi padre muchas veces.
Antiguamente, en el bar de mi pueblo había un cartel con una máxima que dejaba muy claro lo que los parroquianos debían asumir si acudían a la cantina. Rezaba así:
Bebed, que tenéis buen vino, de política ni hablar;
No me arméis ninguna bronca, y antes de salir, pagad.
Creo que de vez en cuando, para no saturar las mentes lectoras, es necesario hablar de la situación política; es un hecho que está ahí, nos afecta a todos y obviarla puede ser una estrategia que incluso les favorezca; por tanto, concluyo: De política, hay que hablar.

















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