ZAMORANA
El patio de su casa
Mª Soledad Martín Turiño
“El patio de su casa es particular” y cada vez que me envía una fotografía casi puedo sumergirme en el interior de esos pocos metros cuadrados de paredes cubiertas por azulejos blancos y estantes donde reposan macetas con plantas colgantes. En el suelo, habitan esparcidas unos cuantos tiestos con rosales, geranios y diversos arbustos que, de vez en cuando, esparcen a su alrededor una lluvia de flores y hojas secas.
Sin embargo, la joya del patio es un enorme jazminero que perfuma el ambiente con sus delicadas flores blancas; aunque mi amiga no le presta demasiados cuidados, todos los años, cuando llega la primavera, florece, se expande y coloniza una parte cada vez más grande del patio. Han colocado un emparrado de madera para guiar las ramas y es un auténtico placer sentarse debajo con un libro en la mano y la mirada puesta en el árbol para sentirse plenamente feliz. Da pena, incluso, que su perfume traspase la verja y se pierda entre las calles; me gustaría retenerlo para siempre entre esas cuatro sencillas paredes del patio.
Cada primavera recibo una instantánea del jazminero, y casi puedo sentir la caricia y el aroma de sus flores. Debido a la distancia, no he podido gozarlo en persona, pero lo percibo tan cerca como si estuviera a mi lado. A veces, cierro los ojos y me imagino sentada a su vera, en la más absoluta placidez, tocando con los dedos un poquito de felicidad de la buena, esa que no cuesta, pero que raras veces nos dejamos seducir por su presencia.
“El patio de su casa es particular” y cada vez que me envía una fotografía casi puedo sumergirme en el interior de esos pocos metros cuadrados de paredes cubiertas por azulejos blancos y estantes donde reposan macetas con plantas colgantes. En el suelo, habitan esparcidas unos cuantos tiestos con rosales, geranios y diversos arbustos que, de vez en cuando, esparcen a su alrededor una lluvia de flores y hojas secas.
Sin embargo, la joya del patio es un enorme jazminero que perfuma el ambiente con sus delicadas flores blancas; aunque mi amiga no le presta demasiados cuidados, todos los años, cuando llega la primavera, florece, se expande y coloniza una parte cada vez más grande del patio. Han colocado un emparrado de madera para guiar las ramas y es un auténtico placer sentarse debajo con un libro en la mano y la mirada puesta en el árbol para sentirse plenamente feliz. Da pena, incluso, que su perfume traspase la verja y se pierda entre las calles; me gustaría retenerlo para siempre entre esas cuatro sencillas paredes del patio.
Cada primavera recibo una instantánea del jazminero, y casi puedo sentir la caricia y el aroma de sus flores. Debido a la distancia, no he podido gozarlo en persona, pero lo percibo tan cerca como si estuviera a mi lado. A veces, cierro los ojos y me imagino sentada a su vera, en la más absoluta placidez, tocando con los dedos un poquito de felicidad de la buena, esa que no cuesta, pero que raras veces nos dejamos seducir por su presencia.


















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