ZAMORANA
Corazones solitarios
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #108251]](https://eldiadezamora.es/upload/images/05_2026/3006_9683_6673_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Cada día compruebo que hay muchas personas solas, tanto mayores como jóvenes, ya sea en ciudades grandes o pequeñas; es fácil ver a hombres y mujeres de diferentes edades que caminan sin compañía o deambulan por las calles; entran en una cafetería, se sientan en una plaza, o miran tiendas, siempre en solitario.
Por fortuna las mujeres ahora pueden hacerlo sin ningún problema, pues hasta no hace mucho se veía raro que una mujer sola entrara a comer a un restaurante o a tomar un café en una cafetería sin ser sospechosa de buscar compañía. Gracias a que los viejos estereotipos se están perdiendo, hay otro dato importante que me parece conveniente resaltar, y es que las personas mayores no se resignan a quedarse en sus casas, ya sea porque sufren de soledad o por problemas de movilidad; por fortuna vivimos en unos tiempos en que los avances ortopédicos han allanado mucho el camino a aquellos que padecen dificultades para la deambulación y, además del bastón o las muletas, es cada vez más frecuente ver sillas de ruedas convencionales o eléctricas que no precisan de nadie que las empuje para que avancen.
Sin embargo, el otro día, paseando por el parque, al pasar por un corrillo donde había un grupo de mujeres sentadas en un banco y dos más en sendas sillas de ruedas, oí que una le decía en voz baja a la otra: “¡qué triste es la soledad!”. Esa frase, que se la escuché a mi padre muchas veces, me resultaba en cierto modo incomprensible porque él estaba siempre acompañado, pese a que no fuera por la persona que más anhelara. Ahora sí entiendo a qué soledad se refería, y no era la física; es esa soledad mental, del alma, ese silencio extraño que se instala de puertas para adentro del cuerpo recordándonos que, aunque estemos rodeados de gente, en el fondo nos sentimos vacíos, y ahora, al borde de la senectud, comprendo mejor aquellas palabras tan repetidas de mi padre. Desgraciadamente conozco a varias personas que la padecen y sé que no la palían unas horas a la semana de efímera compañía.
Otro dato que me hace pensar, es que la soledad suele ir unida al abatimiento y al hastío; prueba de ello es que cuando se reúnen dos personas mayores, ya ni siquiera se molestan en reivindicar y rivalizar por ver quien tiene más achaques, cosa muy común entre los ancianos; tal vez ni siquiera les importe, simplemente miran a la gente que pasa con una pacífica indiferencia, hacen algún comentario banal y poco más. Son parcos en palabras, quizás porque no haya mucho que decir, solo sé que caminan hacia una lenta y angustiosa espera en la que piensan a menudo desde que abren los ojos a un nuevo día.
Ya lo decía Machado: “un corazón solitario no es un corazón”.
![[Img #108251]](https://eldiadezamora.es/upload/images/05_2026/3006_9683_6673_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Cada día compruebo que hay muchas personas solas, tanto mayores como jóvenes, ya sea en ciudades grandes o pequeñas; es fácil ver a hombres y mujeres de diferentes edades que caminan sin compañía o deambulan por las calles; entran en una cafetería, se sientan en una plaza, o miran tiendas, siempre en solitario.
Por fortuna las mujeres ahora pueden hacerlo sin ningún problema, pues hasta no hace mucho se veía raro que una mujer sola entrara a comer a un restaurante o a tomar un café en una cafetería sin ser sospechosa de buscar compañía. Gracias a que los viejos estereotipos se están perdiendo, hay otro dato importante que me parece conveniente resaltar, y es que las personas mayores no se resignan a quedarse en sus casas, ya sea porque sufren de soledad o por problemas de movilidad; por fortuna vivimos en unos tiempos en que los avances ortopédicos han allanado mucho el camino a aquellos que padecen dificultades para la deambulación y, además del bastón o las muletas, es cada vez más frecuente ver sillas de ruedas convencionales o eléctricas que no precisan de nadie que las empuje para que avancen.
Sin embargo, el otro día, paseando por el parque, al pasar por un corrillo donde había un grupo de mujeres sentadas en un banco y dos más en sendas sillas de ruedas, oí que una le decía en voz baja a la otra: “¡qué triste es la soledad!”. Esa frase, que se la escuché a mi padre muchas veces, me resultaba en cierto modo incomprensible porque él estaba siempre acompañado, pese a que no fuera por la persona que más anhelara. Ahora sí entiendo a qué soledad se refería, y no era la física; es esa soledad mental, del alma, ese silencio extraño que se instala de puertas para adentro del cuerpo recordándonos que, aunque estemos rodeados de gente, en el fondo nos sentimos vacíos, y ahora, al borde de la senectud, comprendo mejor aquellas palabras tan repetidas de mi padre. Desgraciadamente conozco a varias personas que la padecen y sé que no la palían unas horas a la semana de efímera compañía.
Otro dato que me hace pensar, es que la soledad suele ir unida al abatimiento y al hastío; prueba de ello es que cuando se reúnen dos personas mayores, ya ni siquiera se molestan en reivindicar y rivalizar por ver quien tiene más achaques, cosa muy común entre los ancianos; tal vez ni siquiera les importe, simplemente miran a la gente que pasa con una pacífica indiferencia, hacen algún comentario banal y poco más. Son parcos en palabras, quizás porque no haya mucho que decir, solo sé que caminan hacia una lenta y angustiosa espera en la que piensan a menudo desde que abren los ojos a un nuevo día.
Ya lo decía Machado: “un corazón solitario no es un corazón”.
















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