IDA Y VUELTA
Amor diferente
Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo
![[Img #107254]](https://eldiadezamora.es/upload/images/04_2026/8717_1187_laura.jpg)
Hoy 2 de abril se celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, y por este motivo mi hermano Víctor, el único que tengo, me ha pedido que escriba sobre el amor que tiene por su hijo Álvaro, con trastorno autista. ¿Pero cómo hablar de ese amor sin conocer su historia?
Álvaro llegó a este mundo un viernes 5 de abril de 2019, bien tempranito, en lo que fue un día de ilusión, fotos y abrazos. El primer nieto de mis padres. El primer hijo de mi hermano. Álvaro, el primero, el ratoncito.
Recuerdo cómo fue su primer año de bebé, tan manejable y tan fácil echando la vista atrás.
Y llego la pandemia. Le pilló con un añito recién cumplido, lo que supuso la excusa perfecta para lo que en un primer momento parecía ser un leve retraso madurativo en el habla y poco más. Pero las pequeñas diferencias se fueron agrandando con el tiempo.
Cómo olvidar la negación de mi hermano. Cómo olvidar el batacazo, la bofetada, la palabra que nunca quiso escuchar, Cómo olvidar TEA. Cómo olvidar sus lágrimas.
Pero volviendo a mi cometido, ¿cómo describir el amor que siente mi hermano por Álvaro? Cómo describirlo después de observarlo durante 7 años, y qué años.
Cuando tienes un hijo te cambia la vida, es así. Pero cuando tienes un hijo con autismo tu vida se va, te da la espalda, y tienes que aprender a vivir otra existencia que jamás hubieras imaginado, ni mucho menos deseado. Es otra vida, así sin más. Y el aprendizaje es muy difícil, muchísimo. Nadie enseñó a mi hermano a ser padre de un niño autista. Ni a mi cuñada a ser la madre. Nadie enseñó al resto de la familia como se hacía, ni enseñó a mis padres a cómo manejar la situación. Nadie me enseñó a mí a ser la tía de Álvaro. Y tampoco me enseñaron a ser la hermana de mi hermano en ese trance.
Desde la barrera, he visto a mi hermano al límite, aprendiendo desde la frustración, desde los porqués, desde la pena y desde la culpa. Aprendiendo con la inestimable paciencia y ayuda de mi cuñada. Pero, sobre todo, aprendiendo desde el amor. Desde un amor diferente, enorme y todopoderoso. Como un Dios. Un amor que, aunque no lo crea, todo lo puede.
Un amor que puede con las rabietas eternas, con las rutinas inquebrantables, con los chillidos y con los golpes. Un amor resistente, un amor para siempre en todos los sentidos, consciente de la dependencia total hasta el final. Un amor que no se expresa con lenguaje oral. Un amor con medicación, con paciencia. Un amor con cansancio eterno. Un amor que va más allá.
“¡Y es que cuánto se quiere a un hijo!”, me decía mi padre hace bien poco a ton de un libro que comentábamos en el que unos padres perdían a una hija, y del que no diré el titulo para no hacer spoilers… Y es verdad. Solo lo sabemos bien los que somos padres. Ese sufrimiento constante, ese querer lo mejor para nuestro hijo, ese instinto de protección. Ese amor que traspasa todo.
Mi hermano asegura que su amor es diferente. Y seguro que lo es. Porque diferentes somos todos, y todos los amores en realidad. Y todos los padres con niños autistas amarán diferente, al igual que todos los padres amaremos diferente. DIFERENTE Y MUCHO.
Y mi hermano ama tanto a mi sobrino que me pide ayuda para expresarlo. Que le faltan palabras, que necesita más porque el lenguaje se queda corto. Lo quiere tanto que sabe que su amor es diferente. Y es diferente porque Álvaro es diferente y maravilloso por mil motivos. Y, además, también es autista.
![[Img #107254]](https://eldiadezamora.es/upload/images/04_2026/8717_1187_laura.jpg)
Hoy 2 de abril se celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, y por este motivo mi hermano Víctor, el único que tengo, me ha pedido que escriba sobre el amor que tiene por su hijo Álvaro, con trastorno autista. ¿Pero cómo hablar de ese amor sin conocer su historia?
Álvaro llegó a este mundo un viernes 5 de abril de 2019, bien tempranito, en lo que fue un día de ilusión, fotos y abrazos. El primer nieto de mis padres. El primer hijo de mi hermano. Álvaro, el primero, el ratoncito.
Recuerdo cómo fue su primer año de bebé, tan manejable y tan fácil echando la vista atrás.
Y llego la pandemia. Le pilló con un añito recién cumplido, lo que supuso la excusa perfecta para lo que en un primer momento parecía ser un leve retraso madurativo en el habla y poco más. Pero las pequeñas diferencias se fueron agrandando con el tiempo.
Cómo olvidar la negación de mi hermano. Cómo olvidar el batacazo, la bofetada, la palabra que nunca quiso escuchar, Cómo olvidar TEA. Cómo olvidar sus lágrimas.
Pero volviendo a mi cometido, ¿cómo describir el amor que siente mi hermano por Álvaro? Cómo describirlo después de observarlo durante 7 años, y qué años.
Cuando tienes un hijo te cambia la vida, es así. Pero cuando tienes un hijo con autismo tu vida se va, te da la espalda, y tienes que aprender a vivir otra existencia que jamás hubieras imaginado, ni mucho menos deseado. Es otra vida, así sin más. Y el aprendizaje es muy difícil, muchísimo. Nadie enseñó a mi hermano a ser padre de un niño autista. Ni a mi cuñada a ser la madre. Nadie enseñó al resto de la familia como se hacía, ni enseñó a mis padres a cómo manejar la situación. Nadie me enseñó a mí a ser la tía de Álvaro. Y tampoco me enseñaron a ser la hermana de mi hermano en ese trance.
Desde la barrera, he visto a mi hermano al límite, aprendiendo desde la frustración, desde los porqués, desde la pena y desde la culpa. Aprendiendo con la inestimable paciencia y ayuda de mi cuñada. Pero, sobre todo, aprendiendo desde el amor. Desde un amor diferente, enorme y todopoderoso. Como un Dios. Un amor que, aunque no lo crea, todo lo puede.
Un amor que puede con las rabietas eternas, con las rutinas inquebrantables, con los chillidos y con los golpes. Un amor resistente, un amor para siempre en todos los sentidos, consciente de la dependencia total hasta el final. Un amor que no se expresa con lenguaje oral. Un amor con medicación, con paciencia. Un amor con cansancio eterno. Un amor que va más allá.
“¡Y es que cuánto se quiere a un hijo!”, me decía mi padre hace bien poco a ton de un libro que comentábamos en el que unos padres perdían a una hija, y del que no diré el titulo para no hacer spoilers… Y es verdad. Solo lo sabemos bien los que somos padres. Ese sufrimiento constante, ese querer lo mejor para nuestro hijo, ese instinto de protección. Ese amor que traspasa todo.
Mi hermano asegura que su amor es diferente. Y seguro que lo es. Porque diferentes somos todos, y todos los amores en realidad. Y todos los padres con niños autistas amarán diferente, al igual que todos los padres amaremos diferente. DIFERENTE Y MUCHO.
Y mi hermano ama tanto a mi sobrino que me pide ayuda para expresarlo. Que le faltan palabras, que necesita más porque el lenguaje se queda corto. Lo quiere tanto que sabe que su amor es diferente. Y es diferente porque Álvaro es diferente y maravilloso por mil motivos. Y, además, también es autista.
















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