ZAMORANA
El legado
Cierto que las conductas pasadas no pueden cambiarse, pero siempre se está a tiempo de enmendar los errores, de una caricia, de mostrar la ternura que entonces fue suplida por rencor, amargura o gestos agrios. Aún queda tiempo antes de que vengan a buscarnos las parcas para el viaje final, de cerrar temas pendientes, de reencontrarse con aquellos amigos que parecían perdidos, de retomar esa conversación que acabó estrepitosamente porque faltaron los buenos modales para encauzarla adecuadamente, incluso de hacer aquel viaje soñado o satisfacer los caprichos que nunca nos concedimos.
Desde esa situación de cercanía a un final, cuando ya hemos dado casi todas las respuestas a muchas de las preguntas que nos acechaban, y solo queda poner el alma en paz y dejar a los nuestros un buen recuerdo, este es precisamente el momento de reflexionar sobre aquellos actos reprochables que tuvimos una vez y que provocaron consecuencias funestas que nunca hallaron perdón; cosa importante para que el alma encuentre su reposo.
Conozco a alguien a quien han diagnosticado esa enfermedad terrible cada vez más común llamada cáncer; conoce sus expectativas y aún así se abandona a un soporífero letargo en donde no hay cabida para hablar, ni para escuchar, ni para disfrutar de los días que le restan todavía. Esta actitud, tras el lógico shock inicial, no deja de ser un tanto egoísta hacia los demás que también están sufriendo y apoyándole en su dolor; por ellos es preciso hablar, poner los asuntos al día, preocuparse de la situación en que van a quedar y no solo los crematísticos, sino también los más importantes: los sentimentales, aquellos que afectan a las emociones, a los afectos.
Siempre he pensado que, aunque la muerte nos iguala a todos (“omnia mors aequat”), y dado que la mayoría de nosotros no pasaremos a la historia por haber protagonizado grandes hazañas, y nuestro recuerdo acabará en no más allá de dos o tres generaciones de los más allegados; sin embargo, considero importante haber hecho algo concreto por lo que ser recordados; es decir, alejarnos de lo común para distinguir la vida por algún acto notable que perdure cuando ya no estemos en este mundo; escritores, pintores, escultores, políticos…pasarán a la historia sin perderse en el olvido; pero también aquellos que, en una esfera más cotidiana y menos general, lograron sobresalir con sus actividades.
Cierto que al final todos seremos polvo pero, al menos para nuestros seres queridos, que nos recuerden con un punto de admiración porque supimos sobresalir de la normalidad y hacernos un hueco en esa otra esfera que nos hizo, al menos durante un tiempo, merecedores de su admiración.
Mª Soledad Martín Turiño
Cierto que las conductas pasadas no pueden cambiarse, pero siempre se está a tiempo de enmendar los errores, de una caricia, de mostrar la ternura que entonces fue suplida por rencor, amargura o gestos agrios. Aún queda tiempo antes de que vengan a buscarnos las parcas para el viaje final, de cerrar temas pendientes, de reencontrarse con aquellos amigos que parecían perdidos, de retomar esa conversación que acabó estrepitosamente porque faltaron los buenos modales para encauzarla adecuadamente, incluso de hacer aquel viaje soñado o satisfacer los caprichos que nunca nos concedimos.
Desde esa situación de cercanía a un final, cuando ya hemos dado casi todas las respuestas a muchas de las preguntas que nos acechaban, y solo queda poner el alma en paz y dejar a los nuestros un buen recuerdo, este es precisamente el momento de reflexionar sobre aquellos actos reprochables que tuvimos una vez y que provocaron consecuencias funestas que nunca hallaron perdón; cosa importante para que el alma encuentre su reposo.
Conozco a alguien a quien han diagnosticado esa enfermedad terrible cada vez más común llamada cáncer; conoce sus expectativas y aún así se abandona a un soporífero letargo en donde no hay cabida para hablar, ni para escuchar, ni para disfrutar de los días que le restan todavía. Esta actitud, tras el lógico shock inicial, no deja de ser un tanto egoísta hacia los demás que también están sufriendo y apoyándole en su dolor; por ellos es preciso hablar, poner los asuntos al día, preocuparse de la situación en que van a quedar y no solo los crematísticos, sino también los más importantes: los sentimentales, aquellos que afectan a las emociones, a los afectos.
Siempre he pensado que, aunque la muerte nos iguala a todos (“omnia mors aequat”), y dado que la mayoría de nosotros no pasaremos a la historia por haber protagonizado grandes hazañas, y nuestro recuerdo acabará en no más allá de dos o tres generaciones de los más allegados; sin embargo, considero importante haber hecho algo concreto por lo que ser recordados; es decir, alejarnos de lo común para distinguir la vida por algún acto notable que perdure cuando ya no estemos en este mundo; escritores, pintores, escultores, políticos…pasarán a la historia sin perderse en el olvido; pero también aquellos que, en una esfera más cotidiana y menos general, lograron sobresalir con sus actividades.
Cierto que al final todos seremos polvo pero, al menos para nuestros seres queridos, que nos recuerden con un punto de admiración porque supimos sobresalir de la normalidad y hacernos un hueco en esa otra esfera que nos hizo, al menos durante un tiempo, merecedores de su admiración.
Mª Soledad Martín Turiño
















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