REFLEXIONES ANACRÓNICAS
¿Qué puedo esperar de la vida ya?
Eugenio-Jesús de Ávila
No me queda nada por hacer ya. Anoche, cuando la madrugada todavía calzaba patucos y agitaba el sonajero, me dio por debatir conmigo mismo. Y me formulé una pregunta que pudiera parecer baladí: ¿Qué puedo esperar de la vida? ¿Qué prerrogativas anhelan de mí amigos, mujeres, sociedad? Lo he hecho todo, bien o mal, del derecho y del revés. Yo soy doctor en mis defectos. Las gentes que me conocen, licenciados en mis virtudes y carencias.
Ahora, siempre quizá, no necesito grandes lujos para vivir. Carecí de ambiciones económicas. Pequé de un exceso por respirar la cultura de la belleza. Solo compro libros que me enseñen y ropa que cubra mi decadencia física. Solo temo al dolor que pudiera anticipar la visita de las parcas. No me considero un fracasado, tampoco un hombre de éxito. Amé. No sé si fui amado. No odié. Me odiaron sin conocerme. Desperté envidia entre mediocres y malandrines. Como Paulo de Tarso, me caí del caballo ideológico. La juventud no sabe ni lo qué es el amor ni cómo funcionan los humanos que administran la res pública. En aquellos tiernos años, se confundía el sexo con el seso, el sístole y el diástole del corazón con las neuronas que jugaban entre las circunvalaciones de mi cerebro. No sabía nada. Todavía sé muy poco. Cosas sin importancia.
La vida me regaló unos padres que me amaron, sencillos, humildes y discretos. Y el destino obsequió con dos hijas más que inteligentes y una nieta superdotada. Ellas encontraron a los amores de sus vida. Yo, también. Pero no supe apreciar los agasajos de Eros para que disfrutase del hedonismo de la carne y de las delicias de la inteligencia con mujeres superiores, damas hermosas, féminas eruditas. Toda dama es hija de Dios. Todo varón es hijo del hombre.
Desde que ya no soy necesario para nadie, me he llegado a sentir más libre. Mi tiempo es mío. De vez en cuando, regalo espacios a amigos heridos por la vida. Intento suturar los sietes que el desamor abrieron en sus almas. Y poco más. No soy quién para conjugar el verbo amar en otras personas. Soy un fue. No estoy cansado de vivir, aunque tampoco convoco a la muerte. Vivo por inercia. Fui vulgar cuando no sentí pasión por lo que hacía. Necesité inyectarme belleza en vena para no aburrirme de la vulgaridad de vivir. Y aquí estoy. Con dejarme, lo que hago por vosotros, como versificó Manuel Machado, podéis hacer por mí. ¡Qué vida se tome la pena de matarme ya que yo no me tomo la pena de vivir!
De vez en cuando, me leerás, porque escribo como terapia. Y ya se sabe que amo como escribo y escribo como amo. Mal. A mí manera. Pasión sin razón.
Eugenio-Jesús de Ávila
No me queda nada por hacer ya. Anoche, cuando la madrugada todavía calzaba patucos y agitaba el sonajero, me dio por debatir conmigo mismo. Y me formulé una pregunta que pudiera parecer baladí: ¿Qué puedo esperar de la vida? ¿Qué prerrogativas anhelan de mí amigos, mujeres, sociedad? Lo he hecho todo, bien o mal, del derecho y del revés. Yo soy doctor en mis defectos. Las gentes que me conocen, licenciados en mis virtudes y carencias.
Ahora, siempre quizá, no necesito grandes lujos para vivir. Carecí de ambiciones económicas. Pequé de un exceso por respirar la cultura de la belleza. Solo compro libros que me enseñen y ropa que cubra mi decadencia física. Solo temo al dolor que pudiera anticipar la visita de las parcas. No me considero un fracasado, tampoco un hombre de éxito. Amé. No sé si fui amado. No odié. Me odiaron sin conocerme. Desperté envidia entre mediocres y malandrines. Como Paulo de Tarso, me caí del caballo ideológico. La juventud no sabe ni lo qué es el amor ni cómo funcionan los humanos que administran la res pública. En aquellos tiernos años, se confundía el sexo con el seso, el sístole y el diástole del corazón con las neuronas que jugaban entre las circunvalaciones de mi cerebro. No sabía nada. Todavía sé muy poco. Cosas sin importancia.
La vida me regaló unos padres que me amaron, sencillos, humildes y discretos. Y el destino obsequió con dos hijas más que inteligentes y una nieta superdotada. Ellas encontraron a los amores de sus vida. Yo, también. Pero no supe apreciar los agasajos de Eros para que disfrutase del hedonismo de la carne y de las delicias de la inteligencia con mujeres superiores, damas hermosas, féminas eruditas. Toda dama es hija de Dios. Todo varón es hijo del hombre.
Desde que ya no soy necesario para nadie, me he llegado a sentir más libre. Mi tiempo es mío. De vez en cuando, regalo espacios a amigos heridos por la vida. Intento suturar los sietes que el desamor abrieron en sus almas. Y poco más. No soy quién para conjugar el verbo amar en otras personas. Soy un fue. No estoy cansado de vivir, aunque tampoco convoco a la muerte. Vivo por inercia. Fui vulgar cuando no sentí pasión por lo que hacía. Necesité inyectarme belleza en vena para no aburrirme de la vulgaridad de vivir. Y aquí estoy. Con dejarme, lo que hago por vosotros, como versificó Manuel Machado, podéis hacer por mí. ¡Qué vida se tome la pena de matarme ya que yo no me tomo la pena de vivir!
De vez en cuando, me leerás, porque escribo como terapia. Y ya se sabe que amo como escribo y escribo como amo. Mal. A mí manera. Pasión sin razón.
















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