DENUNCIA
El peligro del adarve liberado en la muralla del Portillo de la Lealtad
La apertura gana espacio, pero descubre un riesgo de caída sin protección
La reciente transformación del entorno del Portillo de la Lealtad, tras el derribo de una vivienda adosada a la muralla, ha supuesto una mejora evidente en la visibilidad y en el tránsito peatonal de la zona. Donde antes había un paso limitado, hoy se abre un espacio más amplio y accesible que incluso permite disfrutar de un nuevo recorrido urbano hasta ahora oculto. Una actuación, en principio, positiva para la ciudad. Sin embargo, esta intervención ha dejado al descubierto una situación que merece atención urgente.
La desaparición de la vivienda no solo ha generado un nuevo callejón transitable, sino que también ha facilitado la continuidad del acceso al adarve de la muralla. Este ya contaba con una escalera de subida, adaptada con una barandilla que, dentro de las limitaciones del entorno patrimonial, cumple una función básica de seguridad. Una vez arriba, el paseo se convierte en una experiencia singular. El recorrido permite avanzar hasta el propio portillo e incluso más allá, en dirección al antiguo laboratorio municipal. Se trata de un tramo evocador, con gran valor histórico y paisajístico, que conecta al visitante con el pasado defensivo de la ciudad y con la memoria de quienes, siglos atrás, recorrieron ese mismo camino.
Pero es precisamente en ese punto donde aparece el problema.
Mientras que el lado exterior de la muralla mantiene la protección lógica del almenado, el lado interior carece completamente de cualquier elemento de seguridad. La diferencia de altura es considerable y no existe ningún tipo de protección, lo que supone un riesgo evidente de caída para cualquier persona que transite por el lugar. Es comprensible que, tratándose de un Bien de Interés Cultural, cualquier intervención deba ser respetuosa y medida. Nadie plantea soluciones invasivas que desvirtúen el monumento. Sin embargo, entre la inacción y la alteración excesiva existe un término medio perfectamente viable.
Una sencilla barandilla metálica discreta, o incluso una solución menos intrusiva, como una señalización clara que advierta del peligro, serían medidas suficientes para reducir el riesgo. La ausencia total de protección no parece justificable en un espacio que, de facto, ya es accesible y transitable. La mejora urbanística ha sido bienvenida, pero no debería venir acompañada de nuevos peligros. Poner en valor el patrimonio también implica garantizar que pueda disfrutarse con seguridad.

La reciente transformación del entorno del Portillo de la Lealtad, tras el derribo de una vivienda adosada a la muralla, ha supuesto una mejora evidente en la visibilidad y en el tránsito peatonal de la zona. Donde antes había un paso limitado, hoy se abre un espacio más amplio y accesible que incluso permite disfrutar de un nuevo recorrido urbano hasta ahora oculto. Una actuación, en principio, positiva para la ciudad. Sin embargo, esta intervención ha dejado al descubierto una situación que merece atención urgente.
La desaparición de la vivienda no solo ha generado un nuevo callejón transitable, sino que también ha facilitado la continuidad del acceso al adarve de la muralla. Este ya contaba con una escalera de subida, adaptada con una barandilla que, dentro de las limitaciones del entorno patrimonial, cumple una función básica de seguridad. Una vez arriba, el paseo se convierte en una experiencia singular. El recorrido permite avanzar hasta el propio portillo e incluso más allá, en dirección al antiguo laboratorio municipal. Se trata de un tramo evocador, con gran valor histórico y paisajístico, que conecta al visitante con el pasado defensivo de la ciudad y con la memoria de quienes, siglos atrás, recorrieron ese mismo camino.
Pero es precisamente en ese punto donde aparece el problema.
Mientras que el lado exterior de la muralla mantiene la protección lógica del almenado, el lado interior carece completamente de cualquier elemento de seguridad. La diferencia de altura es considerable y no existe ningún tipo de protección, lo que supone un riesgo evidente de caída para cualquier persona que transite por el lugar. Es comprensible que, tratándose de un Bien de Interés Cultural, cualquier intervención deba ser respetuosa y medida. Nadie plantea soluciones invasivas que desvirtúen el monumento. Sin embargo, entre la inacción y la alteración excesiva existe un término medio perfectamente viable.
Una sencilla barandilla metálica discreta, o incluso una solución menos intrusiva, como una señalización clara que advierta del peligro, serían medidas suficientes para reducir el riesgo. La ausencia total de protección no parece justificable en un espacio que, de facto, ya es accesible y transitable. La mejora urbanística ha sido bienvenida, pero no debería venir acompañada de nuevos peligros. Poner en valor el patrimonio también implica garantizar que pueda disfrutarse con seguridad.














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