REFLEXIONES URBANAS
Preguntas y respuestas sobre Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Insisto en que escribo como terapia. Soy palabra en el tiempo, polvo en el tiempo, una metáfora con forma de hombre. Soy un verbo que ya no se conjugará en futuro. Una oración grabada en el libro del pretérito que nadie supo analizar. Un verso que jamás encontró su rima para ascender a la categoría de estrofa.
Y de todo lo escrito y dicho busco y no hallo nada importante. Tampoco fue, ni es, ni será, mi intención. Soy un pasado que no acaba de irse de este presente grotesco y grosero, sin clase ni elegancia, sin lírica ni épica. Punto. Porque, qué alcanza la categoría de importante. Pues hete aquí que lo valioso, lo que considera una mayoría social, lo que trasciende, lo magno, lo esencial y lo sustancial, lo que queda, lo que se guarda en la memoria colectiva, nunca partió del puerto seco y gris de mi cerebro, nunca alcanzó esos niveles de excelencia. Sí, escribí miles de artículos, miles de versos, cuentos que no publiqué. Miles de lectores comulgaron con mis ruedas de molino, compuestas de oraciones principales y subordinadas. Los menos mostraron su odio, con descalificaciones y calumnias. Normal. Son seres humanos, hijos de Adán y Eva, familias de Caín y Abel.
Y escribo ahora en estos términos porque ya me va quedando poco por expresar. La gente que me trata de forma cotidiana todavía me escucha con agrado, tanto cuando habló con seriedad como cuando me río de mí mismo para que se sonrían después con mis tonterías.
Y confieso mis cuitas, mientras pienso en Zamora y sus gentes, la ciudad y la provincia que seguirán en este noroeste de España cuando yo ya no sea más que memoria entre los que me quisieron u odiaron o la propia nación en la que nací y amé haya quebrado por ese odio latente que todo los corrompe, tanto la economía, como el alma.
Me pregunto a mí mismo, que, cuando lo planteo en cualquier artículo, solo posee un objetivo: cuestionar a quien me lee. Este escribidor ya señaló, no una ni dos ni tres veces, sino en innumerables ocasiones, que la quiebra económica y demográfica de Zamora se debe a los políticas de los ejecutivos centrales, ya del PSOE, 29 años, bien del PP, 14, y, en menor medida, de los ejecutivos de la Junta de Castilla y León, más preocupados del desarrollo de Valladolid y Burgos y su apéndice palentino, que de homogeneizar la economía de las nueve provincias de esta autonomía ahistórica, sin sentido, zahúrda de la mediocridad política y de la ineptitud.
Y he añadido también que la apatía antropológica de los zamoranos, su abulia, conformismo e inacción contribuyeron a la deriva de Zamora hacia una actividad económica mínima y un desierto demográfico colosal. El sector primario aguanta, merced al trabajo de jóvenes agricultores y ganaderos gentes con ideas y amor a su profesión, pero la despoblación del agro zamorano ha sido, desde la entrada en Europa España descomunal. Se habló y escribió muchísimo sobre la reconversión industrial, pero la agropecuaria destrozó esta provincia. Si añado las políticas de los primeros gobiernos del PSOE hacia Zamora, con un afán absoluto por desubicar organismos e instituciones estatales, como Regimiento Toledo, Estación del Ferrocarril y líneas férreas, cierres de Universidad Laboral y Prisión Provincia, encontraremos las razones de que Zamora pasase de ocupar la posición trigésima tercera entre las españolas por habitantes y economía, a descender hasta la última posición en esta tabla de la miseria.
Y llegó el PP no hizo nada por detener despoblación e inactividad, ni una sola inversión, solo la autovía entre Zamora y Tordesillas. Y, desde la Junta, tampoco se alivió esta destrucción de una sociedad como la zamorana. Y las elecciones autonómicas y nacionales tampoco sirvieron como punto de inflexión en actividad económica y aumento de población, todo lo contrario. Se premió a los partidos responsables.
Y esa pregunta que yo me he formulado durante años y en cientos de artículos, se la planteo a usted. Respóndame: ¿Por qué Zamora se ha ido deshilachando, descomponiendo, dejando de ser, despoblándose? ¿Coincide con mis hipótesis, con mis valoraciones? Si todo lo que he escrito sobre Zamora, políticos y gentes hubiera servido para potenciar la economía y demografía zamorano, haber expulsado a estos malandrines de la política de la res pública y que mis paisanos hubiesen tomado conciencia de la realidad y haber tomado medidas para romper esta cadena de estolidez, felonía y apatía que nos ata, me habría sentido satisfecho con mi papel como miembro de una sociedad como la nuestra. La ciudad del alma me sigue alentando y acusando.
Eugenio-Jesús de Ávila
Insisto en que escribo como terapia. Soy palabra en el tiempo, polvo en el tiempo, una metáfora con forma de hombre. Soy un verbo que ya no se conjugará en futuro. Una oración grabada en el libro del pretérito que nadie supo analizar. Un verso que jamás encontró su rima para ascender a la categoría de estrofa.
Y de todo lo escrito y dicho busco y no hallo nada importante. Tampoco fue, ni es, ni será, mi intención. Soy un pasado que no acaba de irse de este presente grotesco y grosero, sin clase ni elegancia, sin lírica ni épica. Punto. Porque, qué alcanza la categoría de importante. Pues hete aquí que lo valioso, lo que considera una mayoría social, lo que trasciende, lo magno, lo esencial y lo sustancial, lo que queda, lo que se guarda en la memoria colectiva, nunca partió del puerto seco y gris de mi cerebro, nunca alcanzó esos niveles de excelencia. Sí, escribí miles de artículos, miles de versos, cuentos que no publiqué. Miles de lectores comulgaron con mis ruedas de molino, compuestas de oraciones principales y subordinadas. Los menos mostraron su odio, con descalificaciones y calumnias. Normal. Son seres humanos, hijos de Adán y Eva, familias de Caín y Abel.
Y escribo ahora en estos términos porque ya me va quedando poco por expresar. La gente que me trata de forma cotidiana todavía me escucha con agrado, tanto cuando habló con seriedad como cuando me río de mí mismo para que se sonrían después con mis tonterías.
Y confieso mis cuitas, mientras pienso en Zamora y sus gentes, la ciudad y la provincia que seguirán en este noroeste de España cuando yo ya no sea más que memoria entre los que me quisieron u odiaron o la propia nación en la que nací y amé haya quebrado por ese odio latente que todo los corrompe, tanto la economía, como el alma.
Me pregunto a mí mismo, que, cuando lo planteo en cualquier artículo, solo posee un objetivo: cuestionar a quien me lee. Este escribidor ya señaló, no una ni dos ni tres veces, sino en innumerables ocasiones, que la quiebra económica y demográfica de Zamora se debe a los políticas de los ejecutivos centrales, ya del PSOE, 29 años, bien del PP, 14, y, en menor medida, de los ejecutivos de la Junta de Castilla y León, más preocupados del desarrollo de Valladolid y Burgos y su apéndice palentino, que de homogeneizar la economía de las nueve provincias de esta autonomía ahistórica, sin sentido, zahúrda de la mediocridad política y de la ineptitud.
Y he añadido también que la apatía antropológica de los zamoranos, su abulia, conformismo e inacción contribuyeron a la deriva de Zamora hacia una actividad económica mínima y un desierto demográfico colosal. El sector primario aguanta, merced al trabajo de jóvenes agricultores y ganaderos gentes con ideas y amor a su profesión, pero la despoblación del agro zamorano ha sido, desde la entrada en Europa España descomunal. Se habló y escribió muchísimo sobre la reconversión industrial, pero la agropecuaria destrozó esta provincia. Si añado las políticas de los primeros gobiernos del PSOE hacia Zamora, con un afán absoluto por desubicar organismos e instituciones estatales, como Regimiento Toledo, Estación del Ferrocarril y líneas férreas, cierres de Universidad Laboral y Prisión Provincia, encontraremos las razones de que Zamora pasase de ocupar la posición trigésima tercera entre las españolas por habitantes y economía, a descender hasta la última posición en esta tabla de la miseria.
Y llegó el PP no hizo nada por detener despoblación e inactividad, ni una sola inversión, solo la autovía entre Zamora y Tordesillas. Y, desde la Junta, tampoco se alivió esta destrucción de una sociedad como la zamorana. Y las elecciones autonómicas y nacionales tampoco sirvieron como punto de inflexión en actividad económica y aumento de población, todo lo contrario. Se premió a los partidos responsables.
Y esa pregunta que yo me he formulado durante años y en cientos de artículos, se la planteo a usted. Respóndame: ¿Por qué Zamora se ha ido deshilachando, descomponiendo, dejando de ser, despoblándose? ¿Coincide con mis hipótesis, con mis valoraciones? Si todo lo que he escrito sobre Zamora, políticos y gentes hubiera servido para potenciar la economía y demografía zamorano, haber expulsado a estos malandrines de la política de la res pública y que mis paisanos hubiesen tomado conciencia de la realidad y haber tomado medidas para romper esta cadena de estolidez, felonía y apatía que nos ata, me habría sentido satisfecho con mi papel como miembro de una sociedad como la nuestra. La ciudad del alma me sigue alentando y acusando.

















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