NOTAS DEL PENSAMIENTO
Detonantes que no se tienen claros
José Antonio Ávila López
![[Img #107460]](https://eldiadezamora.es/upload/images/04_2026/3376_4773_5979_7931_2221_9722_3791_7214_7178_4668_4135_5806_6875_9464_157_66_796_7527_7494_4029_5358_389_4159_2973_jose-antonio-avila-lopez.jpg)
Los contendientes enfrentados y el sufrimiento generado y sus consecuencias socioeconómicas no siempre se tiene claro que sean los detonantes de una guerra. “Ojalá lo supiera”, respondió el prusiano Theobald von Bethmann Hollweg, canciller alemán al que le preguntaron el origen de un choque de la dimensión de la Primera Guerra Mundial. Esta frase ha sido reproducida recientemente por el actual presidente del Gobierno español dentro de una amalgama de expresiones grandilocuentes cuando decidió resucitar el slogan del “No a la guerra”, tan práctico como demagógico. Pedro Sánchez sí que conoce lo que provocó nuestro apoyo a los Estados Unidos en 2003, y no sólo lo ocultó, sino que lo transformó descaradamente en una participación militar activa, lo que en la práctica fue sólo un respaldo humanitario. La crisis interna que sufría Marruecos y las críticas a la gestión de Mohamed VI, el apoyo del Gobierno español al plan para solucionar el contencioso del Sáhara Occidental y la cancelación del acuerdo pesquero con el reino alauita, invitó al monarca magrebí a desencadenar un conflicto internacional, vulnerando en julio de 2002 la soberanía española sobre el islote de Perejil. José María Aznar, sin un respaldo claro de sus socios europeos, decidió recuperar el estatus previo del reducto invadido. El éxito de esta acción encolerizó al titular del Palacio Real de Rabat, que recordó la “Marcha verde” con la que su padre forzó el abandono español de la colonia saharaui, y pretendió llevar a cabo una acción semejante asaltando las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. La diplomacia, con Loyola de Palacio, no fue tan fructífera como la intervención del Gabinete de George Bush, que tuvo que desplazar a su Secretario de Estado, Colin Powell, y a la Secretaria de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, para evitar una guerra entre dos de sus aliados al sur de Europa y el Norte de África. A esta intervención le añadimos la intención española de buscar una alternativa al eje franco-alemán imperante en la Unión Europea acercándose al Reino Unido, así como el apoyo yanqui a la lucha contra ETA aumentando la presión financiera sobre los asesinos y su entorno, así como el seguimiento satelital de sus miembros, lo que desencadenó el desmantelamiento de su estructura.
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Los contendientes enfrentados y el sufrimiento generado y sus consecuencias socioeconómicas no siempre se tiene claro que sean los detonantes de una guerra. “Ojalá lo supiera”, respondió el prusiano Theobald von Bethmann Hollweg, canciller alemán al que le preguntaron el origen de un choque de la dimensión de la Primera Guerra Mundial. Esta frase ha sido reproducida recientemente por el actual presidente del Gobierno español dentro de una amalgama de expresiones grandilocuentes cuando decidió resucitar el slogan del “No a la guerra”, tan práctico como demagógico. Pedro Sánchez sí que conoce lo que provocó nuestro apoyo a los Estados Unidos en 2003, y no sólo lo ocultó, sino que lo transformó descaradamente en una participación militar activa, lo que en la práctica fue sólo un respaldo humanitario. La crisis interna que sufría Marruecos y las críticas a la gestión de Mohamed VI, el apoyo del Gobierno español al plan para solucionar el contencioso del Sáhara Occidental y la cancelación del acuerdo pesquero con el reino alauita, invitó al monarca magrebí a desencadenar un conflicto internacional, vulnerando en julio de 2002 la soberanía española sobre el islote de Perejil. José María Aznar, sin un respaldo claro de sus socios europeos, decidió recuperar el estatus previo del reducto invadido. El éxito de esta acción encolerizó al titular del Palacio Real de Rabat, que recordó la “Marcha verde” con la que su padre forzó el abandono español de la colonia saharaui, y pretendió llevar a cabo una acción semejante asaltando las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. La diplomacia, con Loyola de Palacio, no fue tan fructífera como la intervención del Gabinete de George Bush, que tuvo que desplazar a su Secretario de Estado, Colin Powell, y a la Secretaria de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, para evitar una guerra entre dos de sus aliados al sur de Europa y el Norte de África. A esta intervención le añadimos la intención española de buscar una alternativa al eje franco-alemán imperante en la Unión Europea acercándose al Reino Unido, así como el apoyo yanqui a la lucha contra ETA aumentando la presión financiera sobre los asesinos y su entorno, así como el seguimiento satelital de sus miembros, lo que desencadenó el desmantelamiento de su estructura.

















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