EL BECARIO TARDÍO
Las guerras y la ONU
Esteban Pedrosa
Cuando se inicia una guerra -a poco que nos interesemos o nos fijemos en el conflicto- aprendemos geografía. De la misma manera, y siempre teniendo en cuenta tanto al país beligerante como al invadido, sabremos de las materias primas que duermen en el subsuelo de este y causa principal -casi nunca falla- para que aquel decida invadirlo, mas siempre negando la evidencia, a la que se esconde bajo los eufemismos de la democracia y la libertad, que son palabras que quedan muy bien y con las que se nos llena la boca al pronunciarlas, pero que, en la realidad, lo que menos importa al invasor es si los integrantes del pueblo asaltado las gozan o no.
Ahora es muy fácil tirar de Trump, Putin y Netalyahu -que serían unos grandes villanos de cómic- por aquello de que están en el candelero por sus ataques a otros países, vecinos o no, pero la historia está plagada de personajes similares -muy extenso para enumerar aquí- que, incluso, han pasado como grandes hombres o estadistas a la historia.
Y el caso es que estas “razones de Estado” para iniciarlas no son nada nuevas y vienen dándose desde tiempos inmemoriales, lo que ocurre es que, antaño, no se andaban por las ramas de la diplomacia y se invadía por la razón de la fuerza, como mero afán de ambición expansionista y a los que hoy conocemos como bárbaros.
Fue entonces cuando llegó la ONU, una organización torticera, que puso orden y cada cosa en su sitio, que es lo mismo que decir que dando cobertura legal para que los grandes –y a los que hoy conocemos como civilizados- se sigan comiendo al chico, en base a unas resoluciones que unos tienen que cumplir a rajatabla y otros, según cómo y de qué manera, hasta llegar a un estado de delirio en el que se ha instalado a esas siglas internacionales, cual burdel en el que algunos pagan y a otros les sale gratis el orgasmo de poder masacrar sin castigo.
Cuando se inicia una guerra -a poco que nos interesemos o nos fijemos en el conflicto- aprendemos geografía. De la misma manera, y siempre teniendo en cuenta tanto al país beligerante como al invadido, sabremos de las materias primas que duermen en el subsuelo de este y causa principal -casi nunca falla- para que aquel decida invadirlo, mas siempre negando la evidencia, a la que se esconde bajo los eufemismos de la democracia y la libertad, que son palabras que quedan muy bien y con las que se nos llena la boca al pronunciarlas, pero que, en la realidad, lo que menos importa al invasor es si los integrantes del pueblo asaltado las gozan o no.
Ahora es muy fácil tirar de Trump, Putin y Netalyahu -que serían unos grandes villanos de cómic- por aquello de que están en el candelero por sus ataques a otros países, vecinos o no, pero la historia está plagada de personajes similares -muy extenso para enumerar aquí- que, incluso, han pasado como grandes hombres o estadistas a la historia.
Y el caso es que estas “razones de Estado” para iniciarlas no son nada nuevas y vienen dándose desde tiempos inmemoriales, lo que ocurre es que, antaño, no se andaban por las ramas de la diplomacia y se invadía por la razón de la fuerza, como mero afán de ambición expansionista y a los que hoy conocemos como bárbaros.
Fue entonces cuando llegó la ONU, una organización torticera, que puso orden y cada cosa en su sitio, que es lo mismo que decir que dando cobertura legal para que los grandes –y a los que hoy conocemos como civilizados- se sigan comiendo al chico, en base a unas resoluciones que unos tienen que cumplir a rajatabla y otros, según cómo y de qué manera, hasta llegar a un estado de delirio en el que se ha instalado a esas siglas internacionales, cual burdel en el que algunos pagan y a otros les sale gratis el orgasmo de poder masacrar sin castigo.



















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