EL BECARIO TARDÍo
El maestro
Esteban Pedrosa
Eran otros tiempos cuando se acuñó la frase “pasa más hambre que un maestro de escuela”, aunque alguien la viera disparatada y más metafórica que digestiva.
Uno recuerda a su primer maestro, don Felipe, un señor muy mayor que solía dormirse en clase y al que, los alumnos más grandes, adelantaban el reloj para salir antes al recreo. Fue en la escuela que llamábamos de Los Lavaderos, una casa aislada, dividida en dos mitades por aquello de separar los sexos. Tiempos de sabañones en pies y manos y cabras en las piernas, carámbanos en los charcos, leche en polvo y cánticos “cara al sol”. Tras la anécdota del reloj, nada. Si acaso un profesor, en Salamanca, el único que me hizo entender las matemáticas o don Carlos Miñambres y su vocación, en la Escuela de Adultos, cuando me vi obligado, hace unos cuantos años, a sacarme el graduado escolar con no recuerdo qué fin.
Debí tener mala suerte con los maestros o muy mala memoria, pues acude a ella ahora otro profesor en el Claudio Moyano (¿don Belisario puede ser?) que me hizo cosquillas con la literatura, pero al que trasladaron a mitad de curso y me tocó seguir a solas con el deslumbramiento.
De aquella época, otro profesor a recordar en Geografía e Historia, don Herminio Ramos, quien todavía vive entre nosotros y que entró, con el tiempo, más en mi vida, cuando supe que había hecho la mili con mi padre y, además, había conocido de joven a mi abuelo, Tomás Pachón, el herrero de Villanueva de Campeán, del que me dijo sentir admiración por su bonhomía y su buen hacer profesional con aquellas romanas que medían el peso con gran precisión y de las que conservo un buen ejemplo.
Ya me hubiera gustado contar aquí que tuve un maestro como el de la canción de Patxi Andión, todo un problema para la época por no castigar a los niños con orejones y leerles versos de un tal Machado, pero es lo que había, incluido el hambre del conocimiento.
Eran otros tiempos cuando se acuñó la frase “pasa más hambre que un maestro de escuela”, aunque alguien la viera disparatada y más metafórica que digestiva.
Uno recuerda a su primer maestro, don Felipe, un señor muy mayor que solía dormirse en clase y al que, los alumnos más grandes, adelantaban el reloj para salir antes al recreo. Fue en la escuela que llamábamos de Los Lavaderos, una casa aislada, dividida en dos mitades por aquello de separar los sexos. Tiempos de sabañones en pies y manos y cabras en las piernas, carámbanos en los charcos, leche en polvo y cánticos “cara al sol”. Tras la anécdota del reloj, nada. Si acaso un profesor, en Salamanca, el único que me hizo entender las matemáticas o don Carlos Miñambres y su vocación, en la Escuela de Adultos, cuando me vi obligado, hace unos cuantos años, a sacarme el graduado escolar con no recuerdo qué fin.
Debí tener mala suerte con los maestros o muy mala memoria, pues acude a ella ahora otro profesor en el Claudio Moyano (¿don Belisario puede ser?) que me hizo cosquillas con la literatura, pero al que trasladaron a mitad de curso y me tocó seguir a solas con el deslumbramiento.
De aquella época, otro profesor a recordar en Geografía e Historia, don Herminio Ramos, quien todavía vive entre nosotros y que entró, con el tiempo, más en mi vida, cuando supe que había hecho la mili con mi padre y, además, había conocido de joven a mi abuelo, Tomás Pachón, el herrero de Villanueva de Campeán, del que me dijo sentir admiración por su bonhomía y su buen hacer profesional con aquellas romanas que medían el peso con gran precisión y de las que conservo un buen ejemplo.
Ya me hubiera gustado contar aquí que tuve un maestro como el de la canción de Patxi Andión, todo un problema para la época por no castigar a los niños con orejones y leerles versos de un tal Machado, pero es lo que había, incluido el hambre del conocimiento.


















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