REFLEXIONES SOBRE LA PASIÓN
Mi Cristo es mi prójimo, el sencillo, el humilde y el maltratado
Eugenio-Jesús de Ávila
Mi Cristo de las Injurias lo hallo, casi todos los días, a la puerta de San Torcuato, un pobre, tullido, que se coloca al sol cuando la helada atraviesa las mañanas azules del gélido invierno. No necesito buscar y rezar al Nazareno moribundo en su capilla de la Catedral. Ni tampoco desfilar en la procesión del Silencio, como hice durante los primeros años de mi vida. Entre los menesterosos encuentro a los hombres que crucificamos en la cruz de la insolidaridad, con los clavos del desprecio; a los que atravesamos con la lanza de la injusticia al alba y al ocaso, escondidos entre la niebla o abrasados al sol del estío.
Todos las semanas, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingo, son santas cuando hay un hombre o una mujer pidiendo, en cualquier esquina de la amoralidad, y depositas en sus manos, encallecidas por la sociedad, el óbolo con el que suturamos una herida en nuestra conciencia.
Todos los 365 días del año los tomaré como santos mientras haya gentes que maltraten a otras gentes en el trabajo, en la familia, en la pareja, en las rúas viejas y en los bulevares jóvenes, en los jardines floridos y en las tierras secas. Todos los días son de Pasión, si un hombre calumnia, insulta y quita la vida a una mujer. Mi Virgen de la Soledad tiene el rostro de todas las féminas asesinadas por el mal enquistado en un cuerpo de varón. Nuestra Madre lleva en su cara el dolor de todas las mujeres que padecieron el menosprecio, el maltrato, los golpes, la violencia de sus maridos, novios, parejas…
A mis cristos los crucifico yo sobre el madero de las injurias, de las calumnias, de las felonías, al que me dio sin pedir, al que olvidé en cualquier rincón del tiempo. Mi Semana Santa ya no trascurre entre túnicas ni caperuces de estameña y terciopelo. Mi Yacente y mi Cristo de las Injurias deberían ser siempre mi prójimo doliente, mancillado, calumniado.
Fotografía: Enrique Onís
Eugenio-Jesús de Ávila
Mi Cristo de las Injurias lo hallo, casi todos los días, a la puerta de San Torcuato, un pobre, tullido, que se coloca al sol cuando la helada atraviesa las mañanas azules del gélido invierno. No necesito buscar y rezar al Nazareno moribundo en su capilla de la Catedral. Ni tampoco desfilar en la procesión del Silencio, como hice durante los primeros años de mi vida. Entre los menesterosos encuentro a los hombres que crucificamos en la cruz de la insolidaridad, con los clavos del desprecio; a los que atravesamos con la lanza de la injusticia al alba y al ocaso, escondidos entre la niebla o abrasados al sol del estío.
Todos las semanas, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingo, son santas cuando hay un hombre o una mujer pidiendo, en cualquier esquina de la amoralidad, y depositas en sus manos, encallecidas por la sociedad, el óbolo con el que suturamos una herida en nuestra conciencia.
Todos los 365 días del año los tomaré como santos mientras haya gentes que maltraten a otras gentes en el trabajo, en la familia, en la pareja, en las rúas viejas y en los bulevares jóvenes, en los jardines floridos y en las tierras secas. Todos los días son de Pasión, si un hombre calumnia, insulta y quita la vida a una mujer. Mi Virgen de la Soledad tiene el rostro de todas las féminas asesinadas por el mal enquistado en un cuerpo de varón. Nuestra Madre lleva en su cara el dolor de todas las mujeres que padecieron el menosprecio, el maltrato, los golpes, la violencia de sus maridos, novios, parejas…
A mis cristos los crucifico yo sobre el madero de las injurias, de las calumnias, de las felonías, al que me dio sin pedir, al que olvidé en cualquier rincón del tiempo. Mi Semana Santa ya no trascurre entre túnicas ni caperuces de estameña y terciopelo. Mi Yacente y mi Cristo de las Injurias deberían ser siempre mi prójimo doliente, mancillado, calumniado.
Fotografía: Enrique Onís
















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