REFLEXIONES SOBRE LA PASIÓN
Un Domingo de Ramos cuando Zamora se quede sin niños
Eugenio-Jesús de Ávila
Dicen que dijo el Nazareno aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”. Soy un escéptico intelectual, un Pirrón de Elis, filósofo que acompañó a Alejandro Magno en su viaje por Asía desde Macedonia. Yo recuerdo mi infancia y aquellos Domingos de Ramos en los que se estrenaba ropa de vestir y zapatos para no tropezar, que dejaban de valerte de un año para otro. Cuando niño, ahora que tiro de la memoria y de mi experiencia, las amebas de seres humanos muestran su máximo estado de crueldad hacia el prójimo. Los infantes con ciertos defectos físicos reciben todo tipo de motes, que después, en su etapa de adultos, les marcarán. Decía Rilke que la patria es la infancia. Y comulgo con el poeta alemán.
No creo que miles de niños acompañarán al Galileo en aquella mítica entrada en Jerusalén, más bien gente adulta y sin futuro o con un presente duro, sin resolver. Los niños se dedicarían a jugar, que es lo propio de esos tiernos años. Los pequeños no piensan más que en la diversión, somos seres lúdicos; no reflexionan sobre la vida y, por lo tanto, tampoco sobre la muerte. Uno piensa, cuando adviertes que eres finito, que hay un momento en el que las parcas vendrán a buscarte para llevarte o a la nada o, si tienes fe, al paraíso.
Los niños palmeros, entre el sol y el frío, acompañado de su íntimo Eolo, pasarán un par de horas felices con sus papás y mamás, engalanados para la ocasión, en esta tarde festiva. Estos niños zamoranos del año 2026, los que conocerán el siglo XXII, crecerán en su tierra y, cuando concluyan sus carreras y profesiones, se buscarán el pan allende las fronteras provinciales, más allá de la Zamora del alma. Entonces, dentro de 75 años, quizá la ciudad del alma se habrá convertido en una urbe de ancianos, sin infantes, por ende, sin procesión de Jesús en su Entrada Triunfal en la ciudad pretérita. Una ciudad sin crueldad.
Eugenio-Jesús de Ávila
Dicen que dijo el Nazareno aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”. Soy un escéptico intelectual, un Pirrón de Elis, filósofo que acompañó a Alejandro Magno en su viaje por Asía desde Macedonia. Yo recuerdo mi infancia y aquellos Domingos de Ramos en los que se estrenaba ropa de vestir y zapatos para no tropezar, que dejaban de valerte de un año para otro. Cuando niño, ahora que tiro de la memoria y de mi experiencia, las amebas de seres humanos muestran su máximo estado de crueldad hacia el prójimo. Los infantes con ciertos defectos físicos reciben todo tipo de motes, que después, en su etapa de adultos, les marcarán. Decía Rilke que la patria es la infancia. Y comulgo con el poeta alemán.
No creo que miles de niños acompañarán al Galileo en aquella mítica entrada en Jerusalén, más bien gente adulta y sin futuro o con un presente duro, sin resolver. Los niños se dedicarían a jugar, que es lo propio de esos tiernos años. Los pequeños no piensan más que en la diversión, somos seres lúdicos; no reflexionan sobre la vida y, por lo tanto, tampoco sobre la muerte. Uno piensa, cuando adviertes que eres finito, que hay un momento en el que las parcas vendrán a buscarte para llevarte o a la nada o, si tienes fe, al paraíso.
Los niños palmeros, entre el sol y el frío, acompañado de su íntimo Eolo, pasarán un par de horas felices con sus papás y mamás, engalanados para la ocasión, en esta tarde festiva. Estos niños zamoranos del año 2026, los que conocerán el siglo XXII, crecerán en su tierra y, cuando concluyan sus carreras y profesiones, se buscarán el pan allende las fronteras provinciales, más allá de la Zamora del alma. Entonces, dentro de 75 años, quizá la ciudad del alma se habrá convertido en una urbe de ancianos, sin infantes, por ende, sin procesión de Jesús en su Entrada Triunfal en la ciudad pretérita. Una ciudad sin crueldad.

















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