DENUNCIA
La fuente de Santo Tomé, o cómo La Horta sigue esperando su turno
Mientras el Ayuntamiento de Zamora anuncia y ejecuta la renovación de fuentes en los barrios céntricos de siempre, la plaza de Santo Tomé exhibe, semana tras semana, una fuente en estado de abandono que nadie parece ver
El Ayuntamiento de Zamora nos tiene acostumbrados a una cierta liturgia. Cada cierto tiempo llega el comunicado anunciando actuaciones en fuentes y espacios públicos, con palabras como "embellecimiento", "modernización" o "iluminación programable". Así, la fuente de San Ildefonso fue restaurada; en el paseo de San Martín, donde hay dos fuentes, la de los Remedios ya está operativa y la otra acaba de ser adjudicada para una renovación integral con nuevos chorros e iluminación LED programable; y el Estanque de la Marina tiene también su proyecto en marcha. El patrón es siempre el mismo: las fuentes beneficiadas están en los itinerarios del turista, en los paseos frecuentados, en los barrios que cuentan. Ninguna está en La Horta.
Y sin embargo, en la plaza de Santo Tomé —Tomás, en castellano— existe una fuente. O algo que fue una fuente y que hoy es, sobre todo, un testimonio del olvido. De dimensiones modestas —lo que la haría candidata ideal para una intervención rápida y barata—, lleva semanas con el pilón seco, sin criterio ni calendario que explique cuándo corre el agua y cuándo no. El estado del conjunto es pésimo: el surtidor con su anillo metálico presenta una oxidación avanzada por años de exposición al agua y al aire sin mantenimiento, y lo más llamativo es que está completamente suelto, sin anclaje de ningún tipo. La iluminación, si es que alguna vez existió, desapareció sin dejar rastro.
La plaza de Santo Tomé no es un rincón de la periferia: es casco antiguo, es patrimonio, es un espacio con notable afluencia turística. Que el consistorio no encuentre voluntad para reparar esta fuente, cuya intervención costaría una fracción de lo que acaba de destinar a renovar una sola de las del paseo de San Martín, dice mucho sobre cómo se distribuye la atención municipal.
Porque La Horta es el barrio que Zamora prefiere no ver demasiado de cerca. Casco histórico en los papeles, barrio humilde en la práctica, sus vecinos acumulan carencias que en otras zonas habrían generado ya planes de mejora y ruedas de prensa. Aquí las cosas se deterioran y nadie las repone.
La fuente de Santo Tomé no pide un milagro. Pide lo mismo que han recibido otras: que alguien la mire, que alguien la ancle, que alguien le devuelva el agua. Y ya puestos, que alguien se fije también en el jardín junto a la iglesia, cuya vegetación ha alcanzado tal exuberancia que un rebaño de ovejas encontraría allí pasto para una buena temporada. Aunque quizá eso figure ya en algún plan municipal bajo el epígrafe de "gestión sostenible del verde urbano".

El Ayuntamiento de Zamora nos tiene acostumbrados a una cierta liturgia. Cada cierto tiempo llega el comunicado anunciando actuaciones en fuentes y espacios públicos, con palabras como "embellecimiento", "modernización" o "iluminación programable". Así, la fuente de San Ildefonso fue restaurada; en el paseo de San Martín, donde hay dos fuentes, la de los Remedios ya está operativa y la otra acaba de ser adjudicada para una renovación integral con nuevos chorros e iluminación LED programable; y el Estanque de la Marina tiene también su proyecto en marcha. El patrón es siempre el mismo: las fuentes beneficiadas están en los itinerarios del turista, en los paseos frecuentados, en los barrios que cuentan. Ninguna está en La Horta.
Y sin embargo, en la plaza de Santo Tomé —Tomás, en castellano— existe una fuente. O algo que fue una fuente y que hoy es, sobre todo, un testimonio del olvido. De dimensiones modestas —lo que la haría candidata ideal para una intervención rápida y barata—, lleva semanas con el pilón seco, sin criterio ni calendario que explique cuándo corre el agua y cuándo no. El estado del conjunto es pésimo: el surtidor con su anillo metálico presenta una oxidación avanzada por años de exposición al agua y al aire sin mantenimiento, y lo más llamativo es que está completamente suelto, sin anclaje de ningún tipo. La iluminación, si es que alguna vez existió, desapareció sin dejar rastro.
La plaza de Santo Tomé no es un rincón de la periferia: es casco antiguo, es patrimonio, es un espacio con notable afluencia turística. Que el consistorio no encuentre voluntad para reparar esta fuente, cuya intervención costaría una fracción de lo que acaba de destinar a renovar una sola de las del paseo de San Martín, dice mucho sobre cómo se distribuye la atención municipal.
Porque La Horta es el barrio que Zamora prefiere no ver demasiado de cerca. Casco histórico en los papeles, barrio humilde en la práctica, sus vecinos acumulan carencias que en otras zonas habrían generado ya planes de mejora y ruedas de prensa. Aquí las cosas se deterioran y nadie las repone.
La fuente de Santo Tomé no pide un milagro. Pide lo mismo que han recibido otras: que alguien la mire, que alguien la ancle, que alguien le devuelva el agua. Y ya puestos, que alguien se fije también en el jardín junto a la iglesia, cuya vegetación ha alcanzado tal exuberancia que un rebaño de ovejas encontraría allí pasto para una buena temporada. Aunque quizá eso figure ya en algún plan municipal bajo el epígrafe de "gestión sostenible del verde urbano".
















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