REFLEXIONES ANACRÓNICAS
Los mejores años de mi vida
Eugenio-Jesús de Ávila
Somos tiempo. Y no comprendemos cuál es su fórmula magistral. Sé que Cronos, a medida que he ido cumpliendo años, aceleró el motor de mi vida, embragó y cambió de marcha. Ahora, cuando tengo más pasado que futuro, siempre tan etéreo, siento que mi reloj interior adquirió una nueva velocidad. Así cada día son 48 horas, cada mes, tres, y cada año cumplo dos.
Recuerdo que mi primer año de Bachillerato me resultó eterno. El segundo, también, pero el tercero pasó más deprisa, y el Bachiller Superior, un suspiro. La Universidad me pilló creciendo y amando. Y, cuando cambia tu cuerpo y te mueres de amor entre versos y estrofas, el tiempo parece detenerse, como si Cronos se recrease en caricias, besos y cópulas.
El Día de Zamora cumplirá 16 años el próximo 6 de junio. Entre abril y mayo de 2010, constituí este medio de comunicación, invertí en sus infraestructuras, contraté periodistas, técnicos y comerciales y mi barquito de papel comenzó a navegar tras ser botado en plena primavera. Junto a mí, formaron parte del pasaje, hombres y mujeres excepcionales. Algunos cruzaron la Laguna Estigia. Otros caballeros y bellas señoritas abandonaron la travesía cuando decidí quedarme en puerto. Inolvidables.
Todavía mi memoria habla con mis recuerdos de aquella aventura periodística. En marzo, se cumplió mi tercer año de jubilación. Me bajé de esta nave de papel y tinta, aunque mantengo cierta relación con su actual tripulación.
Cantaba Carlos Gardel que veinte años no son nada. Quizá. Por lo tanto, 16 años, menos que nada. Pero entonces soñaba, amaba y, por tanto, vivía. A no tardar, intentaré pactar con la belleza para detener el tiempo, ese corcel desbocado que huye del pretérito perdido. Me temo que ya he vivido los mejores años de mi vida.
Eugenio-Jesús de Ávila
Somos tiempo. Y no comprendemos cuál es su fórmula magistral. Sé que Cronos, a medida que he ido cumpliendo años, aceleró el motor de mi vida, embragó y cambió de marcha. Ahora, cuando tengo más pasado que futuro, siempre tan etéreo, siento que mi reloj interior adquirió una nueva velocidad. Así cada día son 48 horas, cada mes, tres, y cada año cumplo dos.
Recuerdo que mi primer año de Bachillerato me resultó eterno. El segundo, también, pero el tercero pasó más deprisa, y el Bachiller Superior, un suspiro. La Universidad me pilló creciendo y amando. Y, cuando cambia tu cuerpo y te mueres de amor entre versos y estrofas, el tiempo parece detenerse, como si Cronos se recrease en caricias, besos y cópulas.
El Día de Zamora cumplirá 16 años el próximo 6 de junio. Entre abril y mayo de 2010, constituí este medio de comunicación, invertí en sus infraestructuras, contraté periodistas, técnicos y comerciales y mi barquito de papel comenzó a navegar tras ser botado en plena primavera. Junto a mí, formaron parte del pasaje, hombres y mujeres excepcionales. Algunos cruzaron la Laguna Estigia. Otros caballeros y bellas señoritas abandonaron la travesía cuando decidí quedarme en puerto. Inolvidables.
Todavía mi memoria habla con mis recuerdos de aquella aventura periodística. En marzo, se cumplió mi tercer año de jubilación. Me bajé de esta nave de papel y tinta, aunque mantengo cierta relación con su actual tripulación.
Cantaba Carlos Gardel que veinte años no son nada. Quizá. Por lo tanto, 16 años, menos que nada. Pero entonces soñaba, amaba y, por tanto, vivía. A no tardar, intentaré pactar con la belleza para detener el tiempo, ese corcel desbocado que huye del pretérito perdido. Me temo que ya he vivido los mejores años de mi vida.
















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