ZAMORANA
Charla de mujeres
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #109057]](https://eldiadezamora.es/upload/images/06_2026/7520_9568_4712_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Se juntan en una terraza y puedo escucharlas desde el banco contiguo que está en la plaza; no hacen el menor esfuerzo por silenciar sus conversaciones; muy al contrario, se diría que desean que todo el mundo las oiga. Me llama la atención porque son mujeres mayores, ya jubiladas y hablan de la vida con un cierto desencanto, a veces incluso se las nota muy decepcionadas. Me hace reír la ocurrencia de una de ellas cuando hablan de que ya no son útiles para nadie y que solo cuando a sus hijos les interesa que cuiden de los nietos, entonces sí son válidas. Una de ellas dice:
- Yo me desquito por mi cuenta y, de vez en cuando, me doy un capricho. Entro en una joyería y me compro una cadena, un colgante o una pulserita, de plata claro, que el oro no está a mi alcance, pero eso me resarce de no ser una prioridad para nadie.
Otra comenta que su marido era muy atento al principio y que, durante unos años, en determinadas ocasiones especiales, solía reglarle flores o alguna joya, pero que ahora, pasados tantos años, ya ni siquiera se acuerda de esos días; así que ella, también por su cuenta, se toma su pequeña revancha tirando de tarjeta en unos grandes almacenes y comprando un bolso de marca o cualquier otra fruslería que claramente no necesita.
Una vez que se han ido, tras engullir una buena porción de tarta acompañando a un café, me quedo pensando, en lo diferentes que son estas mujeres de las de antes, que ni siquiera consideraban que merecieran una caricia o un regalo que les recordara alguna fecha especial. Eran mujeres de su casa, sin otra obligación que criar a los hijos, y eso era suficiente; éstas, sin embargo, han salido, han trabajado fuera y, sobre todo, han conocido a mucha gente que les ha abierto los ojos a una realidad muy obvia, pero a veces nos fustigamos pensando que no es así, cuando la realidad es que todos estamos solos.
Recuerdo que hace tiempo asistí a una conferencia que trataba sobre el amor, y el profesor decía que hay que tener los pies en la tierra. Puso el ejemplo de que por mucho amor verdadero que haya entre dos personas, si le cortan el brazo a una, es ella quien lo sufre, no el otro miembro de la pareja. Ese es un ejemplo simple, pero se me quedó grabado porque ciertamente es así. ¡Cuántas veces nos hemos sentido solos teniendo al lado a la persona con la que compartimos la vida!¡cuántas veces no ha sabido comprender un silencio, unas lágrimas o un arrebato de furia provocando una incomprensión todavía más dolorosa!... así que entiendo a aquellas mujeres que se auto compensaban de todas esas pequeñas traiciones dándose un capricho de vez en cuando, porque ya se sabe que no hay nada más necesario que lo superfluo
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Se juntan en una terraza y puedo escucharlas desde el banco contiguo que está en la plaza; no hacen el menor esfuerzo por silenciar sus conversaciones; muy al contrario, se diría que desean que todo el mundo las oiga. Me llama la atención porque son mujeres mayores, ya jubiladas y hablan de la vida con un cierto desencanto, a veces incluso se las nota muy decepcionadas. Me hace reír la ocurrencia de una de ellas cuando hablan de que ya no son útiles para nadie y que solo cuando a sus hijos les interesa que cuiden de los nietos, entonces sí son válidas. Una de ellas dice:
- Yo me desquito por mi cuenta y, de vez en cuando, me doy un capricho. Entro en una joyería y me compro una cadena, un colgante o una pulserita, de plata claro, que el oro no está a mi alcance, pero eso me resarce de no ser una prioridad para nadie.
Otra comenta que su marido era muy atento al principio y que, durante unos años, en determinadas ocasiones especiales, solía reglarle flores o alguna joya, pero que ahora, pasados tantos años, ya ni siquiera se acuerda de esos días; así que ella, también por su cuenta, se toma su pequeña revancha tirando de tarjeta en unos grandes almacenes y comprando un bolso de marca o cualquier otra fruslería que claramente no necesita.
Una vez que se han ido, tras engullir una buena porción de tarta acompañando a un café, me quedo pensando, en lo diferentes que son estas mujeres de las de antes, que ni siquiera consideraban que merecieran una caricia o un regalo que les recordara alguna fecha especial. Eran mujeres de su casa, sin otra obligación que criar a los hijos, y eso era suficiente; éstas, sin embargo, han salido, han trabajado fuera y, sobre todo, han conocido a mucha gente que les ha abierto los ojos a una realidad muy obvia, pero a veces nos fustigamos pensando que no es así, cuando la realidad es que todos estamos solos.
Recuerdo que hace tiempo asistí a una conferencia que trataba sobre el amor, y el profesor decía que hay que tener los pies en la tierra. Puso el ejemplo de que por mucho amor verdadero que haya entre dos personas, si le cortan el brazo a una, es ella quien lo sufre, no el otro miembro de la pareja. Ese es un ejemplo simple, pero se me quedó grabado porque ciertamente es así. ¡Cuántas veces nos hemos sentido solos teniendo al lado a la persona con la que compartimos la vida!¡cuántas veces no ha sabido comprender un silencio, unas lágrimas o un arrebato de furia provocando una incomprensión todavía más dolorosa!... así que entiendo a aquellas mujeres que se auto compensaban de todas esas pequeñas traiciones dándose un capricho de vez en cuando, porque ya se sabe que no hay nada más necesario que lo superfluo


















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