ZAMORANA
El lago de los cisnes
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir al ballet “El lago de los cisnes”; confieso que desde el minuto uno me atrapó el decorado, la música, el silencio que reinaba en el teatro y, sobre todo, la actuación de unos bailarines de excepción. Por momentos tuve la sensación de que tanta belleza me elevaba, cada escena era recreada magistralmente, la primera bailarina ejecutaba sus piruetas y giros con una impecable perfección, y el resto de la compañía no iba a la zaga porque, cada uno en la interpretación de su personaje, se mostraba al más alto nivel.
En el entreacto me sorprendí sonriendo de felicidad, porque lo que se desarrollaba en aquel escenario era pura poesía; creo que a mucha gente le ocurrió lo mismo, miraba sus caras y comprobaba que estaban impactados por tan admirable espectáculo, deseosos todos de que se reanudara para seguir gozando con tanta belleza.
Reconozco que, una vez terminada la función, estaba pletórica de felicidad, hacía mucho tiempo que una representación, ya sea cinematográfica o teatral, no henchía mi alma de un gozo tan profuso, y reconozco que durante varios días seguí recreándome mentalmente con cada escena que permanecía nítida en mi retina como si acabara de visualizarla.
A veces estas pequeñas cosas nos reconcilian con nosotros mismos, echan fuera los malos pensamientos, las pequeñas inquinas, el abatimiento o la rutina y limpian la mente; sobre todo esos recovecos oscuros donde se asienta la animosidad y los pensamientos perversos, que va creciendo a menos que se arranque de cuajo como la maleza que, si no se corta a tiempo, amenaza con fagocitar el jardín más hermoso.
Al finalizar, fuimos a felicitar a los bailarines que, agotados, recibían a los espectadores siempre con una sonrisa. Ignoro si eran conscientes de la felicidad que regalaban al público con su actuación o si, por el contrario, para ellos era un trabajo, una función tras otra, hoy en Madrid, mañana en cualquier otra ciudad; en todo caso, lo que estaba claro es que la perfección que habían alcanzado era fruto de horas de trabajo continuo, de privaciones y mucho esfuerzo; cosa que se notaba cuando estaban en el escenario.
Supongo que, una vez se vaciara el teatro y los espectadores se fueran, ellos desmaquillarían sus rostros, cambiarían su atuendo y, en la calle, serían personas aparentemente corrientes, como cualquiera de nosotros. No obstante, espero que en su interior sientan el orgullo de dar vida a la obra musicada por el gran Chaikovski que enseguida atrapa al espectador y regala un espectáculo de increíble magia, belleza y perfección.
Mª Soledad Martín Turiño
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir al ballet “El lago de los cisnes”; confieso que desde el minuto uno me atrapó el decorado, la música, el silencio que reinaba en el teatro y, sobre todo, la actuación de unos bailarines de excepción. Por momentos tuve la sensación de que tanta belleza me elevaba, cada escena era recreada magistralmente, la primera bailarina ejecutaba sus piruetas y giros con una impecable perfección, y el resto de la compañía no iba a la zaga porque, cada uno en la interpretación de su personaje, se mostraba al más alto nivel.
En el entreacto me sorprendí sonriendo de felicidad, porque lo que se desarrollaba en aquel escenario era pura poesía; creo que a mucha gente le ocurrió lo mismo, miraba sus caras y comprobaba que estaban impactados por tan admirable espectáculo, deseosos todos de que se reanudara para seguir gozando con tanta belleza.
Reconozco que, una vez terminada la función, estaba pletórica de felicidad, hacía mucho tiempo que una representación, ya sea cinematográfica o teatral, no henchía mi alma de un gozo tan profuso, y reconozco que durante varios días seguí recreándome mentalmente con cada escena que permanecía nítida en mi retina como si acabara de visualizarla.
A veces estas pequeñas cosas nos reconcilian con nosotros mismos, echan fuera los malos pensamientos, las pequeñas inquinas, el abatimiento o la rutina y limpian la mente; sobre todo esos recovecos oscuros donde se asienta la animosidad y los pensamientos perversos, que va creciendo a menos que se arranque de cuajo como la maleza que, si no se corta a tiempo, amenaza con fagocitar el jardín más hermoso.
Al finalizar, fuimos a felicitar a los bailarines que, agotados, recibían a los espectadores siempre con una sonrisa. Ignoro si eran conscientes de la felicidad que regalaban al público con su actuación o si, por el contrario, para ellos era un trabajo, una función tras otra, hoy en Madrid, mañana en cualquier otra ciudad; en todo caso, lo que estaba claro es que la perfección que habían alcanzado era fruto de horas de trabajo continuo, de privaciones y mucho esfuerzo; cosa que se notaba cuando estaban en el escenario.
Supongo que, una vez se vaciara el teatro y los espectadores se fueran, ellos desmaquillarían sus rostros, cambiarían su atuendo y, en la calle, serían personas aparentemente corrientes, como cualquiera de nosotros. No obstante, espero que en su interior sientan el orgullo de dar vida a la obra musicada por el gran Chaikovski que enseguida atrapa al espectador y regala un espectáculo de increíble magia, belleza y perfección.
Mª Soledad Martín Turiño


















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