Eugenio-Jesús de Ávila
Lunes, 11 de Mayo de 2026
REFLEXIONES PRIVADAS

El odio, un tumor que devora el alma

[Img #108402]Eugenio-Jesús de Ávila

 

Si ahora muriera y guiaran mi alma al juicio de Osiris, se depositaría mi Ib (la conciencia y la moralidad) en uno de los dos platillos de la balanza mientras en el otro reposaría la pluma de Maat (símbolo de la Verdad y la Justicia). Si el Ib era menos pesado que la pluma podría vivir eternamente en el Paraíso, pero si resultaba más pesado, se me arrojaría a una especie de zahúrda, allí donde se devoran los muertos.

 

No sé si a esta edad que soporto y con estos años que conllevo en mi vida pesarían más mi conciencia y mi ética que el mal que hubiera podido haber hecho al prójimo y, de vez en cuando a mí mismo, que es peor castigo que un hombre puede hacerse al templo de su alma, siempre cubierto por el cuerpo.

 

Se me juzgará en virtud del odio que haya despertado más que por el amor que entregase. Siempre la huella del rencor alcanza mayor profundidad que la ternura. Yo siempre supe, al hacer más año adquirí mayor erudición, qué defectos, qué miserias espirituales, manchan mis adentros, me hacer peor persona de que la hubiera deseado.

 

Quizá amigos y amores conozcan mejor mis virtudes. Nadie me descubrirá, después de una tesis doctoral, la tesis de mi alma. Solo sé que no soy malo del todo. Nunca me he atrevido a calificarme de buena persona. No soy un santo, ni, por supuesto, un ángel, ni un querubín. Nunca he padecido ese vicio tan vulgar que se denomina envidia.

 

Tampoco tuve ambiciones comunes entre los mortales. Solo pude anhelar dinero para comprar mi tiempo; para hacer con cada segundo de mi vida lo que me apeteciese, desde mimar flores, a escribir versos sobre el agua del Duero a la búsqueda de la rima entre los juncos de las orillas, derecha e izquierda, o sentarme en el camino a oír trinos de ruiseñores y cantos de los mirlos. O tumbarme hasta que considera oportuno o mi cerebro me ordenase levantarme y realizar alguna actividad física, ya en soledad, bien compartida. Amar siempre y no odiar nunca. El odio es un tumor que padecen algunas personas en sus almas, porque se odian tanto a sí mismas que, para no hacerse graves daños a sí mismas, buscan dirigirlo a las que consideran superiores intelectual y físicamente. Solo se odia lo que se considera superior.

 

Y con estos debates con mi soledad, esperando otro ocaso del sol, entretengo mi tiempo, cada vez más menguante, mientras pienso en personas que ya no están, aunque yo las buscase, en otros que siguen por aquí pero que ya no me interesan, en el futuro de mi provincia ahora y cuando yo ya no esté y en la salud y el porvenir de mi familia y gentes a las que profeso un enorme cariño.

 

Y no necesito convencerme de que vivo por inercia, ni que los mejores años de mi vida, quizá los menos reflexivos, ya forman parte del pretérito. Creo, por lo demás, que ahora prefiero, más que hacer el bien, prefiero no emplear vileza, ni utilizar la infamia, ni ser persona injusta en el camino que me quede por recorrer. Ya hice suficiente mal para esculpirlo en el mármol de mi memoria. Intentaré, en contradicción con lo escrito hace unas líneas, intentar pintar el bien sobre el óleo de mi alma.

 

 

 

 

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