Mª Soledad Martín Turiño
Jueves, 28 de Mayo de 2026
ZAMORANA

Reflexiones desde el puente

Mª Soledad Martín Turiño

[Img #108798]

 

Es frecuente que, al atardecer, cuando el sol ha caído y la luz no resulta tan brillante, me acerque al puente de piedra; lo recorro despacio y suelo detenerme hacia la parte central desde donde se divisa una de las panorámicas más espectaculares de Zamora: las aceñas de Olivares, el río, las murallas, la catedral, la iglesia de San Ildefonso, San Cipriano, el parador, el teatro… Es una belleza que no tiene igual y allí, apoyados los brazos sobre el pretil del puente, puedo permanecer extasiada observando el agua y la imagen de la ciudad hasta que me llega un adormecimiento, producto de la postura estática, y entonces giro hacia la otra orilla, donde el Duero se bifurca para unirse de nuevo como si estuviera jugando a un conocido despiste.

 

Otras aceñas, esta vez de Cabañales, con un enorme espacio verde alrededor, permiten recorrerlas contemplando los árboles que la circundan; más allá el otro puente: el de hierro, muy necesitado de una reparación urgente y, durante todo el recorrido visual, la ciudad continúa en lo alto mirándose en el río, mientras se ve a la gente que pasea despacio, sin prisas, gozando de la belleza natural de un paraje idílico.

 

Desde el puente, ya sea observando un punto fijo o recorriendo con la mirada esa imagen que me regala la capital; el rumor de la corriente en algún salto liviano que hace el rio, me adormece hasta el punto de pensar en esas piedras milenarias que la sostienen, o en las centenarias iglesias que seguirán ahí dentro de otros tantos años, cuando nosotros, los que ahora habitamos en este espacio, nos hayamos convertido en polvo.

 

La percepción del tiempo es muy relativa para cada persona y dependiendo de la edad que se tenga. Resulta curioso que en la primera mitad de la vida cada minuto parece un año, pero en la segunda mitad cada año parece un minuto; tal vez sea porque en esta última parte, al estar ya al borde del final, nos aferramos más a la existencia como queriendo detener las horas. En cualquier caso, el hecho de disfrutar de este paseo liberador provoca un especial regocijo y una inusitada calma que plasmo en repetidas instantáneas para luego conemplarlas una y otra vez cuando no estoy cerca.

 

Desde el puente he revivido secuencias pasadas, recordado escenas gratas, pensado en personas cuya ausencia todavía duele, y he pergeñado ideas, a veces inconexas, de lo que más tarde se convertirán en escritos, apuntes al dictado de los sentimientos que me inspira Zamora, sus casas, sus gentes, su arquitectura urbana, pero también los pueblos que siguen ahí y hemos de reivindicarlos para que no se pierdan en el olvido.

 

El puente es uno de mis refugios; nunca me canso de acudir a su encuentro para recibir esa paz tan anhelada en un mundo de constante ruido.  

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