REFLEXIONES URBANAS
Los zamoranos y el silencio de los corderos: Sí a Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
En Zamora y su provincia se vive de puta madre. Así piensan los caciques modernos que mandan y ordenan por estos pagos. Y añaden: “¡Para qué queremos 2.000 obreros, con lo bien que estamos aquí! ¡No hay contaminación y respiramos un aire puro!”
Así reflexionan también las mentes pobres que necesitan creer que aquí eso de la despoblación no existe, que es cosa mía; que la actividad económica no tiene nada qué envidar, verbigracia, a la de Pucela, o que los jóvenes acaban sus carreras y viene a trabajar a nuestras empresas, institutos y centros médicos. Por supuesto, que no se cierran comercios y que San Torcuarto es la Vía Monzani de Milán, y Santa Clara, la Vía del Corso, de Roma. Y, por supuesto, que las comarcas occidentales no son desiertos demográficos irreversibles, como anunció, hace más de 20 años, un catedrático de Geografía del prestigio de Valentín Cavero.
No, estoy equivocado. Los que nunca dan la cara, los pusilánimes, los que solo critican en cafeterías, me insultan por escribir de lo que pasa y de lo que nos espera si seguimos votando como ovejas a los de siempre, a los partidos nacionales que van a lo suyo; que tienen como vicarios a unos zamoranos que cobran por encima de sus capacidades profesionales para servir a los intereses de sus jerarcas en Madrid o Valladolid; gente que promete antes de las elecciones, pero nunca cumple.
Compare el lector de las Españas surgidas tras las primeras elecciones democrática. Verbigracia: Figueras y Olot con Bermillo de Sayago y Alcañices, pueblo que atraviesa una carretera nacional casi ya en la tercera década del siglo XXI. ¡Manda “guevos”! Y me temo que son tan españoles, o más, las gentes de la comarca de Aliste y la del suroeste de Zamora que la población donde se disfruta del Museo Dalí o la volcánica
No me limito a criticar y a describir lo que acontece, sino que invito el camino a seguir para detener esta deriva hacia el abismo social y económico a la que nos dirigimos. De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena que versificara Miguel Hernández. Pues de la valentía y personalidad de los zamoranos para que, de una vez por todas, dejen de votar a sus verdugos políticos, a los que les vienen engañando, elección tras elección, con sus milongas. ¡Por qué tenemos que ser menos que Valladolid y Burgos! Sí, lo somos, y cada vez más, y se debe a nuestra cobardía, a esa apatía antropológica que nos caracteriza, y a unos políticos que piensan más en mantenerse en el cargo, obedeciendo a sus caudillos, que defender los intereses de sus conciudadanos.
Zamora se nos muere, social y económicamente, y una masa amorfa considera que enfatizar lo que viene sucediendo desde hace décadas y proponer medidas para acabar con esta decadencia contribuye a celebrar su extremaunción.
Ya he señalado dónde se encuentra el mal, el tumor que ya ha hecho metástasis. Pero hay muchos zamoranos, los que nunca se atrevieron, ni tan si quiera, a escribir un artículo aportando soluciones o criticando al poder, que actúan como la avecilla de Miguel Hernández. Recuerdo: “Cantando espero a la muerte que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”.
Yo no me resigno. Ha tiempo que me coloque el peto de la crítica y el espaldar de la palabra para combatir la cobardía y la falta de personalidad que ha conducido a nuestra Zamora a la inacción social y al silencio de los corderos. Yo escribo “sí a Zamora”. No quiero ni un solo si condicional.
Eugenio-Jesús de Ávila
En Zamora y su provincia se vive de puta madre. Así piensan los caciques modernos que mandan y ordenan por estos pagos. Y añaden: “¡Para qué queremos 2.000 obreros, con lo bien que estamos aquí! ¡No hay contaminación y respiramos un aire puro!”
Así reflexionan también las mentes pobres que necesitan creer que aquí eso de la despoblación no existe, que es cosa mía; que la actividad económica no tiene nada qué envidar, verbigracia, a la de Pucela, o que los jóvenes acaban sus carreras y viene a trabajar a nuestras empresas, institutos y centros médicos. Por supuesto, que no se cierran comercios y que San Torcuarto es la Vía Monzani de Milán, y Santa Clara, la Vía del Corso, de Roma. Y, por supuesto, que las comarcas occidentales no son desiertos demográficos irreversibles, como anunció, hace más de 20 años, un catedrático de Geografía del prestigio de Valentín Cavero.
No, estoy equivocado. Los que nunca dan la cara, los pusilánimes, los que solo critican en cafeterías, me insultan por escribir de lo que pasa y de lo que nos espera si seguimos votando como ovejas a los de siempre, a los partidos nacionales que van a lo suyo; que tienen como vicarios a unos zamoranos que cobran por encima de sus capacidades profesionales para servir a los intereses de sus jerarcas en Madrid o Valladolid; gente que promete antes de las elecciones, pero nunca cumple.
Compare el lector de las Españas surgidas tras las primeras elecciones democrática. Verbigracia: Figueras y Olot con Bermillo de Sayago y Alcañices, pueblo que atraviesa una carretera nacional casi ya en la tercera década del siglo XXI. ¡Manda “guevos”! Y me temo que son tan españoles, o más, las gentes de la comarca de Aliste y la del suroeste de Zamora que la población donde se disfruta del Museo Dalí o la volcánica
No me limito a criticar y a describir lo que acontece, sino que invito el camino a seguir para detener esta deriva hacia el abismo social y económico a la que nos dirigimos. De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena que versificara Miguel Hernández. Pues de la valentía y personalidad de los zamoranos para que, de una vez por todas, dejen de votar a sus verdugos políticos, a los que les vienen engañando, elección tras elección, con sus milongas. ¡Por qué tenemos que ser menos que Valladolid y Burgos! Sí, lo somos, y cada vez más, y se debe a nuestra cobardía, a esa apatía antropológica que nos caracteriza, y a unos políticos que piensan más en mantenerse en el cargo, obedeciendo a sus caudillos, que defender los intereses de sus conciudadanos.
Zamora se nos muere, social y económicamente, y una masa amorfa considera que enfatizar lo que viene sucediendo desde hace décadas y proponer medidas para acabar con esta decadencia contribuye a celebrar su extremaunción.
Ya he señalado dónde se encuentra el mal, el tumor que ya ha hecho metástasis. Pero hay muchos zamoranos, los que nunca se atrevieron, ni tan si quiera, a escribir un artículo aportando soluciones o criticando al poder, que actúan como la avecilla de Miguel Hernández. Recuerdo: “Cantando espero a la muerte que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”.
Yo no me resigno. Ha tiempo que me coloque el peto de la crítica y el espaldar de la palabra para combatir la cobardía y la falta de personalidad que ha conducido a nuestra Zamora a la inacción social y al silencio de los corderos. Yo escribo “sí a Zamora”. No quiero ni un solo si condicional.














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