Mª Soledad Martín Turiño
Jueves, 16 de Abril de 2026
ZAMORANA

Sensibilidad selectiva

Mª Soledad Martín Turiño

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La RAE define la palabra sensibilidad como: “propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura”; y a este respecto no dejan de sorprenderme a diario actitudes de personas que, superadas por su inflado ego, son capaces de proferir hacia el adversario insultos, ultrajes, mofas y gestos chulescos (lo vemos a diario en el Congreso), pero luego ponen cara de ángel y se apaciguan con una frase blanda cuya autoría asumen sin cuestionamiento alguno: ¡No a la guerra!, como si alguien estuviera a favor (sigo refiriéndome a lo que ocurrió en el Parlamento).

 

Sin embargo, esta sensibilidad ambivalente en una misma persona resulta habitual, no solo en la política, sino en la vida doméstica, en los actos cotidianos que podemos presenciar a diario: desde aquel que grita desaforado y acaba dando un cachete al niño rebelde para, acto seguido hacer timoratas cucamonas al bebé de la amiga que se encuentra; hasta aquella otra que, comiendo a dos carrillos contempla en las imágenes del telediario a toda una población peleando por un cacillo de sopa y exclama un: ¡pobrecillos!, para seguir deglutiendo sin piedad; o aquel que es capaz de observar en otro si tiene mala cara, cuando alguien más cercano está pasando por un calvario reflejado en su rostro sin querer advertirlo.

 

Esta sensibilidad selectiva, muy común en determinadas personas, por lo general, va ligada a una dicotomía en la que el sujeto suele perderse por aquello de quedar bien en un determinado contexto o lugar; en el fondo son personas que no sienten lo que dicen, pero lo hacen por saberse escuchados y con aparente interés por su interlocutor.

 

Decía con gran acierto la reina Cristina de Suecia que “somos más sensibles a los males que aquejan este mundo que a los bienes que lo adornan.”; con esta cita quiero referirme a un ejemplo, algo que a menudo sucede en este mundo convulso, donde diariamente mueren cientos de personas como consecuencia de diferentes conflictos bélicos y esta realidad se ha instalado de tal manera en nuestra conciencia, que ya casi nos ha insensibilizado. Paradójicamente, solo cuando aparecen imágenes reflejando la crudeza de bombardeos, terror y muerte, somos conscientes de lo espantoso de ese otro escenario que nos queda lejos.

 

Otro tanto ocurre con la belleza que nos rodea, está ahí y muchas veces pasamos por la vida sin verla y, centrados en nuestros propios asuntos, miramos sin reparar ni disfrutar de las bondades que podrían alegrarnos el alma. Éste es el tipo de sensibilidad que habría que aplicar más a menudo, para gozar con el atractivo de las cosas sencillas, el buen comportamiento de la gente y la disposición de no fantasear con lo políticamente correcto, que a nada conduce.

 

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