ZAMORANA
El balsámico efecto de escuchar
Le encantaba la primavera, ese renacer a la vida tras la oscuridad del invierno, aunque no tanto los efectos secundarios que provocaba: la melancolía que se instalaba en ella desde que empezaba el día, una indescifrable añoranza que no era capaz de controlar, una turbulencia de sentimientos que la marchitaba por dentro, la laxitud que frenaba sus actos y a veces le impedía hacer incluso las tareas más elementales…
Miraba a través del mirador cómo en la calle la gente se había deshecho de los pesados ropajes para combatir el frio y aparecían los colores cálidos, ligeros y dulces de la primavera; empezaban a verdear los árboles, e incluso sus propias plantas lucían más frondosas y llenas de vida, alimentadas por una luminosidad que las hermoseaba acariciando cada hoja.
Muchas veces, cuando la puerta se cerraba dejando tras de sí un silencio incómodo e incluso doloroso, se instalaba en un vacío cada vez más hondo y su único consuelo era coger el teléfono y marcar el número de su amiga en la otra parte del país; ella siempre estaba ahí para confortar, para escuchar, o para darle incluso una leve reprimenda que la hiciera volver en sí y dejar de lado su pena constante. Habían fraguado una sólida amistad mantenida a través de muchos años, y perpetuada después mediante el teléfono, ya que vivían en lugares distantes; sin embargo, era precisamente la distancia lo que reforzaba esa unión entre aquellas dos mujeres, en apariencia tan diferentes. Habían pasado por distintas vicisitudes que compartieron juntas: la muerte de los padres, varias enfermedades, la marcha de los hijos, problemas en el trabajo… todo aquello que la vida va poniendo por delante, a veces de manera displicente y otras un tanto cruel, pero entonces ellas hablaban sin parar haciendo una terapia telefónica mediante la cual al cabo de horas de charla se sentían más confortadas.
Ninguna de las dos podía confiar en nadie más, ni en hermanas que no las comprendían; ni en los hijos, porque cada uno ya se devanaba entre sus propias vivencias, ni con otros amigos con quienes carecían de la confianza que se había consolidado entre ellas.
El hecho de que ambas tuvieran la discreción suficiente como para guardar a buen recaudo sus mutuos secretos, era uno de los logros más destacados porque sabían que nadie utilizaría su intimidad para ponerla a descubierto, o como moneda de cambio frente a un tercero.
Hay quien anhela una buena situación social, un trabajo que le proporcione un modo de vida holgado… ellas sabían que lo más importante era tener un hombro amigo donde reposar la mente atormentada, llorar de alegría o saberse escuchada, eso no tenía precio y se sabían afortunadas por ello.
Mª Soledad Martín Turiño
Le encantaba la primavera, ese renacer a la vida tras la oscuridad del invierno, aunque no tanto los efectos secundarios que provocaba: la melancolía que se instalaba en ella desde que empezaba el día, una indescifrable añoranza que no era capaz de controlar, una turbulencia de sentimientos que la marchitaba por dentro, la laxitud que frenaba sus actos y a veces le impedía hacer incluso las tareas más elementales…
Miraba a través del mirador cómo en la calle la gente se había deshecho de los pesados ropajes para combatir el frio y aparecían los colores cálidos, ligeros y dulces de la primavera; empezaban a verdear los árboles, e incluso sus propias plantas lucían más frondosas y llenas de vida, alimentadas por una luminosidad que las hermoseaba acariciando cada hoja.
Muchas veces, cuando la puerta se cerraba dejando tras de sí un silencio incómodo e incluso doloroso, se instalaba en un vacío cada vez más hondo y su único consuelo era coger el teléfono y marcar el número de su amiga en la otra parte del país; ella siempre estaba ahí para confortar, para escuchar, o para darle incluso una leve reprimenda que la hiciera volver en sí y dejar de lado su pena constante. Habían fraguado una sólida amistad mantenida a través de muchos años, y perpetuada después mediante el teléfono, ya que vivían en lugares distantes; sin embargo, era precisamente la distancia lo que reforzaba esa unión entre aquellas dos mujeres, en apariencia tan diferentes. Habían pasado por distintas vicisitudes que compartieron juntas: la muerte de los padres, varias enfermedades, la marcha de los hijos, problemas en el trabajo… todo aquello que la vida va poniendo por delante, a veces de manera displicente y otras un tanto cruel, pero entonces ellas hablaban sin parar haciendo una terapia telefónica mediante la cual al cabo de horas de charla se sentían más confortadas.
Ninguna de las dos podía confiar en nadie más, ni en hermanas que no las comprendían; ni en los hijos, porque cada uno ya se devanaba entre sus propias vivencias, ni con otros amigos con quienes carecían de la confianza que se había consolidado entre ellas.
El hecho de que ambas tuvieran la discreción suficiente como para guardar a buen recaudo sus mutuos secretos, era uno de los logros más destacados porque sabían que nadie utilizaría su intimidad para ponerla a descubierto, o como moneda de cambio frente a un tercero.
Hay quien anhela una buena situación social, un trabajo que le proporcione un modo de vida holgado… ellas sabían que lo más importante era tener un hombro amigo donde reposar la mente atormentada, llorar de alegría o saberse escuchada, eso no tenía precio y se sabían afortunadas por ello.
Mª Soledad Martín Turiño















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