REFLEXIONES
La vida de un jubilado o cómo jugar con el tiempo
Eugenio-Jesús de Ávila
A cierta edad, cuando asumí que solo éramos tiempo, nuestro único patrimonio, que adquieren el capital o el Estado, consideré que quería ser millonario. Pero ni tuve talento empresarial, de hecho me he jubilado cuando mi negocio me procuraba más dividendos, ni tampoco goce de fortuna en las loterías.
No ambicioné tener capital para adquirir patrimonio, grandes mansiones, coches de lujo, heteras bien pagadas, sino para…comprar mi tiempo, cada segundo de mi vida; ocuparlo como me diese la real gana: con una dama, la mejor manera de distraer a las parcas; escribiendo poemas con metáforas que ningún filólogo descubriese; viajando de norte a sur, del verano al invierno, del hemisferio boreal al austral o, como versificó Manuel Machado en su irónico poema Adelfos: “Mi idea es tenderme sin ilusión ninguna…de cuando en cuando un beso y un nombre de mujer”. Confieso que esa dama me transformaría la vida...pero.
Hablo del tiempo hoy, en el calor de la noche, porque esto de ser jubilado, siempre que la pensión te lo permite, es algo parecido a ser el millonario que ambicionaba, porque soy dueño de mi tiempo, de casa segundo de mi vida, aunque no me quede mucha por disfrutar.
Sigo escribiendo, mal, como siempre, y soñando despierto. Juego con la memoria, que es una lacaya de Cronos, para recordar las escenas más hermosas de mi vida, todas protagonizadas por damas inteligentes y bellas, porque, para enamorarse de mí hay que ser fémina de talento, dama elegante y perfumada.
Y me convencí a mí mismo que me bañaría en la playa de las palabras, donde las olas van y viene y te dejan sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos y alguna que otra tilde. Si la marea de la sintaxis lo permite, alcanzarás el éxtasis. Así es la vida de un jubilado que sí sabe cómo jugar con el tiempo. Hasta que las parcas me seduzcan. Cloto, Láquesis y Átropos son tan caprichosas.
Eugenio-Jesús de Ávila
A cierta edad, cuando asumí que solo éramos tiempo, nuestro único patrimonio, que adquieren el capital o el Estado, consideré que quería ser millonario. Pero ni tuve talento empresarial, de hecho me he jubilado cuando mi negocio me procuraba más dividendos, ni tampoco goce de fortuna en las loterías.
No ambicioné tener capital para adquirir patrimonio, grandes mansiones, coches de lujo, heteras bien pagadas, sino para…comprar mi tiempo, cada segundo de mi vida; ocuparlo como me diese la real gana: con una dama, la mejor manera de distraer a las parcas; escribiendo poemas con metáforas que ningún filólogo descubriese; viajando de norte a sur, del verano al invierno, del hemisferio boreal al austral o, como versificó Manuel Machado en su irónico poema Adelfos: “Mi idea es tenderme sin ilusión ninguna…de cuando en cuando un beso y un nombre de mujer”. Confieso que esa dama me transformaría la vida...pero.
Hablo del tiempo hoy, en el calor de la noche, porque esto de ser jubilado, siempre que la pensión te lo permite, es algo parecido a ser el millonario que ambicionaba, porque soy dueño de mi tiempo, de casa segundo de mi vida, aunque no me quede mucha por disfrutar.
Sigo escribiendo, mal, como siempre, y soñando despierto. Juego con la memoria, que es una lacaya de Cronos, para recordar las escenas más hermosas de mi vida, todas protagonizadas por damas inteligentes y bellas, porque, para enamorarse de mí hay que ser fémina de talento, dama elegante y perfumada.
Y me convencí a mí mismo que me bañaría en la playa de las palabras, donde las olas van y viene y te dejan sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos y alguna que otra tilde. Si la marea de la sintaxis lo permite, alcanzarás el éxtasis. Así es la vida de un jubilado que sí sabe cómo jugar con el tiempo. Hasta que las parcas me seduzcan. Cloto, Láquesis y Átropos son tan caprichosas.
















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