Eugenio-Jesús de Ávila
Sábado, 20 de Junio de 2026
COROLARIO

El dolor y la pena de una derrota injusta y el maltrato a la afición rojiblanca

El comportamiento de miles de seguidores del Sabadell, desde la llegada de la expedición rojiblanca, propio de gentes sin clase, sin elegancia, sin educación. Mi aplauso y agradecimiento para los que acompañaros a la afición rojiblanca y dieron consuelo al final del encuentro.

E. Navascués de Zubiría

 

Amanecer en Zamora de un 20 de junio de 2026. La luz de día se vio acompañada de algunos truenos tímidos y la última lluvia de la primavera. Decorado perfecto para celebrar la tristeza que ocupa mi alma y, así lo intuyo, las de muchos zamoranos tras la extraña derrota de su equipo en un campo al que bautizaron con la palabra cruz, creu en catalán, símbolo tan alejado del comportamiento de miles de seguidores arlequinados. Como la RFEF es un emporio de intereses, con enorme peso del catalanismo, no se castigará, como merece, el acoso brutal, manifestación propia de gentes sin civilizar, al que fue sometida la expedición rojiblanca desde la madrugada hasta su acceso al estadio. Hay imágenes, pruebas, de todo cuanto escribo. No me invento nada. De vergüenza ajena.

 

Como apunté en mi crónica del partido, las palabras que más me costaron escribir desde aquellos versos de amor de la juventud, la suerte me parece factor determinante en cualquier manifestación humana. El fútbol, que es un juego donde se enfrentan sociedades con distintas formas de dibujarlo, pintarlo y ejecutarlo, necesita de la fortuna, incluso aunque lo trates con más cariño que los rivales, para recoger el fruto a los méritos realizados sobre el césped.

 

Y ayer esa diosa, hija de Júpiter, tan propicia a los caprichos, no quiso acariciar al Zamora CF, ni tan si quiera mirarle a los ojos. Descargó todo su poder sobre el Sabadell, un equipo que ya se vio favorecido por su hermana, la suerte, en la eliminatoria con el Castilla, y en el Ruta de la Plata, donde pudo irse al descanso con tres goles abajo. Y anoche, se encontró con un gol extraordinario, de esos que entran de cuando en cuando, sin haber realizado nada de particular para merecerlo. Después, el Zamora CF lo empequeñeció, dominó y lo tuvo grogui durante toda la segunda mitad, con un balón al palo, en cabezazo, magnífico, de Markel Lozano, que le habría dado el ascenso. Y, en el último momento, un centro aislado desde la izquierda, lo remataba Escudero a su manera, mandando la pelota al poste, recogiendo el rechace Aguilar, un jugador que no quisieron en Lezama, lateral izquierdo, que andaba por allí. Y ya se acabó todo. Los dos goles restantes forman parte del inventario, de unos minutos en los que parte de la afición local se encargó de que no se jugará, de que el Zamora careciese de oportunidades de ir a la prórroga.

 

No creo que los rojiblancos fallarán, porque se entregaron al cien por cien. Nadie ninguneó esfuerzos. Se jugó como mandaban los cánones. Hubo oportunidades, saques de falta, de esquina, remates; pero insisto en que la fortuna esquivó al Zamora. Y las lágrimas, no de la derrota, sino de la impotencia, de la injusticia, recorrieron las mejillas de cientos de aficionados rojiblancos y de los propios jugadores.

 

Habrá que levantarse. No existe otro verbo que se conjugue tanto en la vida. Pero no me exijan que, en este artículo, escrito menos de doce horas después de concluir el partido, mientras un chubasco rabioso cae sobre la ciudad y moja, con fuerza, los ventanales de mi balcón, hable sobre el futuro y enarbole la bandera del optimismo. Imposible. De madrugada, después de despreciar los encantos de Morfeo, llegué a pensar que las gentes de mi generación nunca jamás conoceremos al club que llevamos grabado en el corazón formar parte de la Segunda División del fútbol patrio.

 

Como ahora estoy leyendo, por enésima vez, el Quijote, la traducción del gran Andrés Trapiello, concluyó este escrito de duelo con una frase que pronuncia el ingenioso hidalgo, que quizá nos valga a los rojiblancos para atravesar este desierto hecho de penas: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

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