ZAMORANA
El viejo y su hija
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #109487]](https://eldiadezamora.es/upload/images/06_2026/4305_4567_6862_7520_9568_4712_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Está sentado, dormitando, con la televisión siempre encendida provocando un ruido constante, desordenado y chirriante que no escucha; a sus pies Romeo, un gatito que, como él, ha visto transcurrir el tiempo y ya está mayor, pero es tan fiel que no le deja solo ni un momento. En los escasos trayectos que hace del salón al baño, a la cocina o al dormitorio, Romeo va siempre detrás como cubriendo las espaldas y, a fecha de hoy, es el único ser vivo que le sigue como una sombra, o como una prolongación de sí mismo.
El abuelo está ya muy mayor, apenas oye, ve poco y la vida ha dejado de interesarle; está a caballo entre este mundo y el otro, y cuando le sientan acomodándole en el sillón, inclina la cabeza con los ojos cerrados todo el tiempo ¡quién sabe lo que estará pasando por su mente!, tal vez esté repasando lo que fue su vida ahora que ha de prepararse, o quizás ya esté cruzando ese umbral misterioso hacia el otro lado, empujando una puerta donde sueña que, quizá, le esperen los seres queridos que le precedieron, esos a los que tanto añora y se pregunta cómo serán ahora. Le gustaría, sobre todo, ver a su mujer como la primera vez, una muchacha joven, simpática, alegre, con un brillo permanente en los ojos y una sonrisa eterna alegrando su rostro, que se fijó en él y, desde aquel día, le hizo el inmenso regalo de otorgarle una inesperada felicidad. Se pregunta si ahora responderá a esos recuerdos, porque no quiere verla de nuevo en la cama del hospital, rodeada de tubos, como cuando falleció tantos años atrás y le dejó tan solo.
Piensa mucho en el pasado, porque sus recuerdos son lo único que tiene. Habla poco, casi nada, a veces se diría que ni siquiera se esfuerza en disimular y no entra en ninguna conversación, a lo sumo asiente o esboza una sonrisa forzada, y ese es el único contacto que tiene con el resto de los familiares que viven en su casa.
¡Qué diferentes es todo ahora! Los mellizos trabajan en la otra parte del mundo y hace ya dos años que no van por casa, aunque se ven a través de las videoconferencias, pero no es lo mismo. La hija mayor, que se quedó con él para cuidarle, vive allí, casada y con tres hijos pequeños, y está siempre triste. Sabe que sufre pensando en él y también sabe que debe poner una doble cara frente a su marido porque los desvelos hacia su padre le ocasionan unos celos que no puede disimular. Reparte su tiempo entre los tres pequeños que pululan por la casa a todas horas llevándose todo por delante, tropezando con muebles y dejando las cosas por cualquier sitio sin el menor cuidado. Ve a su hija y a veces la siente tan desesperada y tan harta, que le gustaría tomarla por los hombros y decirle que espabile, que ella también tiene derecho a ser feliz, que no piense tanto ni en él, ni en su marido, ni en sus hijos; que tiene que cuidarse, ser un poco más egoísta y empezar a ocuparse de ella, que las opiniones de los demás no cuentan, que está haciendo un buen trabajo, aunque se lo pongan todos tan difícil; eso es lo que piensa el abuelo, pero no puede llevarlo a cabo porque tiene la cabeza perdida y ni siquiera es capaz de sostenerse en pie.
Alguna vez se quedan solos su hija y él, entonces, ella se sienta junto a él en una silla baja, le da masajes en las piernas y le acaricia a las manos mientras susurra una canción; esos son los momentos más queridos, aunque solo pueda, con mucho esfuerzo, levantar su mano y asir la de su hija apretándola un poco para que ella sienta que aún existe esa conexión especial con su padre.
Mª Soledad Martín Turiño
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Está sentado, dormitando, con la televisión siempre encendida provocando un ruido constante, desordenado y chirriante que no escucha; a sus pies Romeo, un gatito que, como él, ha visto transcurrir el tiempo y ya está mayor, pero es tan fiel que no le deja solo ni un momento. En los escasos trayectos que hace del salón al baño, a la cocina o al dormitorio, Romeo va siempre detrás como cubriendo las espaldas y, a fecha de hoy, es el único ser vivo que le sigue como una sombra, o como una prolongación de sí mismo.
El abuelo está ya muy mayor, apenas oye, ve poco y la vida ha dejado de interesarle; está a caballo entre este mundo y el otro, y cuando le sientan acomodándole en el sillón, inclina la cabeza con los ojos cerrados todo el tiempo ¡quién sabe lo que estará pasando por su mente!, tal vez esté repasando lo que fue su vida ahora que ha de prepararse, o quizás ya esté cruzando ese umbral misterioso hacia el otro lado, empujando una puerta donde sueña que, quizá, le esperen los seres queridos que le precedieron, esos a los que tanto añora y se pregunta cómo serán ahora. Le gustaría, sobre todo, ver a su mujer como la primera vez, una muchacha joven, simpática, alegre, con un brillo permanente en los ojos y una sonrisa eterna alegrando su rostro, que se fijó en él y, desde aquel día, le hizo el inmenso regalo de otorgarle una inesperada felicidad. Se pregunta si ahora responderá a esos recuerdos, porque no quiere verla de nuevo en la cama del hospital, rodeada de tubos, como cuando falleció tantos años atrás y le dejó tan solo.
Piensa mucho en el pasado, porque sus recuerdos son lo único que tiene. Habla poco, casi nada, a veces se diría que ni siquiera se esfuerza en disimular y no entra en ninguna conversación, a lo sumo asiente o esboza una sonrisa forzada, y ese es el único contacto que tiene con el resto de los familiares que viven en su casa.
¡Qué diferentes es todo ahora! Los mellizos trabajan en la otra parte del mundo y hace ya dos años que no van por casa, aunque se ven a través de las videoconferencias, pero no es lo mismo. La hija mayor, que se quedó con él para cuidarle, vive allí, casada y con tres hijos pequeños, y está siempre triste. Sabe que sufre pensando en él y también sabe que debe poner una doble cara frente a su marido porque los desvelos hacia su padre le ocasionan unos celos que no puede disimular. Reparte su tiempo entre los tres pequeños que pululan por la casa a todas horas llevándose todo por delante, tropezando con muebles y dejando las cosas por cualquier sitio sin el menor cuidado. Ve a su hija y a veces la siente tan desesperada y tan harta, que le gustaría tomarla por los hombros y decirle que espabile, que ella también tiene derecho a ser feliz, que no piense tanto ni en él, ni en su marido, ni en sus hijos; que tiene que cuidarse, ser un poco más egoísta y empezar a ocuparse de ella, que las opiniones de los demás no cuentan, que está haciendo un buen trabajo, aunque se lo pongan todos tan difícil; eso es lo que piensa el abuelo, pero no puede llevarlo a cabo porque tiene la cabeza perdida y ni siquiera es capaz de sostenerse en pie.
Alguna vez se quedan solos su hija y él, entonces, ella se sienta junto a él en una silla baja, le da masajes en las piernas y le acaricia a las manos mientras susurra una canción; esos son los momentos más queridos, aunque solo pueda, con mucho esfuerzo, levantar su mano y asir la de su hija apretándola un poco para que ella sienta que aún existe esa conexión especial con su padre.
Mª Soledad Martín Turiño
















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