IDA Y VUELTA
No quiero hablar de Semana Santa
Laura Fernández Salvador
Un año más llega la Pasión, y en Zamora, el monotema. La Semana Santa lo inunda todo. Nadie puede resistirse. Pero yo, abiertamente declarada no semanasantera (aunque con ciertas contradicciones, no lo puedo negar, que lo de ser zamorana me pesa y me arrastra), no quiero hablar de ella. Este año no.
¿Pero de qué otra cosa se puede hablar durante esta época en nuestra ciudad?
Podríamos hablar de que se cumplen 6 años de la pandemia. Parece una eternidad, pero son 6 años. Yo no lo olvido, por muchos y diferentes motivos. Ni la mayoría de la gente, estoy segura. Pero claro, fue tan doloroso que mejor no recordar.
También podríamos hablar de que tras otras votaciones la mayoría de la gente parece ser que quiere seguir como siempre. ¿Porqué? Lo desconozco la verdad, pero a las pruebas me remito.
Podríamos comentar guerras, injusticias y demás desgracias mundiales que tenemos la suerte de no sufrir en primera persona. Y que siga siendo así (lo de no sufrirlas nosotros digo). Que, volviendo a la pandemia, a veces se nos olvida que lo más impensable pueda llegar a nuestra tranquila y privilegiada vida, esa que creemos intocable.
O hablar de lo difícil que es criar, conciliar, trabajar, cuidar, descansar. Vamos, lo de siempre.
Así que nada, mejor tocamos la Semana Santa, que aun con todas las polémicas, que las hay, parece que es de las pocas cosas que nos une un poco a todos. Y hasta los que no somos grandes predicadores de sus bondades, deseamos que brille el sol, que salgan todos los pasos, y que las sopas de ajo se repartan. Que los negocios hagan su agosto, y que los turistas descubran nuestra joyita de ciudad. Ver a los niños con las palmas, a las bandas tocar y a los cofrades desfilar con sus caperuzos de la mano camino a sus procesiones. Recordar las tradiciones, comer pipas, escuchar a Thalberg, y, casi seguro, pasar frío.
Ver como todos nos disfrazamos un poco y con la excusa quedamos, tomamos unos vinos, y salimos y entramos. Decir que no hace falta ser religioso para vivir la Semana Santa (aunque no lo creo). Y ni mentar la lluvia. Esa lejos, bien lejos. Pero si llueve, que llueva… Pero que no llueva. Que las contradicciones en Semana Santa están a la orden del día.
Un año más llega la Pasión, y en Zamora, el monotema. La Semana Santa lo inunda todo. Nadie puede resistirse. Pero yo, abiertamente declarada no semanasantera (aunque con ciertas contradicciones, no lo puedo negar, que lo de ser zamorana me pesa y me arrastra), no quiero hablar de ella. Este año no.
¿Pero de qué otra cosa se puede hablar durante esta época en nuestra ciudad?
Podríamos hablar de que se cumplen 6 años de la pandemia. Parece una eternidad, pero son 6 años. Yo no lo olvido, por muchos y diferentes motivos. Ni la mayoría de la gente, estoy segura. Pero claro, fue tan doloroso que mejor no recordar.
También podríamos hablar de que tras otras votaciones la mayoría de la gente parece ser que quiere seguir como siempre. ¿Porqué? Lo desconozco la verdad, pero a las pruebas me remito.
Podríamos comentar guerras, injusticias y demás desgracias mundiales que tenemos la suerte de no sufrir en primera persona. Y que siga siendo así (lo de no sufrirlas nosotros digo). Que, volviendo a la pandemia, a veces se nos olvida que lo más impensable pueda llegar a nuestra tranquila y privilegiada vida, esa que creemos intocable.
O hablar de lo difícil que es criar, conciliar, trabajar, cuidar, descansar. Vamos, lo de siempre.
Así que nada, mejor tocamos la Semana Santa, que aun con todas las polémicas, que las hay, parece que es de las pocas cosas que nos une un poco a todos. Y hasta los que no somos grandes predicadores de sus bondades, deseamos que brille el sol, que salgan todos los pasos, y que las sopas de ajo se repartan. Que los negocios hagan su agosto, y que los turistas descubran nuestra joyita de ciudad. Ver a los niños con las palmas, a las bandas tocar y a los cofrades desfilar con sus caperuzos de la mano camino a sus procesiones. Recordar las tradiciones, comer pipas, escuchar a Thalberg, y, casi seguro, pasar frío.
Ver como todos nos disfrazamos un poco y con la excusa quedamos, tomamos unos vinos, y salimos y entramos. Decir que no hace falta ser religioso para vivir la Semana Santa (aunque no lo creo). Y ni mentar la lluvia. Esa lejos, bien lejos. Pero si llueve, que llueva… Pero que no llueva. Que las contradicciones en Semana Santa están a la orden del día.


















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