Mª Soledad Martín Turiño
Sábado, 25 de Abril de 2026
ZAMORANA

Confidencias al descubierto

[Img #107910]Con una habilidad  casi sibilina le arrancó una confidencia, algo que tenía a buen recaudo en su corazón y nunca pretendió dar a conocer a nadie; quizá fue el momento, quizá fue la debilidad emocional que le superaba, puede que fuera incluso la soledad que se instalaba en él cada vez que sabía que su familia no iba a acompañarle en días señalados; lo cierto es que sin querer, casi sin darse cuenta, reconoció a su amigo mientras tomaban un café aquello que le dolía en el alma, en todo su ser y desde entonces, tal vez con la mejor intención por parte del otro, sin sintió reo de aquella confesión como si tuviera que dar más explicaciones y tenía la sensación de que sentía lástima por él, cuando tanto se había esforzado en aparentar lo contrario, en ser fuerte, en tener esa doble cara para que nadie notara el dolor que llevaba a cuestas. Pensó que la única manera de mantener oculto un secreto era no confesarlo jamás, pero ya era tarde.

 

La culpa fue solo suya, había cedido al abatimiento y como consecuencia desnudó su alma de lo que había sido su secreto, porque, en el fondo, se sentía ultrajado por aquellos hijos a los que tanto había dado, por quien tanto se había desvivido para darles una vida mejor, que se olvidaran de él con tan cruda facilidad. Desde que vivía en el asilo (ellos lo llamaban eufemísticamente “residencia”), consideraron que ya estaba atendido y sus visitas eran innecesarias; las espaciaron cada vez más hasta que solo de vez en cuando aparecía alguno de sus tres vástagos un momento para ver cómo estaba y luego continuaba su camino.

 

En aquellos breves encuentros todo era artificial, se comentaban trivialidades, nada que llegara al alma; no hablaban de cómo les iba la vida, si tenían problemas, si eran felices y tampoco le preguntaban si le cuidaban bien, si había hecho amigos o si tomaba la medicación que le habían prescrito. Eran momentos un tanto incómodos, incluso algunas veces observaba a algún hijo mirando de reojo la hora en el reloj o el móvil para dar por concluido el tiempo asignado a su padre y luego, cuando se marchaban, él regresaba a aquella vida vacía que a nadie le importaba, incluso casi ni a él mismo.

 

Por fortuna tenía un par de amigos que le visitaban o quedaban fuera de allí, en alguna cafetería para tomar algo y pasar la tarde, o para caminar por el sendero junto al río; de ese modo, juntos espantaban sus mutuas soledades; pero aquellos momentos eran impagables porque se olvidaba de su solitaria cotidianidad. Un día decidió contar abiertamente aquel secreto que solo había desvelado a uno de ellos. Habló tranquilamente de lo que sentía, de la ingratitud, del dolor y de la soledad y entonces, aquel buen hombre que acompañaba su paseo, le comprendió porque padecía la misma situación.

 

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