Mª Soledad Martín Turiño
Jueves, 14 de Mayo de 2026
ZAMORANA

Actos responsables

Mª Soledad Martín Turiño

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Después de desayunar, como siempre, se asoma a la ventana para ver qué día hace. Es un pecado quedarse en casa, el sol y la luz caldean el ambiente e invitan a disfrutar del día al aire libre, así que coge sus libros y sale de la habitación. Está un poco preocupado porque, en breve, serán los exámenes y este año se juega mucho; con un poco de suerte acabará la carrera con una buena nota, aunque si no pone remedio, le van a pasar factura los últimos fines de semana que ha dedicado a salir de fiesta.

 

Estudiar es duro y nadie va a regalarle nada si no es mediante su propio esfuerzo; eso lo tiene claro, se lo prometió a sus padres cuando, al salir del pueblo se despidió de ellos con un largo abrazo. Le habían ayudado mucho, sacrificando todos sus ingresos para que pudiera ir a la universidad, pagarse una habitación en un colegio mayor y hacer una carrera.

 

Manolo siempre fue un buen estudiante; de hecho, al terminar el colegio, los profesores sugirieron a los padres que le permitieran seguir estudios superiores, aunque él era un poco renuente, ya que el pueblo le tiraba demasiado; le gustaba trabajar mano a mano con su padre, llevar el tractor, cultivar, sembrar, recoger… todas las labores agrícolas estaban hechas para él, porque llevaba la tierra en sus venas. Era la tercera generación que labraba sus propios campos, heredados de sus antecesores y ahora, al ser hijo único y trasladarse a la ciudad a estudiar, su padre se debatía entre venderlos o dárselos en arrendamiento a alguien que se ocupara de ellos, ya que su edad no le permitía seguir haciéndolo por sí mismo.

 

Manolo era consciente de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros; así que aquella mañana llegó hasta una zona del campus donde no había nadie, sacó sus libros y se sumergió en cada página. La concentración le duró varias horas, hasta que notó que se le dormían las piernas debido a que no había cambiado aquella postura, mantenida durante tanto tiempo. Entonces, cerró los libros, miró a aquel cielo turquesa que le acogió con benevolencia desde el primer día, cerró los ojos para percibir el aroma de los árboles y las flores que crecían a su alrededor, se levantó y se fue. La jornada matutina de estudios había sido fructífera; ahora comería, descansaría un rato y luego reemprendería de nuevo los estudios, porque era vital acabar el curso con broche de oro a una carrera donde destacó desde el principio.

 

Además, se lo debía a sus padres. Pensó en ellos allá en el pueblo, cada vez más envejecidos, más solos en aquel lugar donde solo habitaban ya unas pocas personas; le dolió sentir que se había producido una distancia entre la familia que no era solo física, sino de otro tipo que no sabía cómo catalogar y que era algo tan natural como hacerse mayor y forjar su propia vida.

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