Mª Soledad Martín Turiño
Sábado, 04 de Abril de 2026
ZAMORANA

Soledad y soledades

En esta Semana Santa zamorana, tú, Virgen de la Soledad, eres mi imagen preferida; tenía que ser don Ramón Álvarez quien tallara con sus manos esa perfección sencilla que te caracteriza; nadie pudo ilustrar mejor la mirada baja y el dolor contenido de tu rostro fundidos en una belleza singular, una hermosura limpia, incluso juvenil, que aún hace más patente el sufrimiento. Vestida de luto riguroso, tu dolor es profundo, sin aspavientos, con tus manos enlazadas entre sí, que aumentan ese gesto introspectivo.

 

Tu nombre –que es el mío- representa no solo la ausencia de compañía, también el aislamiento, la indiferencia, el silencio, el pesar, la sensación de pérdida, de no tener a nadie, ni un hombro donde reposar, ni una mano tendida. Comprendo el significado de ese nombre nuestro que, a lo largo de los años, ha variado tanto en mi forma de pensar.

 

Al principio, Soledad me quedaba grande, no comprendía un apelativo tan triste para una niña o una joven que se abría a la vida, porque entonces la vida era bullicio, alegría, gente, ilusión… pero luego fueron pasando los años y empecé a comprender mejor esa losa que creía era mi apelativo, porque la soledad se rebeló en toda su crudeza cuando perdí a mis padres, uno tras otra; cuando noté las primeras punzadas de dolor, cuando sentí el vacío de quienes me rodeaban, cuando no encontraba fuerzas para seguir adelante porque la existencia se me había convertido en un tormento.

 

Entonces, como me habían enseñado en casa desde niña, sin permitirme el abandono o la autocompasión, luché para salir del pozo, me incorporé a la vida y, con un notable esfuerzo de voluntad, dejé atrás esa soledad que tanto me había martirizado, e incluso la tomé por compañera. Ahora me gustaba mi nombre, porque había ganado a pulso que me llamaran Soledad, sin el María que lo precede y sin diminutivos cariñosos; todo eso lo dejé atrás. Era una mujer y me correspondía aquel nombre con el que ya había sellado la paz.

 

Este Viernes Santo, conmemoramos la Soledad, recordando el dolor de la madre por el hijo muerto, y pienso en tantas mujeres que ahora mismo están sufriendo ese mismo calvario porque han perdido a sus hijos, bien por enfermedad, o en una de las muchas guerras que asolan el mundo.

 

Hoy pido en silencio a esa imagen que ayude a paliar tanto dolor, que su ejemplo transforme a esta sociedad decadente que ha dilapidado tantos valores. Te pido, Soledad, que impidas que esa otra “soledad” se instale en las almas de la gente para destruirlas; más bien, aprendamos a hacerla nuestra amiga para convivir en paz con ella, y que el ejemplo de tu dolor nos ayude a soportar los nuestros, como hiciste tú, en silencio y con recogimiento; sin alharacas ni desesperación que a nada conducen.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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