DENUNCIAS
El botellón de siempre: tradición tolerada, imagen descuidada
San Martín vuelve a amanecer entre residuos pese al despliegue de medios, evidenciando que el problema no es solo logístico, sino de civismo.
Como cada año, y como herencia asumida por sucesivas corporaciones, el ya clásico botellón de San Martín volvió a celebrarse durante la madrugada del Jueves Santo al Viernes Santo. Un evento oficioso que, aunque previsible, sigue generando más sombras que luces para la imagen de Zamora en uno de sus momentos más emblemáticos.
En esta ocasión, sí hubo medidas preventivas. Tanto el monumento de Coomonte como la fuente fueron protegidos mediante vallado para evitar daños. Asimismo, se habilitó una batería de servicios: diez cabinas portátiles y seis urinarios, intentando minimizar el impacto en las zonas ajardinadas. Una previsión necesaria, ya que su ausencia habría derivado en una degradación aún mayor del entorno. Sin embargo, la realidad volvió a imponerse. Aunque los servicios de limpieza actuaron con rapidez desde primera hora, el Jardín de San Martín amaneció cubierto de botellas, bolsas y todo tipo de desperdicios. Residuos que, conviene recordarlo, no aparecen solos: son dejados por quienes los consumen y optan por abandonarlos en el mismo lugar.
Más difícil solución tienen los efectos invisibles: los líquidos derramados que se filtran al terreno y deterioran progresivamente el espacio verde. Un daño silencioso que no desaparece con una limpieza superficial. El contexto invita a la reflexión. Entre la procesión del Yacente y la de Jesús Nazareno hay poco más de dos horas. Muchos cofrades y asistentes optan por permanecer en el centro, donde bares y establecimientos continúan abiertos. Pero también hay quienes eligen la alternativa más económica: el botellón, en un espacio amplio, oscuro y cercano al recorrido procesional.
Poco antes de las cinco de la mañana, la estampa era reveladora, una auténtica procesión de jóvenes abandonando el botellón rumbo a la Plaza Mayor, mezclándose con cofrades y espectadores que no querían perderse la salida. Mientras tanto, el jardín quedaba atrás, reducido a un escenario de restos y suciedad. No se trata de demonizar la concentración en sí, habitual en muchas ciudades. El problema radica en el comportamiento incívico de una parte de los asistentes y en la falta de responsabilidad individual. Las papeleras, desbordadas en muchos casos, evidencian también la necesidad de reforzar medios, quizá con la instalación de contenedores adicionales en puntos estratégicos.
Resulta inevitable la comparación: mientras espacios como la Plaza de Viriato, tras actos multitudinarios como el Miserere, presentan un estado ejemplar, el Jardín de San Martín ofrece una imagen muy distinta tras el botellón. La diferencia no está en los medios, sino en la educación. Cabe reconocer el esfuerzo de los servicios de limpieza y de jardines, cuya labor es tan eficaz que, a mediodía, apenas quedan huellas visibles del evento más allá de los olores. Pero esa eficacia no debería servir de excusa para normalizar una situación que se repite año tras año. Porque el problema no es que haya botellón. El problema es cómo se deja el lugar después. Y eso, más que de normativa o de dispositivos, es una cuestión de respeto.
Manuel Herrero Alonso
San Martín vuelve a amanecer entre residuos pese al despliegue de medios, evidenciando que el problema no es solo logístico, sino de civismo.
Como cada año, y como herencia asumida por sucesivas corporaciones, el ya clásico botellón de San Martín volvió a celebrarse durante la madrugada del Jueves Santo al Viernes Santo. Un evento oficioso que, aunque previsible, sigue generando más sombras que luces para la imagen de Zamora en uno de sus momentos más emblemáticos.
En esta ocasión, sí hubo medidas preventivas. Tanto el monumento de Coomonte como la fuente fueron protegidos mediante vallado para evitar daños. Asimismo, se habilitó una batería de servicios: diez cabinas portátiles y seis urinarios, intentando minimizar el impacto en las zonas ajardinadas. Una previsión necesaria, ya que su ausencia habría derivado en una degradación aún mayor del entorno. Sin embargo, la realidad volvió a imponerse. Aunque los servicios de limpieza actuaron con rapidez desde primera hora, el Jardín de San Martín amaneció cubierto de botellas, bolsas y todo tipo de desperdicios. Residuos que, conviene recordarlo, no aparecen solos: son dejados por quienes los consumen y optan por abandonarlos en el mismo lugar.
Más difícil solución tienen los efectos invisibles: los líquidos derramados que se filtran al terreno y deterioran progresivamente el espacio verde. Un daño silencioso que no desaparece con una limpieza superficial. El contexto invita a la reflexión. Entre la procesión del Yacente y la de Jesús Nazareno hay poco más de dos horas. Muchos cofrades y asistentes optan por permanecer en el centro, donde bares y establecimientos continúan abiertos. Pero también hay quienes eligen la alternativa más económica: el botellón, en un espacio amplio, oscuro y cercano al recorrido procesional.
Poco antes de las cinco de la mañana, la estampa era reveladora, una auténtica procesión de jóvenes abandonando el botellón rumbo a la Plaza Mayor, mezclándose con cofrades y espectadores que no querían perderse la salida. Mientras tanto, el jardín quedaba atrás, reducido a un escenario de restos y suciedad. No se trata de demonizar la concentración en sí, habitual en muchas ciudades. El problema radica en el comportamiento incívico de una parte de los asistentes y en la falta de responsabilidad individual. Las papeleras, desbordadas en muchos casos, evidencian también la necesidad de reforzar medios, quizá con la instalación de contenedores adicionales en puntos estratégicos.
Resulta inevitable la comparación: mientras espacios como la Plaza de Viriato, tras actos multitudinarios como el Miserere, presentan un estado ejemplar, el Jardín de San Martín ofrece una imagen muy distinta tras el botellón. La diferencia no está en los medios, sino en la educación. Cabe reconocer el esfuerzo de los servicios de limpieza y de jardines, cuya labor es tan eficaz que, a mediodía, apenas quedan huellas visibles del evento más allá de los olores. Pero esa eficacia no debería servir de excusa para normalizar una situación que se repite año tras año. Porque el problema no es que haya botellón. El problema es cómo se deja el lugar después. Y eso, más que de normativa o de dispositivos, es una cuestión de respeto.
Manuel Herrero Alonso















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