REFLEXIONES
¿Por qué Zamora se ha ido quedando en el furgón de cola del tren nacional?
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora no se ha quedado atrás sin tren madrugador. Desde el 1950 (316.000 habitantes), inició su pérdida de importancia nacional, de pasar a ser la trigésima tercera a ocupar el furgón de cola en el tren de las provincias españolas. Zamora se quedó atrás desde el inicio de esta democracia de cartón piedra, porque sus políticos, de todos los partidos, nunca la representaron, y jamás llevaron a las Cortes de Castilla y León, al Congreso de los Diputados y al Senado las necesidades de sus habitantes, vecinos, zamoranos todos, a los que se utilizó para dar un toque de libertad al sistema.
Zamora se quedó atrás ya en el tardo franquismo cuando se desubicaron las pocas empresas de importancia que todavía funcionaban; después, cuando el felipismo cerró líneas férreas -el AVE es casi el chocolate del loro del ferrocarril, porque se necesitan trenes convencionales-; Prisión Provincial, trasladada a Salamanca, como el Regimiento Toledo; cuando la Universidad Laboral dejó de recibir a miles de hijos de trabajadores para formarlos en profesionales; cuando los zamoranos se cruzaron de brazos ante el olvido de Junta y gobiernos centrales, y siguieron votando a los verdugos de la ley.
Zamora ni tiene quien la represente, porque los partidos nacionales van a su aire y no es nadie cuando vota, y sus gentes, salvo excepciones, admiten todo tipo de agravios políticos.
Mientras no se cambie la Ley Electoral, que prima a los partidos nacionalistas, y los ciudadanos no elijan a sus representantes, sino que rubriquen las listas confeccionadas por las elites de las formaciones políticas, los políticos de aquí obedecerán las órdenes de Madrid y Valladolid, prietas las filas, el que se mueve no sale en la fotografía, y el pueblo llano seguirá al albur de lo que deciden los ministros de los distintos ejecutivos sobre el ferrocarril, el agua, las infraestructuras, la sanidad y la educación.
Cada año que pase, el campo se irá transformando en un desierto demográfico, donde solo vivirán ancianos, mal atendidos en los servicios básicos que demanda cualquier ser humano en una nación del primer mundo. Zamora entonces pertenecerá al viento, a Eolo, como dijo en su día aquel tonto listo que hablaba de fuerza y honor, un tal Zapatero.
El tren madrugador es una ofensa más a una tierra que no ha sabido alzar su voz cuando todavía los gobiernos escuchaban. Las demandas populares importan poco, nada, a los que administran el dinero de todos. Zamora no es una don nadie entre las provincias de España. Sus aniversarios de cofradías, sus pendones medievales, su río duradero, su románico, su romancero y su historia. Las iglesias, los juncos, las aves y los chopos no tienen voz ni voto. ¡Qué solos se quedan los muertos!
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora no se ha quedado atrás sin tren madrugador. Desde el 1950 (316.000 habitantes), inició su pérdida de importancia nacional, de pasar a ser la trigésima tercera a ocupar el furgón de cola en el tren de las provincias españolas. Zamora se quedó atrás desde el inicio de esta democracia de cartón piedra, porque sus políticos, de todos los partidos, nunca la representaron, y jamás llevaron a las Cortes de Castilla y León, al Congreso de los Diputados y al Senado las necesidades de sus habitantes, vecinos, zamoranos todos, a los que se utilizó para dar un toque de libertad al sistema.
Zamora se quedó atrás ya en el tardo franquismo cuando se desubicaron las pocas empresas de importancia que todavía funcionaban; después, cuando el felipismo cerró líneas férreas -el AVE es casi el chocolate del loro del ferrocarril, porque se necesitan trenes convencionales-; Prisión Provincial, trasladada a Salamanca, como el Regimiento Toledo; cuando la Universidad Laboral dejó de recibir a miles de hijos de trabajadores para formarlos en profesionales; cuando los zamoranos se cruzaron de brazos ante el olvido de Junta y gobiernos centrales, y siguieron votando a los verdugos de la ley.
Zamora ni tiene quien la represente, porque los partidos nacionales van a su aire y no es nadie cuando vota, y sus gentes, salvo excepciones, admiten todo tipo de agravios políticos.
Mientras no se cambie la Ley Electoral, que prima a los partidos nacionalistas, y los ciudadanos no elijan a sus representantes, sino que rubriquen las listas confeccionadas por las elites de las formaciones políticas, los políticos de aquí obedecerán las órdenes de Madrid y Valladolid, prietas las filas, el que se mueve no sale en la fotografía, y el pueblo llano seguirá al albur de lo que deciden los ministros de los distintos ejecutivos sobre el ferrocarril, el agua, las infraestructuras, la sanidad y la educación.
Cada año que pase, el campo se irá transformando en un desierto demográfico, donde solo vivirán ancianos, mal atendidos en los servicios básicos que demanda cualquier ser humano en una nación del primer mundo. Zamora entonces pertenecerá al viento, a Eolo, como dijo en su día aquel tonto listo que hablaba de fuerza y honor, un tal Zapatero.
El tren madrugador es una ofensa más a una tierra que no ha sabido alzar su voz cuando todavía los gobiernos escuchaban. Las demandas populares importan poco, nada, a los que administran el dinero de todos. Zamora no es una don nadie entre las provincias de España. Sus aniversarios de cofradías, sus pendones medievales, su río duradero, su románico, su romancero y su historia. Las iglesias, los juncos, las aves y los chopos no tienen voz ni voto. ¡Qué solos se quedan los muertos!














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